miércoles, 2 de diciembre de 2009

La sociedad cubana hoy (IX): “Opciones avanzadas”

Jorge Gómez Barata (ESPECIAL PARA ARGENPRESS.INFO)

Asumido como una sociología avanzada y no como una fe, el marxismo, lo mismo que otras doctrinas, supone una dialéctica interna que por mecanismos propios es capaz de asimilar los aportes ligados al progreso y deshacerse de lo arcaico actualizándose y sintonizándose con la realidad. No ocurre así cuando el poder, en lugar de atenerse a la teoría, se impone a ella, la manipula y la deforma para ajustarla a situaciones coyunturales o conveniencias factuales. Sobran los ejemplos.

Del mismo modo como la obra de los enciclopedistas y otros tratadistas clásicos fue coherente con la época en que la burguesía, en su lucha contra el absolutismo feudal levantó las banderas de las libertades y abrió espacios para el desarrollo del liberalismo, el marxismo vino al mundo en medio del capitalismo salvaje, época en que también se desarrollaron el pensamiento socialdemócrata y socialcristiano.

Lo extremo de aquella situación explica el radicalismo de Carlos Marx y sus propuestas acerca de la supresión del poder de la burguesía y el establecimiento de la dictadura del proletariado que, casi 80 años después Lenin intentó aplicar y que Stalin descontinúo al adoptar la Constitución de 1930 aunque, en algunos lugares, el movimiento comunista se aferró a aquella tesis hasta los años setenta.

Entre las deformaciones teóricas y políticas introducidas por aquellas desviaciones figura el haber estigmatizado todas las innovaciones que no procedieran del propio Stalin o de su nomenclatura, calificándolas como revisionismo y reformismo. Equivocados o no, los ponentes de tesis renovadoras, entre ellos Trotski y prácticamente a toda la dirección histórica bolchevique, fueron considerados como enemigos del socialismo, razón por la cual resultaron excluidos, ejecutados o asesinados.

Al rechazar los aportes que no procedieran de los círculos del poder, el pensamiento socialista soviético condenó al marxismo a la rumia de dogmas y simplificaciones.

Hubo que esperar a la muerte de Maosedong para que en China, elementos que durante la Revolución Cultural Proletaria, fueron represaliados en nombre de la pureza de la doctrina, llegaran al poder para abandonaran los arcaicos enfoques tradicionales y, en pro del socialismo y según ellos de un Marxismo-Leninismo con características chinas, introdujeran reformas que salvaron al socialismo en ese gigantesco país. A las cúpulas políticas de Europa Oriental les faltó el talento y la determinación exhibida por los asiáticos y las reformas de Gorbachov, con el agua sucia botaron la criatura.

En cualquier caso, se hizo evidente que la introducción de reformas liberalizadoras, no sólo en la economía sino en las estructuras de la sociedad, especialmente en el sistema político, pueden ser posiciones revolucionarias más coherentes con la época histórica que el extemporáneo radicalismo que apuesta por la pureza de la doctrina y corresponde a circunstancias sobrepasadas hace más de un siglo.

En los años noventa, para enfrentar la crisis, Cuba sobrevivió e incluso avanzó, entre otras cosas porque ante el dramático llamado de Fidel Castro de: “Salvar las conquistas de la Revolución y el socialismo”, a la capacidad de resistencia del pueblo y la cohesión de la vanguardia política, se sumaron la capacidad de maniobrar y la aplicación de reformas que propiciaron aunque discretas, eficaces aperturas que lejos de hacer peligrar el socialismo reforzaron su capacidad de supervivencia.

Aunque las mencionadas reformas probaron su eficacia, no se pudo impedir que a su amparo se abrieran espacios por los que prosperaron corrientes negativas que generaron despilfarro de recursos, cierto libertinaje económico, síntomas de reblandecimiento político, liberalismo y elementos de corrupción, fenómenos que dicho sea de paso también se presentan en Vietnam y China donde son combatidos sin que, como ocurrió en Cuba, las reformas fueran congeladas o descartadas.

En medio de tan complejas circunstancias, cuando aparecían síntomas evidentes de recuperación y se asumían cifras de crecimiento económico optimistas, incluso se acariciaba la idea del “pleno empleo” se recuperaban y se ampliaban programas sociales; se desató una implacable crisis económica mundial que tiene efectos devastadores sobre la débil estructura económica cubana dependiente de las importaciones, incapaz de generar las divisas necesarias para realizarlas, excluida de todo tipo de ayuda al desarrollo y privada de fuentes de financiamiento.

En un contexto así, el juego se cierra y, otra vez las reformas parecen como la opción más viable por su capacidad para, en breves plazos y con medidas que pueden resultar populares, liberar las fuerzas productivas y permitir que el despliegue de la iniciativa económica haga un aporte sustantivo a la supervivencia del proyecto revolucionario. Esta vez, aunque tomándose su tiempo y sin ser explicita, la dirección revolucionaria ha ido más lejos refiriéndose a la necesidad de “reformas estructurales.”

Debido al reducido tamaño y otras características de la economía cubana, a su escasa competitividad y sobre todo al enorme impacto del bloqueo norteamericano, es probable que en Cuba no sean aplicables los elementos de los modelos chino o vietnamita, lo cual obliga a los cubanos a crear sus propios caminos, haciendo más difícil una tarea que, por otra parte resulta inaplazable.

Si bien, en otras etapas del movimiento político, incluso en los inicios de la Revolución Cubana, el reformismo pudo ser una corriente negativa, no parece ocurrir lo mismo ahora. Tratándose de estrategias, diseñadas libérrimamente, aplicadas de modo soberano, asumidas positivamente y apoyadas por el pueblo, las reformas, en lugar de un retroceso pueden ser avances y probablemente una opción avanzada hacía el socialismo posible.

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