miércoles, 9 de diciembre de 2009

La mano de Dios

Carlos del Frade (APE)
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Diego hay uno solo.

Eso se sabe bien en Villa Fiorito, la cuna de Maradona.

Todavía suele verse en televisión la carita del pibe en el potrero de este territorio de Lomas de Zamora, en el Gran Buenos Aires, haciendo malabares con la redonda percudida y después diciendo que sueña con jugar en la Selección y ganar un Mundial.

Pero Diego hay uno solo...

No todos los pibes ni todas las pibas que hoy viven en Fiorito tienen la suerte de gambetear las innumerables patadas que a diario les tira el sistema.

Guadañazos que terminan con ilusiones y esperanzas.

El paco va y viene y con la droga también va y viene la existencia de las chicas y chicos de la patria del Diego.

No llegan, dicen los que entienden, a superar los diez años de adicción. Consumidores, consumidos, mientras la caja de algunos recauda y recauda por efecto de la pasta base.

-Hay que crear la casa del paco -dice Juan Carr, de la Red Solidaria.

Para Alicia Romero, una de las Madres contra el Paco, la cosa pasa por otro lado."Hay que trabajar donde vive el pibe; hay que terminar con los narcotraficantes y sus conexiones policiales", apunta la mujer.

Allí en Fiorito, las nenas se convierten en mamá antes de dejar las muñecas.

Chicas de veinticuatro años ya tienen cuatro hijos. Dice una médica que el problema es la ausencia de la puesta en práctica de algunas leyes. "Desde el 2002 tenemos una ley de derecho reproductivo. Todas las argentinas tenemos derecho a un método anticonceptivo y a una atención humana de la embarazada. Y todo esto debe ser puesto en práctica en salitas de atención básica que funcionen en cada barrio", explicaba la profesional.

Tampoco los chiquitos pueden gambetear los efectos de la contaminación ambiental. Los que tienen menos de doce años suelen sufrir afecciones respiratorias severas.

De los pibes solamente el diez o el quince por ciento logran terminar la escuela secundaria. Y un treinta por ciento no llegó al séptimo grado de la primaria.

Dice Silvina Gvirtz, directora de la Maestría en Educación de la Universidad de San Andrés, que “hay que hacer salas de tres, cuatro y cinco años para que esos chicos puedan tener herramientas y acercarse a los bienes culturales desde el primer momento. Hay estudios muy claros que indican que si un chico comienza a ir a la escuela a los tres años, tiene muchas más probabilidades de terminar la primaria e incluso la secundaria".

Pero en Villa Fiorito el sistema les gana por goleada a los pibes, a las hijas e hijos de las mayorías excluidas.

Allí el verbo vivir parece haber sido reemplazado por zafar. Y no les alcanza para intentar modificar las reglas de juego en esta cancha grande de la realidad y la historia.

Si alguna vez el nombre de Maradona fue sinónimo de la Argentina, la suerte de las chicas y chicos de su cuna, Villa Fiorito, también puede convertirse en la síntesis de un país que todavía no pudo empatarle a la demanda de sus urgencias cotidianas.

En Villa Fiorito, mejor que en cualquier otro lugar del mundo, saben que Diego hay uno solo.

Y que la mano de Dios, hace rato, no se posa en estos atribulados arrabales del mundo.

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