lunes, 1 de febrero de 2010

Obama: Un año después (I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Usualmente los ciudadanos de cada país eligen y mediante mecanismos de control social, formados por las instituciones, la prensa y los instrumentos con que cuenta la sociedad civil, evalúan la gestión de sus gobiernos y el desempeño de sus líderes. Esa es la función atribuida al Informe Anual sobre el Estado de la Unión, que una vez al año rinden los presidentes norteamericanos.

Para los mandatarios norteamericanos el informe anual no es una opción sino una obligación contenida en el Artículo II, Tercera Sección de la Constitución donde se establece que: “El presidente periódicamente deberá proporcionar informes sobre el estado de la Unión…” En esta ocasión se trata del debut de Barack Obama coincidente con su primer año al frente del ejecutivo.

Cuentan los historiadores que George Washington, un hombre apegado a las formalidades y al ceremonial, hizo de su primer informe un suceso protocolar, ejemplo imitado por su sucesor John Adams. Ambos fueron criticados por Thomas Jefferson que detestaba cualquier uso que recordara la pompa de la nobleza y que en lugar de pronunciar él mismo el discurso lo envío por escrito al Congreso, tradición que duró cien años.

Aunque en los primeros años los informes sobre el Estado de la Unión eran una especie de exposición pública de la agenda y las prioridades presidenciales para los próximos doce meses, en algunos casos se incluían elementos de proyección estratégica, tal fue el caso del informe del año 1823 cuando en su informe anual, el presidente James Monroe expuso el famoso apotegma de “América para los Americanos” que constituyó la esencia de la doctrina que lleva su nombre y que todavía está vigente. 39 años después, en 1862 Abraham Lincoln explicó las circunstancias que llevarían al país a la Guerra Civil. Según Arthur Schlesinger fue: “…El más elocuente, hermoso y profundo de todos los mensajes presidenciales…”

En 1913, en los días que antecedieron al desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson estimó necesario acudir personalmente al Capitolio para leer el mensaje anual poniendo fin a la abstinencia impulsada por Jefferson. Aunque entonces el cine era mudo, fue la primera aparición en pantalla de un mandatario norteamericano, cosa que se hizo habitual con Franklin D. Roosevelt cuyos 11 informes, unos por la crisis económica de los años 30 y otros por la II Guerra Mundial conmocionaban al país. JFK inauguró la era de la televisión y, precisamente para aprovechar la audiencia televisiva, Lyndon Johnson modificó el horario y en lugar de hacerlo al mediodía, reunió al Congreso a las nueve de la noche.

Probablemente, desde que en 1790 George Washington rindiera el primero de esos informes, a ningún presidente se le había exigido tanto como a Obama, que heredó dos guerras, una crisis mundial con epicentro en los Estados Unidos, varias cárceles secretas y centros de tortura y una sociedad que, como consecuencia del 11/S, de la noche a la mañana pasó del sosiego al sobresalto, recientemente reciclado por el incidente del vuelo Ámsterdam-Detroit.

A Barack Obama, cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos (en realidad han sido 43) se le demanda más porque ha hecho la promesa más audaz y proclamado la doctrina más ambiciosa en un mandatario norteamericano: cambiar a los Estados Unidos; idea rechazada por los conservadores y que no disfruta de consenso entre los liberales, entre otras cosas porque, ni siquiera el propio presidente ha sido capaz de establecer la naturaleza, los ritmos y los límites de los cambios. Atacado por enconados adversarios, Obama recibe también abundante fuego amigo.

Al parecer para importantes sectores de la sociedad norteamericana y de la opinión pública internacional que, por razones asociadas a la influencia internacional de los Estados Unidos y por el carácter imperial de su comportamiento, participa en la evaluación del desempeño de los gobernantes norteamericanos, el primer año de Barack Obama en la Casa Blanca ha sido decepcionante, cosa que por demás suele ocurrirle a todo los gobernantes que heredan situaciones complicadas y prometen cambiar en medio de una o varias crisis.

Entre los problemas que comporta semejante promesa figuran la naturaleza de las reformas que se proponen y la escala de los fenómenos sociales y políticos. En el ámbito social, cada medida y cada acción involucra a toda la sociedad o a importantes sectores de ella y, tratándose de los Estados Unidos, a otros países y en ocasiones al mundo. La posición del pulgar del presidente estadounidense (gesto atribuido a los emperadores romanos) marca la diferencia entre la guerra y la paz y, miles de de personas, muchos de ellos norteamericanos, entre la vida y la muerte.

Los gobernantes reformistas suele ocurrirles que confunden deseos con realidades y levantan expectativas que luego no pueden cumplir, metas que deben aplazar y proyectos que han de ralentizar en beneficio de otras prioridades. Incluso los más avezados estrategas son incapaces de prever todas las coyunturas y anticipar soluciones a problemas que no han surgido y que obligan a cambios de énfasis. Las metas no cumplidas hacen la función del bumerán y se levantan como un formidable adversario al cual no sólo hay que enfrentar sino con el que hay que dormir.

En semejantes circunstancias, un presidente que sólo por ser negro en el país más racista del mundo (último en abolir la esclavitud en 1865), penúltimo en suprimir la segregación racial en la década de los sesenta y la única Nación que para eliminar la esclavitud libró una guerra civil y le costó la vida a Abraham Lincoln, Barack Obama compareció ante la Nación para rendir cuentas de su gestión.

En realidad en lugar de un balance objetivo y autocrítico, el Informe Anual sobre el Estado de la Unión, suele ser un ejercicio de relaciones públicas mediante el cual los presidentes, unos más narcisistas que otros, defienden su gestión, se relanzan así mismos, presentan nuevas metas y trazan ciertas políticas. Se afirma que sólo un presidente norteamericano comenzó su informe de un modo negativo: “Debo decirles que el Estado de la Unión no es bueno”. Se trató de Gerald Ford el 15 de enero de 1975.

No obstante, el informe del presidente Obama presenta aristas digna de un análisis pormenorizado. Luego les cuento.

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