martes, 15 de diciembre de 2009

Los pretextos del color

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En los primeros días de la administración de Barack Obama, me pareció percibir un reajuste estratégico respecto a Cuba mediante el cual el recién electo y entonces popular presidente parecía jugar una carta inédita. Por sus pronunciamientos, el tono de su lenguaje y por incursionar en temas de la agenda local, creí notar que Obama pudiera tratar de ganar adeptos en Cuba.

Más adelante se revelaron los límites y condicionantes del cambio que requiere de una comprensión avanzada, nuevos estilos diplomáticos, pragmatismo y de una voluntad política que el establishment norteamericano no parece tener; además de que otras prioridades y urgencias desplazaron el asunto en la agenda presidencial hasta que, con días de diferencia, dos hechos parecieron relanzar el tema cubano asociándolo a la figura del primer presidente negro de Estados Unidos.

A mediados de noviembre pasado, con extraña diligencia, fueron publicadas algunas respuestas de Obama a una publicitada bloguera cubana respecto a Cuba y, el 30 de noviembre, de modo extemporáneo y aparentemente gratuito, un grupo de personalidades y activistas negros norteamericanos, publicaron acusaciones contra el gobierno cubano por presuntas atrocidades contra la población negra.

Lo exótico de ambas acciones de claro perfil mediático, pudiera ser un aviso de que la opción de desplazar el centro del diferendo con Cuba de lo que en realidad es: un conflicto externo de claros perfiles geopolíticos e ideológicos, hacía formulaciones que vinculen al presidente norteamericano con reales o supuestos problemas internos de la sociedad cubana, no ha sido abandonada, sino que pudiera estar siendo reforzada.

El recurso no es nuevo, puede ser una opción política más sofisticada, propia de una administración reformista involucrada en una vasta operación de limpieza de la imagen de Estados Unidos y, aunque las probabilidades de semejante estrategia para impactar en la sociedad cubana sean limitadas, su potencial para generar confusiones y renovar los argumentos contra la Revolución no son despreciables.

En la última década del siglo XIX, mediante la primera campaña de prensa orquestada para justificar una guerra, el establishment estadounidense, valiéndose de la manipulación de las atrocidades españolas en Cuba y de la explosión del acorazado Maine en La Habana en febrero de 1895, se soliviantó a la opinión pública y se ejerció presión sobre el Congreso que, el 18 de abril de 1898 aprobó una Resolución Conjunta en la cual reconoció el derecho de Cuba a la independencia, que dio luz verde al presidente McKinley, quien 13 días después, el 25 de abril, declaraba el “estado de guerra”, rompía relaciones diplomáticas con España e iniciaba las operaciones que en poco más de 100 días condujeron a la derrota de España.

Aquel contexto político, incluyendo los preconceptos creados, si bien no permitieron precipitar la anexión de Cuba, propiciaron el ambiente necesario para la ocupación militar de la isla y la imposición de la Enmienda Platt que cercenó brutalmente la independencia y la soberanía de la república cubana nacida en 1902.

De ese modo, en el pueblo norteamericano, en ciertas capas de la población cubana y en los ambientes internacionales se instaló el estereotipo de que Estados Unidos había liberado a Cuba de España, cosa que dicho sea de paso, todavía se enseña en Estados Unidos y algunas personas creen.

Nuevamente, a propósito de cuestiones internas cubanas, en 1906 el gobierno norteamericano despachó tropas a Cuba, operación repetida en 1912. En 1933, durante la insurrección popular que derrocó al dictador Gerardo Machado, Estados Unidos, se enfrascó en una llamada “mediación” que en realidad fue una intervención, sólo que de naturaleza más política que militar.

De 1959 a la fecha, pretextando una hipócrita preocupación por los cubanos, los sucesivos gobiernos norteamericanos han asumido posiciones abiertamente hostiles al gobierno y al sistema político establecido en Cuba, llegando al extremo de organizar la invasión militar por bahía de Cochinos en 1961 y, a pesar de las demandas de Cuba, no sólo no ha declarado de modo oficial y vinculante su compromiso de no agredir a la Isla, sino que no ha cesado su actividad injerencista.

Aprovechando que el presidente Barack Obama, si bien ha mostrado actitudes positivas, todavía no ha rozado la esencia del diferendo con Cuba que consiste en aceptar la soberanía y autodeterminación de la Nación y el pueblo cubano y desmantelar su política agresiva, en especial el bloqueo, determinados círculos, pudieran estar preparando un escenario que, explotando la condición de afroamericanos del presidente, la Primera Dama e importantes funcionarios de la administración, intenten utilizar ese fenómeno como argumento contra la Revolución.

En los libros escritos por Obama impresionante la forma honesta y desinhibida como el presidente se refiere a los problemas que a él y antes a su padre y a sus compatriotas les ocasionó su apariencia, es decir su color. No sería extraño que algunas mentes afiebradas, con o sin su consentimiento, se les haya ocurrido la peregrina idea de utilizar esa predisposición y ese antecedente en sus manejos anticubanos.

Si bien la existencia de un “color cubano” que alude al ser nacional y trasciende el pigmento de la piel, pudiera augurar un fracaso, no hay que descuidar ese frente.

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