Martín Guédez (especial para ARGENPRESS.info)
Respondiendo así estaríamos señalando muchas de las obras de la Revolución y sin duda estaríamos acertando, pero estaríamos señalando unos logros insuficientes, estaríamos señalando conquistas que en el fondo se han logrado sin romper en lo fundamental con la infraestructura capitalista, del mismo modo que no hemos logrado imponer la imprescindible espiritualidad socialista que coloque las conquistas en el marco de una nueva Conciencia del Deber Social y no sólo en una redistribución de la renta. La Revolución es ante todo y sobre todo un cambio profundo en la conciencia de la sociedad. Es el cambio en la visión del mundo mezquino que nos han impuesto milenios de religión (por allí comenzó todo), de explotación, avaricia y egoísmo, por la cosmovisión de una conciencia de pertenencia al grupo, al colectivo, a la sociedad; es el rescate de la convicción de que somos seres sociales y que sólo en sociedad podemos desarrollar nuestras potencialidades, todo ello, junto a la certeza de que fuera de lo social el individuo está condenado a la soledad y al naufragio de su condición.
Por supuesto que este cambio en la espiritualidad tiene que venir aparejado con el cambio en las relaciones de producción, distribución y consumo de bienes necesarios para la vida pues son estas las que originan la conciencia. Ahora bien, siempre será el ser humano el protagonista de estos cambios y fatal pero gloriosamente también, estos cambios estarán preñados de los valores espirituales del ser humano que los protagoniza. ¿No están acaso infestadas de la espiritualidad capitalista la mayoría de las conquistas materiales de estos años de Revolución?, ¿no son los valores del consumismo, el rentismo o el culto al logro egoísta los que exhiben buena parte de nuestros compatriotas como saldo de estos logros materiales? Siendo así, le corresponde a la Revolución relacionar armónicamente logros materiales con la conquista de la conciencia y la espiritualidad socialista. ¿Está la humanidad condenada a sufrir la derrota de los valores sociales a manos del egoísmo sin alternativa?, veamos:
Una mirada a la pre-historia de la humanidad –incluido nuestro incipiente proceso actual- pone en evidencia que el más severo enemigo de la utopía realizable, además de la imponente resistencia que ofrece el sistema integral basado en la explotación, la ambición, la soberbia y el egoísmo capitalistas, es ese “corazoncito burgués” que todos llevamos dentro, según decía Mao Tse Tung. El ser humano que somos, capaces de actos heroicos de generosidad, de amor y de entrega, pero al mismo tiempo capaces de las peores miserias. Ese ser humano por siglos infestado por la cultura capitalista, por su “fábrica de la conformidad” (Chomsky) que lleva a conciliar sin dolor ético la injusticia generalizada con los pequeños logros personales.
La razón ética ha sido traicionada demasiadas veces. Demasiadas veces, las mejores ideas y los más estupendos propósitos terminan aplastados por el instinto primitivo y salvaje del animal, de la ley de la selva y de un creciente egoísmo en nuestras decisiones. La misma persona que hasta ayer mismo era un luchador por la igualdad, un adalid de la justicia, humilde y sencillo, lo hemos visto –apenas unos pocos privilegios de por medio- devenir en un ser soberbio, arrogante, avaro, manipulador y egoísta. Todo indica que el excedente ético necesario para vencer las desviaciones no se hace presente en forma individual casi en nadie y que sólo en Comunidad es posible alcanzar el milagro.
La Venezuela socialista, entiéndase por ello la Venezuela igualitaria, justa, sin explotadores ni explotados, sin señores ni siervos, está aún muy lejos de alcanzarse. Tan lejos como la ausencia de auténticas formas socialistas de producción, distribución y consumo de bienes para la vida, así como por la capacidad espiritual del hombre y la mujer que ha de encarnar plenamente esta forma de vida. El objetivo cuenta con un enemigo clásico: el enemigo de clase. Ese enemigo de clase conformado por quienes a lo largo de la pre-historia han detentado los privilegios y cuya infraestructura económica, así como todas las formas superestructurales conformadoras de la conciencia, siguen intensamente vivas y poderosas, omnipresentes y destructivas, en todos los ámbitos de la vida nacional y grupal, desde la educación hasta las formas de consumo, pasando por la religión, la educación y hasta la misma familia. Una estructura sin problemas de conciencia, fuerte, y decidida a no desaparecer sin librar una dura batalla. Una estructura consciente de que su existencia depende de que –en nuestro caso- la amenaza de una Venezuela Socialista se detenga, se borre, se extirpe o desaparezca, y por tanto, pone todos sus recursos –que son muchos y poderosos- en juego. Un enemigo de los pueblos terriblemente inmoral y decidido, pero un enemigo que se conoce, que se sabe donde está, cuales son sus armas y por tanto, un enemigo derrotable.
Hay otro enemigo mucho más letal y peligroso. Es el enemigo interno, el enemigo restaurador, ese enemigo conformado por quienes nos acompañan a lo largo del camino. Estos “camaradas” o “compañeros” que fueron perdiendo –o nunca tuvieron- la tensión ética necesaria para abrazar decidida e irrenunciablemente el modo de vida radicalmente socialista. Son aquellas personas que –como hemos mencionado anteriormente- han sido conquistados por el dulce encanto de la burguesía. Quizás eran, sin ellos mismos saberlo, burgueses que nunca tuvieron la oportunidad de serlo. Son aquellos que tan pronto el ejercicio del poder, las oportunidades encontradas o incluso –admitámoslo- su propio esfuerzo se los ha permitido, se han abrazado en forma natural a los valores de vida burguesa porque quizás nunca terminaron de cerrar la brecha, en ellos mismos, entre la palabra y la vida, entre la ortodoxia y la ortopraxis.
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