miércoles, 9 de diciembre de 2009

Uruguay: Varias fotografías

José Antonio Vera (especial para ARGENPRESS.info)

Con la pulcritud de una sala de cirugía, el Presidente Tabaré Vázquez prepara la entrega, el uno de marzo próximo, de la administración del país al electo José Mujica, un atípico político, de vida digna y sacrificada, contradictoria personalidad de novela, que bien podría inspirar un buen film del mejor neorrealismo italiano.

Qué diferencia abismal y que magnífica prueba de decencia política se verifica al comparar la situación, desordenada y llena de agujeros para ocultar la corrupción, infestada de cuanto vicio politiquero existe, generada durante medio siglo de gobiernos militares y de colorados y blancos, con la que recibirá Mujica de manos de Vázquez, resultado de apenas cinco años de buena gestión.

El Pepe, hombre de muchos oficios, que promete cobrar sólo el diez por ciento de su salario, mil 500 dólares, para devolver al pueblo el resto, es toda una expectativa que, desde una derecha de llantos hipócritas y mala conciencia, hasta una escuálida izquierda radical, alimenta numerosas especulaciones y comparaciones.

Entre las primeras, los interrogantes priorizan las conversaciones, discusiones, debates y polémicas en torno a lo que hará cuando asuma la conducción del país ese veterano original, de particular discurso, siempre provocador y desconcertante a veces hasta para sus más allegados. De estupideces habló un día el siempre cuidadoso Tabaré.

Al tiempo que se convirtió en el político más popular, imbatible en las simpatías de los humildes, cosechando aliados entre viejos adversarios, y siendo “amigo de todos”, fue perdiendo, en cambio, algunos valiosos compañeros desde la primera hora, entre quienes se recuerda que Mujica pasó 40 años reclamando reforma agraria y una vez Ministro de Agricultura “olvidó todo”.

El Uruguay de hoy, al finalizar el primer quinquenio de Gobierno del Frente Amplio, ha mejorado mucho en varios aspectos y, si bien aún existen grandes lagunas de problemas sociales sin reparar, es indudable que las bondades de la conducción de Tabaré fue “la mejor agencia de publicidad” para la fórmula ganadora.

Compañeros del Pepe en la lucha armada, algunos de los cuales, muy en minoría, continúan enarbolando la bandera revolucionaria, le recuerdan que su accionar actual nada tiene que ver con el compromiso ideológico asumido en los albores de la década del sesenta, bajo el liderazgo de Raúl Sendic, fundador del Movimiento Tupamaro.

Mujica no entra en esa polémica, aunque se eriza cuando se le quiere llevar a recordar la tortura y los años de cárcel, pues sostiene con énfasis que sólo le interesa mirar “hacia delante”, convencido de unificar al pueblo en un proyecto de país productor, sin excluir a ningún recurso humano, minimizando, si necesario, el tema doctrinario.

En esa postura y garantizada la continuidad de la línea económica aplicada por Danilo Astori, titular de Hacienda y electo Vicepresidente, otra incógnita que se abre tiene que ver con la política internacional que conducirá el nuevo presidente uruguayo, cuyas buenas intenciones pueden encontrar escollos entre la fracción de la abultada cuota de funcionarios del servicio exterior que, en su mayoría, comenzaron sus funciones con la dictadura militar.

Los actuales jefes de embajadas superan los 60 años de edad, es decir que tenían alrededor de 35/40 cuando comenzó la alternanza de gobiernos colorados y blancos hace un cuarto de siglo, con su ingreso a la Cancillería una década anterior o antes, en plena tiranía. En la plantilla actual, son excepción los frenteamplistas por convicción.

Lula Da Silva es el modelo de mandatario que prefiere Mujica quien, sin la menor duda, buscará mantener las buenas relaciones internacionales que cultivó hábilmente Tabaré.

Pero, al tiempo de expresar deseo de mejorar los vínculos con el gobierno argentino, el Pepe a pronunciado declaraciones desconcertantes respecto a la revolución cubana, al proceso venezolano y a la gravísima situación colombiana, “que la arreglen ellos”, dice en alusión a la instalación de la decena de bases militares de EE.UU, en abierta ingerencia en los asuntos internos de todo un subcontinente bajo amenaza bélica.

Cuatro fotografías, de mucho simbolismo y mayor significación, circulan ampliamente por Internet en los últimos días.

Una, sacada hace 30 años, muestran a Mujica con su ropa de preso político, con una mirada cuasi triste pero clara, de frente, sin miedo. La otra es de la noche de su triunfo electoral, en la que se ve al hombre ya mayor, vestido de traje, algo arrugado y sin corbata. Dejando de lado el atuendo, la única diferencia visible es una leve expresión de pícara alegría, pero la misma mirada clara y de confianza.

Las otras dos fotos, son una palpable prueba de que, sin equívocos, soplan nuevos vientos por estas latitudes, tras largos años de derrotas de las fuerzas progresistas.

En la primera, vemos a Gregorio Álvarez, el más emblemático entre los generales que encabezaron la larvada tiranía cívico-militar que asoló Uruguay durante 15 años, regodeándose con los abusos, los robos de propiedades y de niños, y el terrorismo de Estado aplicado con la censura del pueblo y la tortura y asesinato de presos políticos.

En la primera toma, hay arrogancia por demás. El “Goyo”, mirando al cielo, amenaza cortar la banda presidencial con su pecho inflado. La segunda, en cambio, muestra al individuo real, en el momento de ser detenido y, ya esposado, mirando con miedo, convencido de que sería sometido a sus mismas crueldades.

El problema de los Goyos, los muchos Goyos que andan apestando la tierra, es su alienación criminal, producida en las academias estadounidenses, donde los despojan de todo escrúpulo humano y los convierten en máquinas robotizadas que se consideran dueños de la gente y se hacen expertos en la rapiña, el saqueo y en la muerte.

Esa formación profesional les impide respetar al enemigo como ser humano y jamás ven que el militante revolucionario, si es auténtico, es un constructor de vida, parido por la matriz del amor y la fraternidad y por el ideal de la justicia social.

Por lógica, ese peleador por días mejores, se enfrenta al poder institucionalizado en manos de grupos depravados y criminales, pero es una inmoralidad si se aprovecha de un enemigo apresado y desarmado, aunque más no sea por aquello que enseñó la moral de los viejos y de los auténticos profesores de vida que se encontraba en los boliches, de que a un hombre caído no se le pega y, menos aún, si está imposibilitado de defenderse.
Las fotografías de Mujica y el Goyo enseñan y la historia también, que uno, preso en horribles condiciones, por subvertirse al poder oligárquico, no se amilanó, no se quebró, soñando que llegaría el día de poder intentar aplicar el proyecto comunitario de reconstruir el país.

El otro, un criminal, escoria humana, preso pero muy bien tratado, no tiene sueños lindos, tiene pesadillas que lo revuelcan en las noches con la lujuria de sus gritos y órdenes a los soldaditos para que sigan violando y torturando, con la miserable idea de ocultar para siempre los cementerios clandestinos que sembraron por todo el país con los cuerpos de los presos políticos.

A uno, la vida ya se le escapó hace muchos años, cuando comenzó a quitársela a otros y su cómoda prisión es un capítulo menor en la historia, pero el otro, en cambio, el que estaba condenado por atreverse a pensar distinto, ha renacido del escarnio con alegría y confianza, verificando que, a veces, la utopía no es tan utópica.

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