martes, 3 de noviembre de 2009

El Estado en Cuba ahora (III): El Estado solidario

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En 1953 cuando en Cuba Fidel Castro iniciaba la lucha armada contra Batista, terminaba la Guerra de Corea y Dwight Eisenhower con Richard Nixon, eran electos presidente y vicepresidente. Uno se había llenado de gloria como Comandante en Jefe de los Ejércitos Aliados en la II Guerra Mundial y el otro fue un consumado mccarthista, miembro destacado del Comité de Actividades Antiamericanas. En 1959, en plena Guerra Fría y vigente la política de contención del comunismo diseñada por Truman, aunque no tenía razones para ello, Estados Unidos reaccionó brutalmente ante la Revolución Cubana. El perfil de los líderes y las circunstancias explican lo visceral y lo violento del rechazo.

La actitud norteamericana, más que una señal fue como una directiva para la burguesía nativa que confiada y obediente acompañó al imperio en la cruzada reaccionaria. En cuestión de meses la burguesía, la oligarquía y parte de la clase media dejaron el país. Jamás se había visto la estampida de una clase social completa que abandonó negocios, tierras, viviendas y propiedades en la creencia de que la intervención de los marines les permitiría regresar. No ocurrió así y el Estado se hizo cargo de todo. El masivo respaldo popular le dio a la Revolución la fortaleza y el tiempo que necesitaba para insertarse en una poderosa alianza política encabezada por la Unión Soviética; esos hechos y la derrota de bahía de Cochinos fueron como un parteaguas.

Aquellas circunstancias relanzaron el añejo diferendo entre el imperialismo norteamericano y la Nación cubana, existente desde el siglo XVIII debido a intereses geopolíticos estadounidense e introdujeron dos elementos nuevos: la alianza con la Unión Soviética, considerada incluso como una “amenaza extracontinental” y la diferenciación ideológica. Cuba se integró a la confrontación histórica entre el capitalismo y el socialismo y, no obstante su vocación tercermundista y no alineada, a pesar suyo formó parte de la contradicción este-oeste.

Como resultado de las intensas luchas que caracterizaron los primeros años de la Revolución Cubana, los Estados Unidos adoptaron una estrategia de intolerancia que llega a nuestros días y que pasando por las opciones militar, terrorista y política, incluso por los intentos para asesinar a Fidel Castro, reconocidos oficialmente por investigaciones del Congreso, mantiene el bloqueo como opción extrema.

Por su parte Cuba, con respaldo soviético primero y sola en los últimos 15 años, desplegó una estrategia que combinó desarrollo, supervivencia e intensa actividad internacional y gracias, sobre todo a la cohesión del pueblo en torno a un firme y esclarecido liderazgo, logró incluso sostenerse cuando todo el campo socialista, incluida la Unión Soviética desaparecieron y cuando, con las administraciones de Reagan y los Bush, Estados Unidos redoblaron sus esfuerzos por aniquilar la Revolución y extirpar de raíz su ejemplo.

Ese fue y, con ligeros matices, es todavía el contexto en que vive y actúa la Revolución Cubana que acumula medio siglo de batallas campales todos los días en todos los terrenos, incluyendo el de las ideas, la democracia, la cultura, la ciencia y el frente internacional. En ese clima, con grandes carencias, profundas desgarraduras, entre ellas la división de las familias y con miles de muertos en tragedias como las de la Coubre, el incendio al Encanto, el avión de Barbados, la invasión por bahía de Cochinos, la Crisis de los Misiles en 1962 y un férreo bloqueo, han crecido varias generaciones de cubanos y se desarrollaron las instituciones revolucionarias que, para resistir tales tensiones no han sido blandas ni paternales, sino de acero.

Abocada a un proceso más de rectificación que de cambios, sin desmentirse ni renegar de lo hecho, asumiendo como propios los errores y los defectos de la obra, la vanguardia intelectual y política de la sociedad cubana, dentro y fuera de las instituciones, comienza a plantearse con intensidad creciente la cuestión de sus estructuras, en particular las del Estado requeridas de perfeccionamiento, no sólo en sus aspectos funcionales, sino conceptuales.

En cualquier caso y en cualquier escenario presente y futuro, el órgano del poder revolucionario tendrá que ser solidario y por encima de todas las cosas promover la equidad y la justicia social. Con libreta de racionamiento o sin ella, la sociedad socialista deberá proteger a los más humildes y a los más vulnerables, defender como hasta ahora las conquistas e imponer la justicia. Es cierto que el igualitarismo no es una opción viable, pero el culto a las desigualdades, sobre todo aquellas no derivadas del trabajo, es una aberración.

El Estado revolucionario, fuerte y sano, a la vez que discreto y con sentido de su papel de arbitro entre todos los actores sociales, deberá ser la herramienta de un genuino y no ceremonial poder popular, el promotor de una democracia real, el guardián de las libertades ciudadanas, el protector de los desvalidos y los necesitados y el conductor de una acrecida participación, no de una participación formal como la que ahora se ejerce hasta el hartazgo, sino de una decisoria y real.

En cualquier caso, las reflexiones y debates en torno al Estado revolucionario y su papel son necesarias, urgentes y en ningún caso pueden quedar como asignaturas pendientes.

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