Néstor Núñez (AIN, especial para ARGENPRESS.info)
Así las cosas, lo cierto es que cuesta vaticinar cuál será finalmente el derrotero de la aventura militar intervencionista en aquellos predios centroasiáticos.
Se trata de una suerte de tira y encoge donde bullen y saltan los más variados intereses, no pocas veces encontrados, frente a la cara de un gobierno que, evidentemente, parecería quedar bien con Dios y con el Diablo.
De hecho los socios de la intervención armada norteamericana en suelo afgano titubean, se retiran o buscan fórmulas para acabar con el insostenible y costoso diferendo.
Hace muy poco el gobierno de Australia dijo que no remitirá un uniformado más a Kabul, y horas después el primer ministro británico, Gordon Brown, si bien apoyó la presencia militar de su país en la cruzada agresiva, insistió en celebrar en enero próximo, con sede en Londres, una conferencia sobre tan peliagudo tema.
La realidad es que no menos de 230 soldados ingleses han perecido en el escenario afgano, y la sociedad de Gran Bretaña no ve con buenos ojos semejante precio, mucho menos por liarse en disputas que considera ajenas.
En concreto, Brown desea “fijar un nuevo marco militar y político” sobre Afganistán, en el ánimo de transferir a los afganos el asunto de su “seguridad interna” y salirse definitivamente de la gravosa guerra en términos materiales, humanos y políticos.
La agenda del premier propone que dicha transferencia se ponga en marcha en el propio 2010, lo cual indica que en el número 10 de Downing Street el apuro es grande.
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