martes, 29 de diciembre de 2009

El argumento antitaurino por antonomasia

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Lo he dicho y escrito hasta la saciedad, pero la contumacia es así. Los contumaces no nos arredramos ante los contumaces. Hasta la hartura he dicho que darse cita docenas, centenares o miles de personas en un espacio público para presenciar con regodeo la muerte de un ser vivo es una abominación, una infamia. Pero este detalle, minúsculo en apariencia, no forma parte principal de la batería de refutaciones a la primitiva Fiesta.

Se enrocan los antitaurinos en el otro "detalle", que consideran sustancial y definitivo, del sufrimiento del toro, mientras los ilustrados de la taurofilia y sus cerriles seguidores niegan tal sufrimiento. Con ello la cantinela de la controversia, del ver quién puede más, desemboca casi en el absurdo: unos, los antitaurinos, decimos que el toro sufre, y los otros, los taurófilos, dicen que no sufre. Y así estamos desde el comienzo del debate. Con lo que pese a que en Catalunya y en Canarias se haya suprimido la Fiesta del espectáculo público, ese aspecto, el de sufrimiento sí sufrimiento no, sigue ahí, cerrando en cierto modo en falso la cuestión. Pues ya hay incluso falsos científicos intentando “probar” que el sistema nervioso del toro no es susceptible de lo que llamamos dolor.

Por consiguiente creo que hay que centrar toda las energías argumentativas para que calen en las generaciones sucesivas, en este otro aspecto crucial: sólo de individuos y de pueblos brutales, carentes de la sensibilidad que se atribuye a humanos que no aman la guerra ni la muerte, es propio reunirse con otros para presenciar tumultuariamente la tortura y muerte violenta de un ser vivo; incluso la tortura y muerte sañuda de un mosquito. Pues una cosa es “deshacerse” del mosquito porque es él o tú, y otra reunirse la familia para pasar el rato viendo como alguien le va arrancando las patas, las antenas… terminando clavándole una aguja. Pues bien, esta escena tan escalofriante como estúpida es homologable al trance y escenario donde se tortura y mata al toro en la Fiesta, llamada nacional por los que usurpan en todo el sentido de la españolidad que acaba siendo detestable para tantos millones que se sustraen, hartos, de ella. Incluso un canal de televisión supuestamente dedicada a la economía tiene un logo del toro…

Habida cuenta la contumacia a que hago al principio referencia, y como no podemos medir el sufrimiento abstractamente considerado más que por el sentido y grado que tenemos cada uno de nosotros, resulta que el civilizado sufre y llora atribuyendo al ser vivo torturado y muerto el sufrimiento que sentiría él si fuese así tratado, mientras que el cruel y asilvestrado disfruta y ríe en la misma circunstancia y potencia el goce reuniéndose con otros. Creo, por consiguiente, que los que abanderan la causa antitaurina deben enrocarse en este argumento, a mi juicio lapidario, sin respuesta ni razonable ni probable: “dejemos a un lado si sufre o no el toro; lo que a estas alturas de la civilización es abyecto y propio sólo de seres incivilizados es, presenciar la tortura y muerte de un ser viviente, sea éste un cuadrúpedo sea un infusorio”.

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