miércoles, 10 de febrero de 2010

Democracia: Decadencia y opción

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El fin del régimen feudal en Europa no se explica sólo por lo arcaico de las relaciones de producción, sino también por lo insolvente de la superestructura, afectada por la carencia de instituciones, el exclusivismo político y por el carácter excluyente del Derecho que daba lugar a mecanismos sucesorios que impedían la renovación de la clase política y reducía las opciones para la promoción de los gobernantes.

Durante diez siglos, el régimen de castas reprodujo el stablishment sin trascender los límites de la realeza y los reyes, cabeza del Estado feudal, procedían del estrecho círculo de una familia, regida además por los preceptos de la masculinidad y la primogenitura. Al descartar por inelegibles para funciones de poder a elementos de la burguesía ilustrada y del resto de las clases populares, la sociedad feudal prescindió de la gran fuerza y de la enorme cantera de talentos presentes en la sociedad en su conjunto.

A esa situación puso fin el triunfo de la burguesía y la introducción de la democracia basada en las realización de elecciones y en el sufragio que aunque con limitaciones, abrió el camino al proceso de integración de las mayorías e institucionalizó la participación de las masas en la política, ampliando considerablemente los espacios de donde elegir a los líderes y las opciones para seleccionar a los gobernantes.

Con las reglas que imperaron hasta el siglo XVIII, por no haber nacido nobles, Washington y Robespierre, como tampoco ninguno de los hombres que encabezaron las revoluciones de las 13 Colonias de Norteamérica y la de Francia, así como los estadistas que han gobernado al mundo en los últimos doscientos años, hubieran podido asumir posiciones dirigentes. No es difícil imaginar la enorme cantidad de talentos, caracteres y voluntades de cuya contribución la humanidad se privó en los diez mil años de exclusión que precedieron al establecimiento de la democracia.

Si bien es cierto que la existencia de las clases sociales y del establecimiento de las jerarquías políticas a partir de la pertenencia a las elites ilustradas y económicamente dominantes, mediatiza y condiciona el despliegue de la democracia, también lo es que la participación y la elegibilidad amplían considerablemente las posibilidades de que elementos de los sectores populares asciendan a funciones de dirección de la sociedad.

En Estados Unidos por ejemplo, el país donde más establemente ha funcionado la democracia liberal y donde son más los cargos de la maquinaria estatal son cubiertos mediante elecciones, los círculos de donde se extraen los presidentes se compone de unos miles de personas.

Todos los mandatarios norteamericanos invariablemente fueron antes: vicepresidentes, representantes, senadores, gobernadores, jueces, secretarios en el gabinete y, como excepción en cuatro casos Theodore Roosevelt, (Zachary Taylor, Ulysses Grant y Dwight Eisenhower) fueron militares de carrera que acumularon meritos en batallas libradas en Cuba, México, la Guerra Civil y la II Guerra Mundial.

Naturalmente que antes de llegar a esas elevadas funciones desde las cuales se puede acceder a los más altos cargos, los individuos, a partir de una especie de “selección natural”, ascienden por una pirámide política de más ancha base, aunque todavía constituye una elite minoritaria en relación con el conjunto de la sociedad. Para este ascenso, además del talento, ciertos meritos y la disposición, son importantes también el origen familiar y el dinero de que se disponga para pagar costosas campañas electorales.

George Washington, el primer presidente de los Estados Unidos era un hombre inmensamente rico, tradición que continuó con todos los líderes históricos hasta que en 1829 llegó a la presidencia Andrew Jackson, hijo de emigrantes escoceses, primer individuo nacido pobre que ocupó tan alta posición y que dio lugar a una corriente llamada “democracia jacksoniana”.

Cuando en Europa, en torno a la Primera Guerra Mundial la democracia liberal se había desacreditado, en Iberoamérica no había logrado ninguna realización y estaba por debutar en África y Asia, los bolcheviques rusos tomaron el poder con el propósito de asentar la sociedad sobre bases nuevas y construir una genuina democracia socialista.

Tal vez por la prematura muerte de Lenin, la defenestración y posterior asesinato de Trotski, líderes de aquel movimiento y por las deformaciones autoritarias introducidas por el estalinismo, aquel proceso revolucionario se afectó sensiblemente y lo que pudo haber sido una genuina democracia socialista y una innovación que sobrepasara las limitaciones del liberalismo, fue atrapada en la pugna por el poder entre Stalin y Trotski que dio lugar a la adopción de una línea sucesoria basada en una estrecha nomenclatura y en rudimentarios procesos electorales.

Los defectos de la democracia soviética se trasladaron a los países de Europa Oriental donde a lo largo de todo el periodo socialista, 70 años en la Unión Soviética y cincuenta en Europa del Este, estuvo dominado por criterios burocráticos, no se elaboró ninguna constitución realmente innovadoras ni se efectuaron autenticas elecciones.

Como antes le había ocurrido a la realeza, en la Unión Soviética y en Europa Oriental, la cúpula de la nomenclatura asumió la sucesión en un círculo excesivamente estrecho, que no permitió a la democracia desplegar sus mejores virtudes. Tal déficit de democracia y la incapacidad para renovar el liderazgo puede haber sido una de las razones del fracaso de aquel proyecto político.

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