miércoles, 10 de febrero de 2010

De Argentina a Cuba: Primera residente pediátrica en Cuba es Argentina

María laura Riba (MOMARANDU)

La primera residente pediátrica en Cuba es una argentina: Eva Guerchicoff Svarch. Ella tiene 77 años, y desde hace 47 ejerce la Medicina en la Isla, en el Hospital Pediátrico de punta, William Soler (La Habana). Apasionada por la Hematología dedicó su vida a combatir enfermedades como la leucemia o la drepanocitosis, de tan alta mortalidad previo a la Revolución de 1959.

Los doctores Eva Guerchicoff Svarch y Natalio Svarch fueron de los primeros médicos extranjeros que acudieron al llamado de la Revolución cubana en la década del ‘60. Desde el barrio de Vicente López en Buenos Aires, Argentina, llegaron por primera vez a Cuba en 1962 junto a su hijo mayor, para quedarse y hacer de la medicina su modo de vida.

Afable, disculpándose porque dice tener una “muy mala memoria” -aunque no haya quedado manifiesta a lo largo de la entrevista mantenida con momarandu.com- la doctora Eva Guerchicoff Svarch, conocida sólo por Eva Svarch (apellido de su esposo del cual se separó hace años), nos recibió en su casa de Miramar – ciudad de La Habana - para conversar sobre su experiencia a lo largo de estos años.

- ¿Cómo llegaron a Cuba?
- El padre de mis hijos, Natalio Svarch, miembro del Partido Comunista, atendía en Buenos Aires, como médico, a los miembros de las embajadas de los países socialistas. Entonces, en 1960 acordó con el embajador de Checoslovaquia - república federal centroeuropea fundada el 18 de octubre de 1918. Desde 1922, perteneció a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y dejó de existir el 1 de enero de 1993, fecha en la que nacieron la República Checa y Eslovaquia como estados independientes- hacer un curso de virología en Praga. Cuando terminé la carrera me fui para Checoslovaquia con mi hijo mayor, que en ese entonces tenía siete años. Estando allí fuimos a un congreso en Italia, allí había dos médicos cubanos, uno de ellos era el psiquiatra Araujo –padre de la ex primera bailarina del Ballet Nacional, Loipa Araujo-. Él nos propuso venir a trabajar a Cuba porque, en primer lugar, se habían ido muchísimos médicos, y en segundo lugar, ellos tenían el problema de que cuando contrataban un médico, en general, la pareja no lo era, entonces tenían que pensar en qué podía ocuparse la pareja. Y para ellos, que nosotros dos fuéramos médicos, resultó muy ventajoso.

- ¿Cómo llegó a ser la primera residente en Pediatría en toda Cuba?
- Yo había hecho una carrera muy mala en Buenos Aires porque era la época del Peronismo donde todos los profesores antiperonistas se habían ido de la facultad. Entonces había profesores a los que llamábamos “flor de ceibo”, que es la flor nacional argentina… casi silvestre, dado que no estaban muy bien preparados. Eso, agregado al tipo de enseñanza en la Argentina de ese entonces, que era totalmente teórica sin ninguna práctica en absoluto. Llegué a Checoslovaquia sin saber nada, y allí empecé a hacer hematología. En el ‘62, cuando llegamos aquí, Natalio se hizo cargo del servicio de Hematología casi desde el inicio del Hospital Clínico Quirúrgico Manuel Fajardo –ubicado en La Habana-. Cuando llegué al hospital me di cuenta de que yo no sabía nada de nada y me dije: “Yo no puedo trabajar así”. Es muy difícil enfrentarse al paciente sin haber visto nunca uno, entonces pedí la residencia de Pediatría porque en ese entonces no había residencia en Hematología. Cuando terminé mi residencia de Pediatría fui directamente a Hematología, departamento en el que sigo después de 47 años.

