Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
De la afirmación de Marx de que la economía constituye la base de la sociedad sobre la cual se asienta la superestructura jurídica y política, debieran partir quienes aspiran a comprender las realidades y las tendencias de la sociedad internacional de nuestros días. Quienes adopten ese presupuesto metodológico estarían en mejores condiciones de pensar en estrategias y tácticas ajustadas a las realidades. La globalización y la mundialización de la economía son hechos que determinan estructuras y prácticas políticas específicas.
Todo comenzó cuando al calor de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se percató que al margen de sus intereses y sin su participación, podía producirse una hecatombe semejante. Aquella experiencia aconsejó crear un sistema de seguridad colectiva, no exactamente para evitar nuevas guerras, sino para impedir que se desataran sin su consentimiento o en contra de sus intereses.
Si bien aquel proyecto fracasó, también lo es que Roosevelt, en lugar de abandonar la estrategia, insistió en ella y mediante la Carta del Atlántico primero y luego con la constitución de la ONU después, especialmente del Consejo de Seguridad y de la cláusula de unanimidad (llamada veto) que beneficia a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y que por cierto no fue una invención del imperialismo, sino un acuerdo mutuamente beneficioso entre Roosevelt, Stalin y Churchill, muchas veces utilizado por la Unión Soviética para paralizar a occidente.
La Sociedad de Naciones fracasó porque sus resoluciones no eran vinculantes y porque la organización carecía de medios para hacerlas cumplir, cosa resuelta por los creadores de la ONU que incluyeron en la Carta el Capitulo VII que autoriza el uso de la fuerza. El problema era: ¿Quién y cómo se daba luz verde para usar la fuerza militar contra un estado?
Los trabajos comenzados en Moscú en 1943, continuaron en la Conferencia de Teherán, cumbre aliada entre Roosevelt, Churchill y Stalin, avanzó hasta la reunión de Dumbarton Oaks donde expertos, ponían a punto los documentos constitutivos de la organización internacional y en la cual, los plenipotenciarios, al carecer de atribuciones para decidir sobre el uso de la fuerza, pasaron la pelota a los Tres Grandes que en la Conferencia de Yalta en 1945, resolvieron que la fuerza sólo se usaría cuando, de modo unánime ellos lo decidieran. De ese modo, apareció la potestad de veto y el Big Five aseguró que jamás la fuerza sería utilizada contra ninguno de ellos.
En términos de estructuras de poder, la diferencia entre el mundo de entonces y el de hoy es que han desaparecido las distinciones políticas e ideológicas que colocaban a la Unión Soviética y a la Republica Popular China en bandos diferentes a los de Estados Unidos y sus aliados occidentales. De hecho, actualmente, en algunos temas decisivos, como la emisión de gases de efecto invernadero, Washington se entiende mejor con Beijing y Moscú que con Alemania y Francia.
Tal vez por esas realidades y por la necesidad de adoptar tácticas y estrategias nuevas, progresan opciones desarrollistas como las de Brasil, India y otros países emergentes que, aunque sea a codazos, tratan de abrirse paso hacía las primeras filas y por otros rumbos progresen opciones como las de MERCOSUR, UNASUR, ALBA y otras alianzas que tratan de sumar fuerzas, convertirse en polos económicos de consideración, participar unidos en la competencia y los arreglos y evadir confrontaciones.
Se trata de opciones más realistas que aquellas que sueñan y apuestan por un multilateralismo que permita a los países pobres modificar los cursos de acción de la Organización Mundial de Comercio o el G 20 o sueñan con cambiar la ONU para conceder poderes vinculantes a la Asamblea General.
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