viernes, 4 de diciembre de 2009

Crisis, acumulación y forma de Estado en la Argentina post-neoliberal (Parte III - Final)

Jorge Sanmartino (especial para ARGENPRESS.info)

La inserción internacional del neodesarrollismo

El proceso de concentración de la cúpula empresaria y extranjerización de la misma, un patrón productivo de tipo agro-minero exportador con bajo valor agregado y la dilapidación de recursos naturales no renovables, son algunos de los puntos centrales de la inserción del neodesarrollismo argentino, igual que las restantes economías latinoamericanas (con la excepción de Brasil, y quizá de México pero por distintas razones) en la división internacional del trabajo, como países periféricos proveedoras de materias primas y alimentos para los centros de acumulación fundamentales del capital alojados en Europa-EEUU y el sudeste asiático-China.

Esta compulsión internacional afecta también a los países proveedores de petróleo y gas como Bolivia y Venezuela, y dificulta, incluso donde las clases dominantes han sido desalojadas del bloque de poder (aunque no de la arena económica social), encarar un proyecto de desarrollo independiente. Esto vale mucho más para países donde sus burguesías agrario-extractivas no sólo no han sido afectadas sino incluso promovidas y el control estatal del comercio exterior (Juntas de granos, IAPI) ha sido desmantelado. El neodesarrollismo, sin intención de afectar la propiedad (como Venezuela o Bolivia), apostó por el incentivo de la producción, en este caso sojera y petrolera, para capturar rentas extraordinarias por la vía de los derechos de importación. Este tipo de esquema redistributivo, distinto al esquema de libre mercado neoliberal, fue cuestionado por el paro de la burguesía y la pequeño burguesía agraria con el apoyo político-ideológico de amplios estratos de clases medias. Una vez más, las retenciones no constituían sólo una transferencia de rentas hacia la burguesía industrial, sino también hacia los asalariados y las clases populares, pues el salario real disminuye con la elevación del precio de tierra y el incremente del valor de los alimentos. Que una coalición de la burguesía rural haya podido hegemonizar un bloque de oposición conservadora y regresiva es ya un capítulo de psicología política, análisis de la cultura y tradiciones congénitas de las clases medias que van más allá de este trabajo.

En resumen, el neodesarrollismo se destaca por profundizar el tipo de explotación primarizante neoliberal pero se impone realizar una punción sobre sus rentas, en beneficio de un equilibrio de clases distinto al precedente, preservando las ganancias industriales y la generación de empleo. Que estos equilibrios sean precarios y desestabilizantes al dejar intacta la fuente de poder del capital financiero y la burguesía más concentrada, es justamente su talón de Aquiles, nunca tan bien representado por la desazón de un impotente Néstor Kirchner al momento del voto no positivo y su infinita ira que lo llevó a barajar de verdad la renuncia de Cristina el día posterior. Las contradicciones de coyuntura pueden ser leídas mejor desde este marco conceptual. Las oscilaciones son así constitutivas. La ley de medios va en un sentido, la reapertura de las negociaciones con el FMI y los Holdouts en otro; la asignación por hijo por aquí, la reforma política por allá. La nacionalización de las AFJP a la izquierda, el veto a la ley de protección de los glaciales a la derecha. Y así puede seguir la lista, oscilando entre el compromiso con la fuente popular de su legitimidad y la fuente del poder de la que surge su financiación y estabilidad políticas. El poder estatal a veces se hace fuerte con dichas oscilaciones. Pero a veces, esos frágiles equilibrios pueden ser rotos, pues está inscrito en la lógica del compromiso débil, incluso si los funcionarios puedan fruncir el seño en señal de sorpresa.

La burguesía y pequeña burguesía agraria, que fueron parte importante del bloque de poder, entendieron que la nueva ronda de retenciones de marzo del 2008 rompía el equilibrio de intereses y encabezaron un movimiento político cuyo objetivo fue hegemonizar ese bloque y desplazar los contenidos industriales y los intereses salariales. El kilo de lomo a 80 pesos fue una extraordinaria consigna en la que Alfredo De Angelis sintetizó con asombrosa claridad el objetivo de su programa económico y el resultado efectivo de abrir los mercados de exportación. Hay una situación inédita en nuestro país. Por las condiciones internacionales de alza inédita del precio de las materias primas y la disminución de la participación agrícola en el valor total de las exportaciones, se evitó el característico ciclo stop and go (algo que también benefició a toda América latina). Pero a su vez, la burguesía agraria sigue teniendo un peso económico y político importante, por su papel de generadora de divisas.

