viernes, 20 de noviembre de 2009

La ESMA, del banquillo al banco

LA VACA

Se postergó por segunda vez el inicio del juicio oral por los delitos cometidos en la ESMA, a raíz de la repentina decisión del Poder Ejecutivo de disponer una nueva integración del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 5.

La fecha próxima no fue dictada, y la espera de justicia abre la polémica.

¿Qué significa que el juicio no comience este jueves, como estaba planeado, y su fecha esté nuevamente indefinida? En palabras del comunicado lanzado este martes 17, el directorio del Espacio para la Memoria señala: “Esto implica que tenemos que seguir esperando para que sean juzgados los represores de uno de los más grandes centros clandestinos que funcionó en nuestro país, y que sigan gozando de impunidad. Ya esperamos más de 30 años, no podemos seguir esperando; no queremos seguir esperando. Queremos justicia por todos los compañeros y que las madres y abuelas puedan vivirlo. Necesitamos justicia para poder decir genocida y que no sea sinónimo de impunidad”.

El martes 17 de noviembre estaba programada una visita y conferencia de prensa en la Escuela Mecánica de la Armada, ahora ocupada en parte por la Asociación Madres de Plaza de Mayo, en parte por el Espacio para la Memoria. En ese marco y, desde las 11, los medios de comunicación pudieron recorrer guiados por especialistas las instalaciones del campo de concentración. Se abrieron las puertas - y evidencias - de aquel lugar tan tenebroso.

Cartografía del terror

La ESMA es escalofriantemente grande; las pseudo calles se cuelan entre enormes edificios, cada uno asignado a una función específica de esa máquina de terror.

Ahora, Al fondo de la Enfermería, la Asociación Madres de Plaza de Mayo le pone vida al lugar con su espacio cultural. En el último edificio se alza el Casino de los Oficiales; y para llegar a su zona habremos pasado primero por el edificio de los Automotores - destinado la reparación mecánica de los Falcon sin patente-, la imprenta - donde se emitían documentos falsos-, el llamado Pabellón Coy y la mencionada Enfermería.

Por un costado, tras salir por una puerta lateral del Salón Dorado -hoy sede de la conferencia-, el guía lleva al tumulto de cámaras y libretas a la primera parada: el sótano. Y así anticipa el tono de la recorrida.

Al sótano lo separan no más de 20 escalones de la superficie. Debajo, una especie de galpón vacío se extiende 50 metros. Las separaciones están señaladas por carteles explicativos - al mejor estilo museo - que describe un sitio o transcribe algún testimonio. El primero de ellos, junto al umbral: “Por esta puerta, la mayoría de los desaparecidos fueron trasladados a su destino final”.

El sótano funcionó, en efecto, como la principal sala de torturas. Todos los miércoles se renovaban los detenidos, y a aquellos que ya habían pasado por allí los trasladaban hacia Aeroparque. Y luego, historia conocida.

Está conectado mediante escaleras con diferentes arterias del edificio. La famosa Capucha, donde convivían los detenidos, una de ellas.

Otras separaciones distinguen oficinas y la llamada “huevera”, donde se producía el material audiovisual para la difusión de la propaganda de la dictadura.

Salimos y el respiro nos dura hasta la nueva orden del guía. “Suban hasta el último piso”. Y marchamos.

El primero y el segundo edificio no son parte de la recorrida; los carteles, sin embargo, muestran que allí estaban los dormitorios de los militares, tanto aquellos del Grupo de Tareas como los que trabajaban en la propia Escuela. Allí traían regularmente a sus respectivas familias, y en las escaleras mismas se cruzaban con los encapuchados detenidos. Todos sabían qué estaba pasando allí dentro.

Los pisos están alfombrados, hay lámparas, placards, ventanales y hasta un balcón. Bastante diferente de lo que se verá más arriba.

El tercero piso responde a la simetría propia del edificio: está separado en dos facciones iguales, pero con distintas funciones históricas.

A la izquierda, estaban las “cuchas” - en jerga militar - donde comían, dormían y vivían los detenidos-desaparecidos. Es la famosa Capucha, y se estima que se agrupaban allí alrededor de 100 o 150 personas; tres, en poco más de 2 metros cuadrados.

Las estructuras metálicas que sostienen el techo y el techo a dos aguas mismo son los únicos vestigios de los años siniestros. Los pisos y paredes fueron remodeladas ante una visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979. Visitar la Capucha, entonces, obliga a desatar la imaginación. No hay elementos que sensibilicen más que la articulación de los propios testimonios, como el que Víctor Basterra - detenido del 79 al 83 y acompañante de la visita- desparrama sobre el lugar: “Nos tenían con grilletes en los pies, maniatados y con una capucha en la cabeza” - de aquí el nombre del lugar -; “Comíamos mate cocido y pan a la mañana; un trozo de carne semi - podrida al mediodía; y la dieta se repetía en merienda y cena”.

