martes, 10 de noviembre de 2009

Hasta la victoria siempre, compañero Ariel Delgado

María Cristina Caiati (especial para ARGENPRESS.info)

Murió Ariel Delgado y su deceso deja un vacío enorme.

De conducta honrada, de proceder muy valiente, fue uno de los pocos periodistas que dijo lo que había que decir, en tiempos poco aconsejables para hacer periodismo en serio.

Fue un trabajador de prensa con todas las letras.

Tuve el honor de trabajar a su lado en Radio Belgrano, en los primeros tiempos democráticos, cuando a la seis de la mañana enfrentaba el micrófono para leer el panorama noticioso cada día. Yo escribía la página gremial durante la madrugada y luego, antes de que él saliera al aire, compaginábamos el material para evitar que cualquier problema, por insignificante que fuera, empañara la presentación del informativo. Si hay algo que recuerdo de él es que no me censuraba ni censuraba a los compañeros que, durante esas horas, entre mates y cafés, le escribían lo que leía, un acervo al que él incorporaba, día a día, noticias de su propia búsqueda y selección.

Su voz era inconfundible: lo había hecho famoso en Colonia y lo posicionaba en Belgrano con un perfil único; su voz, junto al material leído, garantizaban audiencia masiva.

Fue maestro para quienes como yo, veníamos de experiencias gráficas y de prácticas en radios de países vecinos

Pero fue, además, un ser humano excepcional. Recuerdo que una madrugada de fines abril de 1985, cuando después de muchas idas y vueltas la justicia federal se preparaba para juzgar a las tres primeras juntas militares de la sangrienta dictadura que todavía producía escalofrío social, nos llegó al informativo la noticia de que la planta transmisora de Belgrano, en Morón, había sido atacada por “desconocidos”; los que luego se dieron en llamar “mano de obra desocupada”, habían maniatado y amordazado a los tres operadores que trabajaban en ese momento y habían destruido las instalaciones. En el auto de un compañero, nos apiñamos un grupo de periodistas y técnicos para ir a la planta y ver qué podíamos hacer. Clareaba el día y, antes que nosotros, había llegado una avanzada de la policía federal para inspeccionar la zona.

Ariel tenía enfrente suyo, a no más de un metro de distancia, a un federal vestido de civil, que ostentaba una clarísima cruz svástica en el bruto anillo de oro que llevaba en uno de sus dedos. Ariel no se amilanó ni guardó silencio: le preguntó a un colega –no recuerdo de qué radio era- si estaba al aire y al recibir respuesta afirmativa, denunció sin titubear que un nazi era el encargado o por lo menos integraba la comitiva policial que venía a desactivar los explosivos; vale decir –nada nuevo, por otra parte-: quienes debían investigar, eran los mismos que habían silenciado la radio. Atónito por haber quedado tan al descubierto, el nazi tuvo que irse sin decir una sola palabra.

Ese era Ariel; un trabajador de radio absolutamente inigualable al momento de informar sobre la realidad nacional, con veracidad y seriedad.

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