No, no es como Perón

La tentación de una comparación fácil extravió a más de uno. No, el Estado de compromiso débil no es comparable al Estado populista, ni el matrimonio presidencial recoge la gratitud de multitudes congregadas en la Plaza de Mayo. Ni Moyano es Vandor, porque nunca es la misma el agua que corre bajo el punte. Hemos definido el carácter del compromiso de clases como débil porque las transformaciones operadas desde la dictadura militar del 76 y sobre todo desde la era menemista han sido de tal envergadura que sus efectos perviven en las profundidades de la sociedad argentina, conquistas perdurables de las clases dominantes en todos los terrenos, ideológico, político, sindical, cultural. El movimiento obrero hoy está lejos de la posición privilegiada que tuvo en el seno del gobierno peronista del 73.

El papel que supo jugar el sindicalismo argentino en sus mejores etapas respondía a una situación particular del capitalismo argentino, donde la producción industrial y la sustitución de importaciones fueron la locomotora de la acumulación nacional, centrada en el consumo popular y la relación salarial. El final del largo ciclo expansivo de la economía sustitutiva con pleno empleo, que se dio también en toda latinoamérica, desembocó en un proceso de radicalización política y lucha de clases pocas veces vista en la historia nacional. Las cosas han cambiado desde aquella época dorada y no sería prudente volvernos melancólicos por las viejas buenas épocas del pasado. Creo que la debilidad de las clases subalternas y sus dificultades para crear alternativas sociales superadoras al principio de este siglo, está en la raíz de este compromiso débil que nació de la crisis del 2001. En este modelo las exportaciones agroindustriales y extractivas, acompañadas por los precios mundiales (que la crisis internacional morigeró pero por lo visto no cambió su sentido favorable a los términos de intercambio como reversa a la tendencia que prevaleció durante todo el siglo XX), conviven en un precario equilibrio con una sustitución parcial de importaciones y creación de empleo segmentado con desocupación, precariedad y ramas de producción dualizadas entre las de alta productividad ligadas a la empresas de capital concentrado orientadas a la exportación y de baja productividad ligadas al mercado interno.

La movilización popular barrió con un gobierno constitucional pero no tuvo la densidad social ni la capacidad política de alumbrar un ciclo radicalmente diverso al híbrido, insulso y desapasionado neo-desarrollismo post-neoliberal. Pero no podía ser de otra manera luego de la catastrófica década del 90, que licuó el poder social de las clases populares, fragmentó a la clase trabajadora, transfirió un poder inmenso al capital financiero concentrado e impuso un paradigma ideológico y cultural consumista y de mercado que perdura hasta el día de hoy. Las alternativas a semejante revolución conservadora no podían emerger por generación espontánea. No nace de la noche a la mañana un proyecto y un movimiento que lo encarnen. La resistencia al neoliberalismo, los nuevos sujetos sociales emergentes, el clima ideológico adverso al neoliberalismo desde fines del siglo pasado, son un suelo propicio a una recomposición social, política e ideológica de las clases subalternas. Pero no es una tarea fácil ni inmediata. No siempre se dispone del tiempo suficiente antes de grandes acontecimientos. Ni un avance popular ni una restauración conservadora, aún bajo ropajes progresistas, puede ser descartada. El compromiso de clases es siempre precario y dinámico, depende también de condiciones externas del capitalismo mundial no controladas por los actores nacionales. El paro agrario, el clima ideológico conservador que se instaló en franjas de clase media, el papel que en ello juegan los grandes medios de comunicación son evidencias suficientes para reconocer grandes reservas entre las fuerzas del capitalismo más concentrado y los ideólogos del libre mercado. Pero tampoco es despreciable el activo popular con el aprendizaje de todos los años de resistencia antineoliberal. En definitiva, lo apasionante de la política, que en definitiva decidirá el curso posterior de esta historia, es que está abierta a la lucha, con límites y condiciones sí, pero sin determinismos de ningún tipo.

Ver también:

Jorge Sanmartino es Sociólogo UBA- IEAL, integrante del colectivo Economistas de Izquierda (EDI).

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