martes, 24 de noviembre de 2009

Volver a la clandestinidad

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Por supuesto que hemos de seguir luchando, pero es tal la fuerza de nuestros enemigos que no tenemos más remedio que asumir que la batalla contra ellos -que nunca dejaremos de librar- la tenemos perdida de antemano.

Sólo hay dos posibilidades de vencer. Una, confiar en que, al igual que dice el taoísmo arcaico (no confundir con el daoísmo) que el agua es más fuerte que la roca, nuestra lucha sin tregua termine minando la fuerza de los que nos atenazan. Otra, que el enemigo, habida cuenta sus luchas intestinas, su voracidad capaz de llevarse por delante a sus propios socios, termine destruyéndose a sí mismo como el Imperio Romano acabó en manos de los bárbaros y el soviético minado por la fatiga, la ingenuidad y la ambición de unos cuantos dirigentes, espoleada por el acoso a que le sometieron las CIAs del yanqui. En todo caso y a fin de cuentas, todo lo ciclópeo o colosal acaba destruido antes por dentro que desde fuera.

Estas son las opciones sujetas al paso del tiempo contado en décadas. Pero entre tanto las fuerzas económicas, las fuerzas armadas, la cerrazón y la ambición desmedida de los que se adueñan del poder político e institucional con el poder económico que ya tienen, hace de todo punto imposible la aventura de la rebelión.

A menos que surjan populistas de izquierda real con el talante de Chávez dispuestos a hacer frente sin temor a los capitalistas, a sus armas, a la red mafiosa del dinero conchabada con policías y el poder espiritual del Vaticano, todo seguirá más o menos como hasta ahora manejado por los capitalistas, sus mentiras, sus maniobras y sus yugos.

Sé que esto es un planteamiento derrotista. Pero no creo que sea propio de nuestra índole hacer como ellos que son capaces de engañarse y engañarnos sin el menor escrúpulo. Por consiguiente, sabiendo que por la forma de participación del poder democrático no tenemos nada que hacer, tarde o temprano habrá que buscar otras soluciones y argucias aunque ello suponga volver a la clandestinidad, al panfleto y a la octavilla. Es decir, actuar como si esto no fuera un país democrático -que no lo es- sino una dictadura encubierta -que lo es- del dinero, de la banca, de los medios, de las policías y de la Conferencia Episcopal. Desde luego, desde dentro y a pecho descubierto, está visto y comprobado que no hay nada que hacer.

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