martes, 10 de noviembre de 2009

Washington. Las viejas prácticas de Teddy

Antonio Peredo Leigue

Theodore Roosevelt, presidente de Estados Unidos de 1901 a 1909, es recordado por su manifiesta política intervencionista en América Latina. Es cierto que tal intervencionismo fue constante, desde la constitución de ese país, pero hubo un largo periodo en que, sus problemas internos, aislaron a Estados Unidos del resto del mundo. En todo caso, la política del gran garrote fue diseñada y ejecutada en los primeros años del siglo pasado, bajo la dirección de Teddy Roosevelt.

A lo largo del siglo XX, incluidas las dos guerras mundiales, la política de Washington –Casa Blanca, Departamento de Estado, Pentágono y agencias de espionaje y contraespionaje- se manejaron con la contundencia del gran garrote. El otro presidente Roosevelt, Franklin Delano, pronunció encendidos discursos de un nuevo trato con nuestros países, pero fue sólo para obtener beneficios comprando nuestras riquezas a los llamados precios de la libertad, que no eran otra cosa que precios muy inferiores a la cotización internacional. Esa fue la política de la zanahoria y el garrote. Como vemos, el garrote nunca estuvo oculto.

La infantería de marina norteamericana es famosa en nuestro continente porque protagonizaron casi una centena de intervenciones armadas, con su secuela de desmanes, atropellos y crímenes que cometieron a lo largo y ancho de nuestro continente. Se apropiaron de Puerto Rico, sometieron a Cuba y se enquistaron en Guantánamo, se apropiaron del Canal de Panamá, invadieron la República Dominicana, Granada y otros países, apoyaron cuanto golpe derechista se produjo en el continente y promovieron guerras sucias (si es que puede haber guerras limpias) en todas las latitudes.

Sus últimas hazañas parecen ir de la mano: instalación de bases militares en Colombia y golpe de estado en Honduras. Si bien es cierto que recién ahora se conoce el contenido del tratado por el que se instalan siete bases militares en Colombia bajo control del ejército de USA, se sabía anticipadamente cuáles eran las condiciones de ese plan. De hecho, se trata del llamado “Plan Colombia” apenas modificado que, con el pretexto de combatir el narcotráfico y el terrorismo, restablecía la presencia armada de Estados Unidos en esta parte del continente.

Por supuesto, su presencia ahora es más agresiva y no tiene reparos en anunciar que, la base de Palanquero, que es la mayor de las siete tendrá, como una misión más, la acción contra los gobiernos de tendencia anti-norteamericana. Desde que se anunció el Plan Colombia, organizaciones sociales, instituciones de defensa de los derechos humanos y gobiernos latinoamericanos, denunciaron que esa misión era la más importante. Claro que, ese Plan, ahora acomodado a un acuerdo con el gobierno del presidente Uribe, no es otra cosa que la continuación de la política del gran garrote; Teddy Roosevelt sigue dictando la política estadounidense.

Veamos, ahora, la relación con el golpe de estado en Honduras. Para los llamados “halcones” de Washington, la proliferación de países que buscan superar su miseria y atraso, siendo parte de un consenso latinoamericano, es un peligro para la seguridad de Estados Unidos. No solamente que, los gobiernos de USA actuaron siempre así, sino que han declarado abiertamente que, Washington tiene derecho a intervenir allí donde considere necesario, para defender sus intereses. Lo hicieron en Afganistán y en Irak, sólo para mencionar los hechos recientes. En América Latina, el tema se zanja con frases como ésta: no podemos permitir que se extienda la epidemia; hasta han calificado como Eje del Mal a un trío de países en el que está incluida Bolivia.

Así las cosas, Honduras resultó ser el eslabón débil que pudieron atacar sin necesidad de intervenir directamente. Con una operación comando cronometrada, sacaron de su cama al Presidente Manuel Zelaya, manejaron una renuncia fraguada y horas después, pese a ser domingo, instalaron un gobierno títere. El embajador norteamericano en Honduras tuvo la holgura de declarar que Washington no aprobaba el golpe. Sin embargo, las maniobras fueron de tal complejidad, que era visible la mano del jugador de póker que tiene todas las cartas a su favor.

Sucesivamente, entraron unos y otros, tibiezas de por medio e intervenciones directas como la de Shannon, hasta vencer todos los plazos. Entonces aparece una de las garras en la figura de un senador republicano diciendo que, el presidente que sea elegido este fin de mes, será reconocido por Washington. Que el presidente Zelaya se olvide de los acuerdos y que, el pueblo hondureño, vuelva a su anterior condición de sometimiento.

Por si acaso, recordemos que, el ejército norteamericano, tiene una base militar en ese país centroamericano. Se trata de la base de Palmerola. No olvidemos tampoco que, durante las operaciones encubiertas de la CIA a Nicaragua, Honduras fue la base donde se preparaban los operativos. John D. Negroponte, actualmente embajador de Barack Obama en Naciones Unidas, fue el operador de esa guerra, bajo el manto intocable de embajador estadounidense en Tegucigalpa.

Un siglo después, Theodore Roosevelt sigue siendo el referente de la política de Estados Unidos en América Latina.

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