Sobre uno de los carteles que acompañan un sitio, el testimonio de Lila Pastoriza reza: “Estar en la Capucha: sin movilizarse, sin ver, sin saber quién me amenazaba o golpeaba, sin tener la menor idea sobre mi situación y destino”.

Los testimonios coinciden en la suciedad y olor del lugar. Y recuerdan la música de Radio del Plata, a todo volumen, las 24 horas.

En el paso hasta la otra ala del piso tercero, hay dos cuartuchos: es el sector de las embarazadas. Las mujeres de panza eran trasladadas allí una vez pasado el séptimo mes. Una vez que daban a luz, volvían a la Capucha. Pero ya no acompañadas.

Los bebés eran apropiados por miembros de las Fuerzas Armadas o allegados a ella. El sector de embarazadas lo comandaba Héctor Febres, hace dos años encontrado muerto mientras se desarrollaba su juicio.

“De 30 partos, tan sólo 10 lograron restituir su identidad”, asegura el guía.

Siguiendo el pasillo se abre el Pañol grande, subdividido en secciones.

Por una parte, se guardaban allí las pertenencias de los detenidos, producto del desvalijamiento de sus casas: cocinas, equipos de música, etc.

Supo estar también la llamada Pecera, sector que le vale su nombre a la estructura de acrílicos que formaban pequeñas oficinas. Allí trabajaban aquellos detenidos de los que se aprovechaba su capacidad intelectual; profesores, políticos, escritores, archivaban diarios o clasificaban información luego utilizada por las fuerzas. Se entiende que fue un sitio clave en relación directa con el proyecto político de Massera. “Hay que pensar que este lugar fue utilizado por los secuestrados como un lugar de resistencia, simulando estar recuperado de los valores, y permitirse sobrevivir. Muchos lo lograron, otros no”.

Subiendo una escalera más desde el tercer piso, en el altillo, funcionó la Capuchita, sitio de tortura y hábitat para los detenidos que no eran de la ESMA. Allí fueron secuestrados decenas de personas por el Servicio de Inteligencia, y sólo cuando la Capucha rebalsaba, mandaban a detenidos por el Grupo de Tareas.

El cuarto está dividido por un gran tanque de agua - que consta en las declaraciones del juicio - y dos de sus cuatro paredes alojan marcas de los detenidos en el sitio. Se ve débilmente trazada una cruz, junto a la palabra “fe” y el nombre Mónica. Del otro lado, hay un pequeño corazón.

Su función era doble: contenía dos salas de tortura y otra para los secuestrados. Entonces, se dormía, comía y vivía junto a las sesiones de tortura.

Nos invitan a bajar al Salón Dorado; la visita termina, la conferencia está por empezar. De lo expuesto se destacó:

La explicación y opinión de Víctor Basterra sobre la postergación del juicio oral:”Tengo entendido que se trasladó el juez Guillermo Gordo; el mismo magistrado que formó parte del tribunal que condenó al prefecto Héctor Febres, pero que postergó mucho su enjuiciamiento. Y que además, en el momento final de ese proceso, el principal imputado, o bien se le permitió matarse, o bien lo mataron”.Traducción: muy confiable no era este juez.

Sigue Basterra: “Además, al ser nombrado este sustituto, tengo entendido que fue recusado, o intenta recusarlo, la defensa de los militares. Es una pausa más a lo largo de, en mi caso, estos 25 años, pero seguimos peleando y no vamos a bajar los brazos. La herida tan profunda que le hicieron a la sociedad argentina, hace que uno se juramente para no olvidar, para no perdonar y para no reconciliarse”.

La explicación del abogado Adrián Gómez, representante de varias querellas -entre ellas la del propio Basterra-sobre la postergación del juicio: “A la justicia la vamos a respetar, pero no queremos dejar, bajo ningún punto de vista, la puerta abierta para que en algún momento los criterios políticos que cambian puedan afectar las sentencias que se dicten. Nosotros queremos sentencias sostenidas en el tiempo, que no puedan ser revisadas. No queremos que el día de mañana, los genocidas salgan a la calle diciendo que habían sido juzgados mal”.

Se agradeció insistentemente a la prensa por haber asistido y difundir la recorrida; que es una muestra de cara al postergado juicio.

En tanto, Madres, Abuelas y sobrevivientes observan como los victimarios eluden el banquillo y regresan al banco. Así es el entretiempo de la impunidad.

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