lunes, 1 de febrero de 2010

Los invencibles y los ratones

Carlos del Frade (APE)

La bandera de la provincia de Santa Fe fue inventada por Estanislao López en 1822. El símbolo es un par de chuzas de los pueblos originarios apuntando hacia abajo y por encima de ellas una gran lanza de punta dorada, triunfante, viril, enhiesta, conquistadora y señalando el cielo de la victoria. López era terrateniente y gobernó durante veinte años el naciente estado. Todavía los sobrevivientes mocovíes y tobas guardan relatos orales de las incursiones del invencible sobre sus comunidades de niñas y niños, abuelas y abuelos, a la vera del Paraná o los riachos que desembocan en sus aguas.

En 1933, en plena década infame, aquel símbolo impuesto fue tomado como síntesis del escudo provincial y desde entonces pueden verse, bandera y escudo, en todas las reparticiones públicas del segundo estado argentino.

La masacre de los pueblos originarios no llegó sola. Los invencibles se reciclaron y depredaron los montes y bosques nativos en casi un noventa por ciento, de acuerdo a los censos del Instituto Forestal de la Nación.

La lanza de los invencibles dibujó, entonces, un nuevo mapa en la provincia y alrededores de la ciudad capital.

Las chuzas de los vencidos parecen reflejar la permanente imposición sobre mayorías de desesperados que, a pesar de los cambios políticos, siguen sufriendo la derrota de los empobrecedores y saqueadores de los patrimonios materiales y naturales del lugar.

Las abundantes lluvias de fines de 2009 y principios de 2010 trajeron a la memoria la ferocidad de las aguas del Salado de 1993 que por efecto de la corrupción se comieron la tercera parte de la ciudad capital.

Los primeros castigados, como siempre, eran los descendientes por herencia social, fueron los más empobrecidos.

Los invencibles le echaron la culpa al agua, a la naturaleza.

No fue así. Trescientos metros del anillo protector de la zona oeste de la ciudad no fueron completados por intereses sectoriales aunque el estado santafesino había pagado 25 millones de dólares al empresario Gualtieri como si lo hubiera terminado. Todavía hoy se pueden ver las decenas y decenas de cruces que recuerdan las víctimas de la inundación de la corrupción en la plaza de Mayo santafesina.

Ahora, en este año en donde deberían celebrarse los doscientos años del sueño colectivo inconcluso de mayo de 1810, los que hablan de la igualdad sentada en el trono de la vida cotidiana, la culpa es de los ratones, el calor y, como siempre, del agua.

En plena ciudad capital, Santa Fe de la Vera Cruz, se confirmaron seis casos de leptospirosis. El actual ministro de Salud, Miguel Angel Cappiello, repitió que son consecuencias de la falta de higiene y aguas contaminadas.

Que la culpa la tiene el maldito ratón que transmite el virus y no las causas sociales que desde mucho tiempo repite el drama de las chuzas vencidas siempre vigentes en la bandera y el escudo santafesinos.

En Santa Fe, como suele repetirse en otros lugares de la geografía argentina, los más castigados son los marcados por el sistema desde el fondo mismo de la historia impuesta por las minorías, por los invencibles.

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