Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)
Sólo hay dos posibilidades de vencer. Una, confiar en que, al igual que dice el taoísmo arcaico (no confundir con el daoísmo) que el agua es más fuerte que la roca, nuestra lucha sin tregua termine minando la fuerza de los que nos atenazan. Otra, que el enemigo, habida cuenta sus luchas intestinas, su voracidad capaz de llevarse por delante a sus propios socios, termine destruyéndose a sí mismo como el Imperio Romano acabó en manos de los bárbaros y el soviético minado por la fatiga, la ingenuidad y la ambición de unos cuantos dirigentes, espoleada por el acoso a que le sometieron las CIAs del yanqui. En todo caso y a fin de cuentas, todo lo ciclópeo o colosal acaba destruido antes por dentro que desde fuera.
Estas son las opciones sujetas al paso del tiempo contado en décadas. Pero entre tanto las fuerzas económicas, las fuerzas armadas, la cerrazón y la ambición desmedida de los que se adueñan del poder político e institucional con el poder económico que ya tienen, hace de todo punto imposible la aventura de la rebelión.
A menos que surjan populistas de izquierda real con el talante de Chávez dispuestos a hacer frente sin temor a los capitalistas, a sus armas, a la red mafiosa del dinero conchabada con policías y el poder espiritual del Vaticano, todo seguirá más o menos como hasta ahora manejado por los capitalistas, sus mentiras, sus maniobras y sus yugos.
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