- Tengo entendido que actualmente hace docencia.
- Estoy de profesora consultante tres veces a la semana. Lo que hago, sobre todo, es docencia y morfología, es decir, la Hematología tiene dos ramas muy interconectadas, si uno sabe una y no sabe la otra, no se puede manejar. En otros países no se hace morfología, pero yo no estoy de acuerdo con eso porque, por lo menos, la morfología de la célula de la sangre y de la médula ósea uno tiene que saberlo para poder hacer un diagnóstico.

- Ustedes vivieron de cerca la Crisis de Octubre –también conocida como Crisis de los Misiles que formó parte de la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En mayo de 1960 el primer ministro soviético Nikita Jruschov prometió que la Unión Soviética defendería al gobierno de Fidel Castro y suministró a Cuba misiles. Hacia 1962 Estados Unidos supo que la Unión Soviética había comenzado los envíos de misiles: aviones espía que sobrevolaron Cuba habían fotografiado los trabajos de construcción dirigidos por los soviéticos. El diálogo entre Jruschov y Kennedy se abrió a través de canales diplomáticos. Tras varios días de negociación, durante los cuales se temió la posibilidad de una guerra nuclear, Jruschov acordó, el 28 de octubre, desmantelar el emplazamiento de los misiles y llevar las armas a la Unión Soviética-, ¿qué experiencia le dejó aquello?
- Nosotros la vivimos quince días después de haber llegado. Estábamos viviendo en el Habana Libre –hotel ubicado en el reparto de El Vedado de la ciudad de La Habana-, había muchísimos argentinos, cada uno estaba ya en su lugar de trabajo, a Natalio también lo llamaron, es decir que me quedé yo sola con mi hijo. Y en un día de esos llega el doctor Wilfredo Torres, que fue presidente de la Academia de Ciencias, una persona muy reconocida hoy, y me dijo: “Mire doctora usted tiene que ir para el hospital. Está movilizada”. Bueno, perfecto, pero, le pregunté: “¿Qué hago con mi hijo?”. A lo que me respondió: “Mire, yo no sé. Al hospital no lo puede llevar; déjeselo a algún argentino aquí”. Entonces respondí: “Mire, yo no tengo a quién dejárselo y a mi hijo no lo dejo”. Bueno, el caso es que llegué yo al hospital con mi hijo y el doctor Héctor Duyos se lo llevó para su casa que estaba cerquita. La experiencia de esos días era que se estaba hablando de que se iba a tirar la bomba atómica y en el lobby del hospital, donde estaba reunido todo el mundo, lo que se hacía eran chistes, cuentos, había risas… yo decía “esta gente estará loca o son irresponsables o qué les pasa”, porque se hablaba de la guerra. Yo me asusté, por supuesto, porque no había vivido nunca una experiencia como esa, pero después que pasó no me asusté tanto como para seguir insistiendo en volver. En definitiva, fueron pasando los años. Y yo tuve otro hijo que nació aquí. Y me fui quedando.

- ¿Por qué decidió seguir viviendo en Cuba?
- No hay una sola razón, hay muchas. En primer lugar, tanto Natalio como yo fuimos comunistas, entonces el hecho de vivir esa experiencia en un país de este lado del mundo, valía la pena. Para nosotros era impensable el triunfo de la Revolución. El hecho de venir, fundamentalmente, estaba ligado a eso. Ahora, el hecho de quedarnos, obedece a muchas razones. Al principio yo viajaba a Buenos Aires todos los años y le decía a mis padres: “Preparen las condiciones que yo vuelvo”, pero el hecho de haberme metido tan profundamente en la especialidad que me gustaba, cuando empiezo a ver que me estoy formando como médico, que estoy viendo pacientes… en aquella época se hacían guardias donde se veían cien enfermos… entonces me metí tanto en el ejercicio de la Medicina que ya no insistí para regresar.

- Además, se acercaban tiempos violentos para la Argentina con la última dictadura militar…
- Vos dijiste algo muy importante, Mira, mi hijo menor fue muy militante. Y durante la dictadura él no se hubiera quedado tranquilo en la Argentina. Suponiendo que hubiera sobrevivido, lo que yo hubiera pasado, creo que ya no estaría viva con todo mi problema cardíaco y de otro tipo que tengo.

