martes, 24 de noviembre de 2009

La inseguridad madre

Néstor Sappietro (APE)

“Tiempos inseguros estos... Estás en peligro hasta en tu casa...”

La frase suena como una sola voz... La gritan los dioses berretas de nuestro Olimpo, se mete en las esquinas donde se espera el bondi, lo repite la señora del kiosco, el peluquero, el taxista... Suena y resuena como un hit de verano. El clamor emerge desde abajo de cada baldosa. Lo comentan los sociólogos, la señora que cura el empacho, la que viaja dos veces al año a Miami, el pastor, el que relata fútbol y el corredor de bolsa...

“Tiempos inseguros estos...”

Y si hay un temporal de viento, granizo y lluvia; si tenés un techo de chapa que cubre una vivienda precaria; tan precaria que debajo de ese techo hay una sola pieza que sirve como cocina, comedor y dormitorio; la inseguridad se parece al desamparo.

Si el temporal es tan fuerte como para arrancar una pesada rama de un árbol, la rama cae sobre el techo, el techo se viene abajo y no hay tiempo para salir corriendo, entonces, la inseguridad se parece mucho a la angustia.

Si los que están debajo de ese techo son tus pibes y ves como se les viene encima la pared, la inseguridad se vuelve desesperación e impotencia.

“Tiempos inseguros estos...”

La noticia que llega de la provincia de Santiago del Estero no hace más que confirmarlo...

“Seis chicos de entre dos y doce años resultaron heridos luego de que pesadas ramas de un eucaliptus cayeran sobre la precaria vivienda que habitaban junto a sus padres en el barrio Textil, durante el temporal de viento, granizo y lluvia que se abatió sobre la ciudad.

El techo de la pieza que hacía de cocina, comedor y dormitorio cedió por completo por el peso de las ramas, por lo que el agua inundó la vivienda mojando ropas, camas y todos los enseres de la familia”.

El testimonio de René Agustín Carabajal, el hombre que vivió la odisea, deja en su relato una postal de la otra inseguridad, la que no tiene dioses del Olimpo berreta que se indignen por la tele:

“Cuando comenzó el viento mi señora estaba cocinando y todos los chicos estaban adentro, en un momento sentí que cayó la rama de un árbol sobre el techo de chapas que comenzó a ceder. Como pude alcancé a sostener las chapas para que mi señora pudiera sacar a los niños, algunos pudieron salir y a otros se les cayó encima una pared”.

En la pequeña pieza que conformaba la casa de familia vivían René con su mujer Constanza Soloaga, y sus hijos de 12, 6, 4, 3 y gemelas de 2 años. El jefe de familia está desocupado y su mujer percibe una pensión como madre de familia numerosa.

“Tiempos inseguros estos... Estás en peligro hasta en tu casa...”

Suena y resuena, se multiplica hasta transformarse en un inmenso coro que atraviesa cada rincón de nuestra geografía...

Lo extraño es que no parecen referirse al techo que se viene abajo, ni a las paredes que caen sobre los pibes.

Las voces tampoco parecen referirse a quienes miran el cielo rogando que no llueva porque el agua les termina arrancando lo poquito que les queda.

No. Definitivamente no parecen aludir al desocupado ni a su familia ni a su intemperie.

La soledad del desguarnecido es la madre de todas las inseguridades,

aunque no enardezca a los dioses berretas de nuestro Olimpo y aunque no escandalice al coro...

Allí está, con su intemperie...

Allí está, con las desdichas de la miseria sobre la espalda.

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