viernes 5 de febrero de 2010

Transición en Chile: Gobierno de unidad y la demonización del adversario

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

El mensaje más significativo del presidente electo en Chile, el empresario y ex senador Sebastián Piñera, ha sido la necesidad de formar un gobierno de unidad nacional.

Como partida es agresiva y encierra un significado, porque literalmente implica la situación inversa: no hay unidad.

La Concertación si bien no opone una resistencia sin salida a la invitación de participar en tareas orientadas al bien público, no comparte la noción de un país escindido, en profunda crisis.

El “armisticio” propuesto por la alianza de derecha respecto al polarizado ambiente, dependerá de las primeras medidas del nuevo gobierno, y del nuevo rostro de la Concertación.

Por los indicios, llevarlo a cabo requerirá de un tiempo más largo del esperado inclusive en el cálculo pesimista, al menos el país esté en vías de inaugurar el borrón y cuenta nueva.

El espacio es reducido en todo sentido. Se la demonizó tanto a la Concertación, que ahora cuando se necesita el enfoque más amplio y constructivo, no se dejó el margen para la credibilidad y negociar.

En este plano, el manifiesto objetivo de la alianza triunfadora por la unidad y la no polarización no deja de ser contradictorio.

En esta breve transición, se acentúa el mismo tono de la campaña de que Chile está en decadencia en algunos círculos y en otros más radicales cerca del caos.

La contradicción no es porque políticamente, y como dice correctamente el nuevo presidente electo, “es mejor gobernar sin polaridades”, la contradicción consiste en hacer el llamado a una fuerza política que se estigmatizó al punto de demonizarla.

“Por fin se fueron estos ladrones”, es la expresión central en algunos “focus group” consultados. La frase es fuerte y describe la batalla de la propaganda por conquistar el elector.

La derecha desprestigió no sólo un proyecto, entendido como la búsqueda permanente de respuestas para desarrollar el país y la democracia, aún con incumplimientos e imperfecciones, sino también a la coalición que le daba sustentación política.

La derecha transformó en ciénaga una conceptualización política basada en la denigración para vencer en la elección y al final se entrampó.

Con gran despliegue propagandístico se transmitió a la población un mensaje simple que al final prendió en los electores: la Concertación es corrupción y nada más.

Los medios que contribuyeron a este proceso de desacreditarla, se preparan para la siguiente fase: el expediente de las auditorías en el sector público. Es el comentario abierto en la calle y que comienza a adquirir cuerpo de propaganda en los medios chilenos, -en un 90 % y más, en poder de la derecha- para continuar con el objetivo de liquidarla.

Por otra parte, tomando distancia, las invitaciones de formar “gobiernos de unidad nacional” son los clichés de los gobernantes recién elegidos. Forman parte del protocolo y de una inevitable demagogia.

De cualquier manera, el concepto de “unidad nacional” aparece como una exageración porque podría sugerir un país al borde de una crisis o con divisiones profundas, y muy probable que este diagnóstico sea prepóstero.

Hay una liviandad en el diagnóstico porque hace apenas tres semanas, para la alianza de derecha que asume el gobierno en marzo, la Concertación, la coalición de centro izquierda llevaba al país al despeñadero, y ahora la invita a participar en su gobierno.

Esta campaña por degradar a la Concertación, se ha convertido en esta transición y seguramente en el primer año del nuevo gobierno, en el nudo de las dificultades para negociar acuerdos.

Ese ambiente polarizado, fue construido desde mediados de 2008 para interrumpir a toda costa la continuidad de la Concertación en el gobierno. El “a toda costa”, no es banal para acentuar. Es el quid pro quo, al poner la derecha toda la energía estratégica en un ahora o nunca para extirpar el mal de la Concertación, con el apoyo incuestionable de la candidatura de Enríquez-O. ,convertida en tercera fuerza.

El proceso de construir una alianza de facto entre dos candidaturas para derribar a la Concertación, sincroniza con el alza de popularidad del actual presidente electo en las encuestas, mientras la Concertación es incapaz de resolver sus contradicciones para posicionar un candidato que se le oponga.

La coalición de centro izquierda fabricó su propio nudo ciego en luchas internas de poder y llegó a tener cinco opciones de candidatos a presidente en un momento. Dilató la elección definitiva de un candidato hasta llegar a un proceso de primarias internas a comienzos de 2009 que terminó por dividirla.

El resultado fue el surgimiento de una tercera fuerza, que ahora le pena mucho y es más que una piedra en el zapato, el actual diputado Marco Enríquez-O que atrapó 20 % de los votos en la primera vuelta de diciembre.

La creación de un nuevo partido a partir de esta última candidatura, no está desvinculada del haber demonizado un gobierno, una coalición y sus partidos, demostrando que el otro objetivo de la travesía, que es acabar con la Concertación, está pendiente.

La sensación de un triunfo a medias está presente en los partidarios más insignes de la alianza que inculcan la apariencia de que el país vive un momento histórico, al borde de lo refundacional.

Es así que el fondo del concepto de cambio esgrimido, se fortalece con la desaparición funcional de la Concertación en cuanto una gran entidad de poder.

Mientras más reducida o más desintegrada se encuentre, más se cristaliza esa idea de cambio en la propuesta de la alianza, y la formación del partido de Enríquez-O.

Este proceso de demonizar al oponente es digno de estudio porque en el fondo transforma a la política en un acto exclusivamente de beligerancia y de oposición antagónica orientada a la destrucción basada en los límites de vida o muerte; o, te sumas a mi corriente de opinión o pereces.

Por ahora, es como el problema matemático sin solución. La alianza de derecha en el gobierno necesita a la Concertación, pero en el fondo no la quiere. La Concertación como oposición no la necesita ni la quiere.

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