jueves, 10 de diciembre de 2009

La sociedad cubana hoy (Parte X): “Racismo”

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Admitir que en Cuba existen prejuicios raciales y manifestaciones de discriminación racial es un enfoque sociológico atinado, pero acusar a la Revolución de acosar o privar de sus derechos a los ciudadanos negros es una infamia que sólo puede obedecer a ignorancia o mala fe.

Si bien hay en Cuba quienes trabajan para que las cuestiones asociadas a prejuicios raciales que perjudican a la población negra sea examinada más profunda transparentemente, se conoce que en la dirección de la Revolución existe preocupación por el asunto y bajo su orientación se han elaborado políticas al respecto, la denuncia que el pasado 30 de noviembre publicó un grupo de personalidades afro norteamericanas condenando presuntas prácticas racista en Cuba, resulta ineficaz por exceso y no contribuye a una mejor comprensión y solución de esos problemas.

Lo lamentable no es sólo la confusión que introduce el ataque gratuito, sino que se trata de una oportunidad perdida para, desde la magnífica experiencia de los negros norteamericanos, contribuir a reflexiones acerca de los prejuicios raciales y el racismo, no sólo en Cuba, sino en Hispanoamérica y naturalmente en los Estados Unidos.

El hecho de que en Cuba subsistan prejuicios raciales y manifestaciones de racismo, no tiene nada que ver con las afirmaciones contenidas en el documento divulgado por los activistas norteamericanos que, para subrayar su desconocimiento afirman que los negros constituyen el 62 por ciento de la población de la isla, cuando en realidad no llegan al 15 por ciento.

La desmesura con que los académicos norteamericanos abordan el asunto, la inexactitud de sus planteamientos y el tono confrontacional, han obligado a un grupo de intelectuales cubanos, precisamente a quienes desde la organización de los escritores y los artistas, los círculos académicos y la sociedad civil, pacientemente, con rigor y determinación investigan y luchan contra cualquier manifestación de racismo a responderles, convirtiendo en polémica lo que pudo ser un intercambio mutuamente provechoso.

Aunque hay quienes no lo hacen, para comprender la problemática racial en Cuba es preciso recordar que el ciento por ciento de la población cubana está integrada por descendientes de españoles y negros esclavos. El alto número de esclavos llevados a la Isla se explica porque, a diferencia de lo ocurrido en el continente, en Cuba la escasa población aborigen fue rápidamente diezmada y, para cubrir las necesidades de mano de obra, se decidió importar africanos para lo cual, durante cuatro siglos, se realizó la Trata de Esclavos que arrojó sobre las costas de la Isla, alrededor de dos millones de esclavos.

Esa forma de poblamiento dio lugar a una diferenciación social, a una herencia cultural y a una sicología con fuertes acentos racistas, alguno de los cuales, estimulados por la ocupación norteamericana y no resueltos durante la República, persistieron a pesar de la obra revolucionaria.

El hecho de que en 1868, al iniciarse las luchas por la independencia se concediera la libertad a los esclavos promovió a la población negra cubana que asumió un extraordinario protagonismo. Decenas de combatientes negros se convirtieron en afamados jefes militares y en líderes de la naciente Nación, Antonio Maceo fue el más famoso de ellos. En 1898, al concluir la guerra había más de 20 generales negros, decenas de coroneles y cientos de oficiales de todas las graduaciones que fueron maltratados y humillados por las tropas de ocupación norteamericana y excluidos del ejército que formó la república nacida de la ocupación.

Tal vez fue aquella presencia lo que hizo posible que, a pesar de la fiscalización del gobernador militar norteamericano, los cubanos que redactaron la primera constitución republicana, proscribieran el racismo, cosa que los estadounidenses no hicieron hasta 60 años después. Los redactores de la Constitución de 1940 fueron más lejos y penalizaron las prácticas racistas. El primer presidente electo bajo aquella constitución, Fulgencio Batista que luego se convertiría en dictador de odiosa recordación, no era blanco.

Por la naturaleza profundamente popular la Revolución, el alcance de sus medidas y porque en apenas dos años se marcharon de Cuba los elementos más racistas de la sociedad isleña, los problemas asociados a la discriminación racial, como otros problemas sociales se dieron virtualmente por resueltos.

Afirmar que en la Cuba de hoy no existen prejuicios raciales sería como afirmar que no existe el machismo ni homofobia, que nadie consume drogas, no hay prostitutas o no se juega al prohibido. Otra cosa muy diferente es dar a cada uno de estos problemas sociales su exacta dimensión, atenerse a investigaciones independientes y objetivas y, aprovechando la disposición de las autoridades, el carácter de las instituciones y las leyes vigentes, utilizar la denuncia y el debate para avanzar en la búsqueda de soluciones.

Fueron Fidel y Raúl Castro quienes en los años ochenta advirtieron públicamente acerca de que, aunque no se ejerciera una discriminación activa ni hubiera leyes o prácticas institucionales que la favorecieran, entre las elites de la sociedad cubana (dirigentes del partido y del Estado, científicos, altos oficiales, intelectuales y otros), las mujeres, los negros y los jóvenes estaban pobremente representados. Consciente de lo injusto de esa situación y del hecho de que lo relacionado con la composición étnica de la sociedad cubana está estrechamente relacionado con la identidad nacional, por lo cual, cualquier manifestación de racismo debilita la cohesión y daña la unidad nacional.

En los documentos del II, III y IV Congresos del Partido pueden encontrarse evidencias de tales debates. Más tarde, en los años noventa se tomó conciencia de que la discriminación alcanzaba a los religiosos y homosexuales, llegando incluso a la reforma de la Constitución y a la redefinición del carácter del Estado.

Aunque aquellos esfuerzos no resolvieron los problemas porque, tratándose de una cuestión histórica, desplegada a escala social, no puede resolverse a corto plazo ni con apelaciones políticas; no obstante, estimulados por aquellos pronunciamientos, se realizaron estudios y se canalizaron debates mediante los cuales el Partido, las organizaciones sociales y la sociedad, adquirieron conciencia de la existencia de los problemas raciales y llegaron a la certeza de que, dejado a la espontaneidad, lejos de resolverse se agudizaría, por lo cual se adoptaron algunas medidas para avanzar en su solución.

Más tarde, tal vez por los efectos combinados de la crisis que puso fin a la existencia del socialismo real y terminó con la Unión Soviética y por un visible empobrecimiento del debate social, incluso del discurso político, excepción hecha de los llamados de Fidel Castro a librar una batalla de ideas, el tema perdió prioridad y, al menos una parte del terreno ganado puede haberse perdido.

La sociedad cubana no vive en una urna de cristal, no es ajena a las tensiones que padecen otros pueblos y sus vanguardias políticas, científicas e intelectuales no pueden darse el lujo de ser omisas, sobre todo en temas de tamaña sensibilidad.

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