- Como persona comprometida políticamente, que vino a Cuba durante el comienzo de la Revolución de 1959 a ofrecer sus servicios médicos, ¿qué sintió cuando se derrumbó el muro de Berlín?
- Sentí lo que sintió, seguramente, todos los comunistas del mundo. Que se derrumbaba no solamente el muro de Berlín sino que se derrumbaban muchas cosas. Sentí una enorme decepción, un dolor enorme porque a mí ni se me ocurrió que eso podía pasar. No imaginamos nunca que podía derrumbarse el campo socialista como se derrumbó, sin un solo tiro.

- ¿Recuerda cuál fue su percepción de la Guerra de Malvinas?
- No puedo acordarme qué fue lo que sentí… Cualquier argentino quiere recuperar las Malvinas, pero el hecho de que hubiera sido un militar de la dictadura… Ese hundimiento del Belgrano… la verdad es que… -Eva se queda sin palabras- . Se sabía que era una guerra para tapar los crímenes de la dictadura. Fue dolor.

- ¿Considera que el concepto que se tiene del “médico” en Cuba es distinto al que se tiene en otros países, sean de la ideología que sean?
- Sí, yo estoy segura de que sí. El hecho de no depender económicamente de un paciente es muy importante. Casos que conozco o que me comentan cuando voy a la Argentina son realmente terribles. Y en México, donde están mis hijos, también… es espantoso… hacer el diagnóstico de un apendicitis y operar cuando el paciente no tiene nada, solamente para cobrar dinero. Aquí es al revés, nosotros tratamos de que el paciente no vuelva, que no tenga nada,… Pero hay de todo… médicos por vocación, y médicos para lucrar.

- ¿Qué puede rescatar, a lo largo de estos 47 años, de la medicina cubana?
- Esta situación de estar en un país donde tú puedes tratar a los pacientes sin pensar en si pueden pagar o no lo que tú estás haciendo, fue muy importante. También, en los años ‘60 y principios de los ‘70 ni un solo niño con leucemia se salvaba. La mortalidad era del 100%. Nosotros revisábamos mucho la literatura americana, que era prácticamente la única que había en, por ejemplo, tratamiento de leucemia. Entonces empezamos a hacer los tratamientos que se estaban haciendo en los Estados Unidos con los cuales, se decía, se prolongaba la vida. Logramos obtener las drogas que se utilizaban, empezamos a hacer los tratamientos y así comenzamos a ver el aumento de la sobrevida, hasta que, a finales de los ‘70 ya teníamos, aquí, algunos casos que podíamos dar como curados. No sólo fue en la leucemia… la leucemia es el ejemplo más importante, porque hay otras enfermedades que, en aquella época, también se morían una cantidad de niños de, por ejemplo, la anemia drepanocítica. Nos llegaban niños que no sabíamos qué tenían, se morían y, a veces, el diagnóstico lo hacíamos en la necropsia.

- ¿Se siente afortunada con su carrera?
- Yo siento que he tenido mucha suerte porque he vivido toda la época en que todos los niños con leucemia se morían y vivo esta actualidad en que más de un 70% se cura con una variedad de leucemia. He vivido la experiencia de la anemia drepanocítica en que el promedio de sobrevida no llegaba a los 14 años, y en este momento no se nos muere ningún niño. En la actualidad, el promedio de sobrevida llega a 53 años en la variedad más severa, y la calidad de vida es totalmente diferente. Entonces, en el transcurso de los años, de una enfermedad que se sabía muy poco, ahora se conoce mucho. En Cuba hay mucha drepanocitosis porque es una enfermedad de la gente negra, y ese hecho de ver cómo se salvan los niños en este momento y hacen una vida prácticamente normal, con medidas que no son de alto costo sino simplemente de manejo, de conocimiento de la enfermedad, de saber cómo actuar en diferentes situaciones, para mí, creo que es lo que justifica mi vida.

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