martes, 3 de noviembre de 2009

Pablo Orellano, trabajador despedido de Correo Argentino: “No pueden ir contra la voluntad de los trabajadores”

María Mendez (ACTA)

El 15 de julio, Pablo Orellano recibió en su casa un telegrama de despido. La empresa, ahora estatal, dejó sentado allí que la causa fue “participar activamente en reuniones y asambleas que están prohibidas por el Convenio Colectivo de Trabajo”. No le sorprendió la noticia. Al contrario, él y sus compañeros sabían que podía pasar.

Tres meses después, este joven de 32 años sigue hablando del Correo Argentino como su lugar de trabajo. Y espera paciente su revancha

“En el futuro me veo laburando en el correo y como delegado de ATE. Tenemos esperanza de que las cosas van a salir bien. Puede llevar un tiempo, pero a la larga se va a resolver. No sé cuanto tiempo pueden ir en contra de la voluntad de los trabajadores”, se pregunta Pablo mientras prende un cigarrillo. Parece un tipo paciente. Habla pausado. Piensa cada palabra que dice.

“Últimamente en mi vida me tomo las cosas con más calma. Antes era terrible, pero ahora estoy tratando de hacer las cosas bien. En esta lucha me cuidé mucho con lo que hacía y participé en todo lo que pude. Ellos dicen que me vieron insultando y gritando. Pero todo eso es mentira. Y ahora me toca desenmascarar a los pinochos”, cuenta.

Pablo vive en Monte Grande desde que empezó a trabajar en el Correo Argentino, allá por 1999. “Siempre viví en Merlo. Hasta que mi hermano empezó a trabajar en el correo y me ayudó para entrar. Fue en la época en que tuvieron que mudar la planta porque el edificio de la calle Alem fue declarado monumento histórico. Entonces Macri inauguró la planta de Monte Grande, que vista de afuera se parece más a un penal que a un lugar de trabajo. Pero bueno, ese es mi laburo”, dice Pablo, mientras su pecho con el logo del correo se hincha de a poco.

Cuando uno le recuerda que no está trabajando porque los despidieron, él se sonríe. Sabe que la conciencia juega con sus sentimientos. Pablo empezó trabajando en el Aeropuerto de Ezeiza, después en Aeroparque, y hasta en San Justo, donde lo mandaron como castigo. “Me tenían de aca para allá, entregando correspondencia por todo el partido. Querían que me vaya, o echarme. Me pusieron con un jefe terrible. Pero él se fue y yo sigo acá”, vuelve a decir y se sonroja.

En su casa la familia está un poco preocupada. Su mujer y sus tres hijos apechugan como él. “Sí, es verdad, están preocupados, es duro perder un laburo de tantos años. Pero bueno, si a mí, que tengo 10 años de trabajo en este lugar, me echan así, de qué estabilidad estamos hablando ¿no? No hay trabajo seguro. Lo único seguro es que si levantas la mano te echan. Pero vamos a seguir para adelante, eso seguro”, describe.

Es que Pablo y sus compañeros cometieron la osadía de organizarse para reclamar mejores condiciones salariales y de trabajo. Y eso se paga caro cuando además el sindicato los dejó abandonados a mitad de camino. “Sabíamos contra quien nos levantábamos pero también sabíamos porqué lo hacíamos. Era necesario terminar con la desigualdad que había entre nosotros, entre los de planta y los contratados y eventuales, que tenían condiciones de precariedad absoluta. Después de tantos años de silencio lograr que los compañeros participen me dio mucho orgullo”, explica.

Si uno le pregunta sobre su historia militante, Pablo sonríe y cuenta que su “antecedente” fue en el 2007, cuando también habían decidido cortar el acceso a la planta. “Estuvimos tres días en la puerta. Y me metí porque estaban los delegados y los compañeros venían a buscarme. Lo que a mí siempre me indignó es el tema de los compañeros eventuales. La precariedad de su trabajo. Porque yo entré directamente en planta, pero las cosas cambiaron mucho ahora. Entre los años como eventual y los años de contrato te pasas hasta ocho años en la precariedad total”, reflexiona.

Así fue como este hombre se fue involucrando con sus compañeros. Después llegó el conflicto de mayo, las cinco asambleas por dia para debatir con los trabajadores de los tres turnos y los “interrogatorios” de la empresa para frenar el avance y la organización, que ya había superado ampliamente el tibio reclamo del sindicato. “Llegamos a tener asambleas de más de doscientos compañeros. Y la planta se paraba totalmente porque el 90% de los trabajadores participaban. A pesar de eso, la empresa nunca bajó a hablar con nosotros. Nunca tuvieron la voluntad de solucionarlo”, recuerda Pablo. Y para muestra sólo basta un botón, dice el dicho.

“La empresa bajó un comunicado avisando que las asambleas estaban prohibidas por nuestro propio convenio, firmado por nuestro sindicato. Pero como nosotros estábamos decididos la cosa se puso más fea. Empezaron a citar a los compañeros en la sede del correo central. Hacían interrogatorios. Nos encerraban en una oficina, con dos o tres abogados, y empezaban las preguntas. Querían saber quién hacía las asambleas, quiénes convocaban, quién hacia los panfletos. Y hasta nos mostraban videos tomados por las cámaras de seguridad para que marquemos a los compañeros que hablaban en las asambleas”, relata. La cronista se quedó sin preguntas por un buen rato.

Ninguna de todas esas cosas impidió que Pablo siguiera juntando voluntades. Enseguida pensó que estaría bueno volver a comunicarse con gente de la Central. “Queríamos afiliarnos. Porque veíamos que ya teníamos una organización, una comunicación entre nosotros muy piola. Llegamos a hablar con todos los carteros del país por medio de cartas que nos mandábamos en los bolsones”, dice y agrega: “Empezamos a ver quién nos representaba. Y ahora que somos trabajadores del Estado, enseguida pensamos en ATE. Por eso empezamos a afiliarnos y a usar este espacio, porque ATE es eso, un espacio para organizarse. Y a pesar de que no está reconocido, igual tenemos tres delegados, que estaban en el otro gremio cuando empezó el conflicto y que se jugaron todo. Porque hasta intentaron sacarles los fueros. Pero no pudieron”.

Mientras espera novedades del juzgado, donde se presentó junto a ATE en un juicio sumarísimo para pedir su reincorporación, Pablo tiene algo de tiempo para hacer balance. “Esta lucha me deja mucho aprendizaje. Por ejemplo saber que a veces no es que la gente te falla, sino que los patrones tienen muchas maneras de desunir. Meten miedo. No creo que haya compañeros que estén contentos porque salvaron su pellejo. Creo que cada uno estiró hasta donde pudo. Y eso me hace sentir bien. Porque lo más importante que nos dejó este conflicto es que ahora sabemos que somos nosotros lo que tenemos que elegir cómo queremos organizarnos y qué cosas necesitamos sin que vengan otros a decirnos lo que hay que hacer”, concluye. Y se prende otro cigarrillo, paciente, calmo.

María Mendez es Directora de Comunicación y Difusión de la CTA.

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