lunes, 15 de marzo de 2010

Entrar y salir por la puerta principal

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Excepciones aparte, a lo largo de doscientos años de dominio oligárquico y de ejercicio del poder por sus partidos, era una rareza que en América Latina un presidente electo entregara el mando a otro de la misma condición, las farsas y los fraudes electorales eran lo usual y nadie se extrañaba de que como parte de un golpe militar, algún coronel o general asaltara el poder. Farabundo Martí, Sandino, Gaitán y Allende, entre otros muchos, nos recuerdan lo fácil que era liquidar a un líder o anular un proceso. Durante siglos los derechos y la democracia fueron pura ficción.

El fin del mandato de Michelle Bachelet en Chile, como ante lo fueron la sucesión de elecciones limpias y abiertas en prácticamente todos los países de la región en los últimos veinte años, muestran un resultado para algunos paradójico: el avance de la izquierda en América Latina no ha representado un retroceso de la democracia sino todo lo contrario.

El auge de la izquierda latinoamericana, tanto aquellos procesos declarados socialistas como las variantes reformistas y socialdemócratas, es más curioso por florecer en el contexto de desconcierto originado por el fin del socialismo real y ha significado un desmentido a los estereotipos del anticomunismo, los postulados neoliberales que rechazan todo protagonismo estatal, así como los enfoques ortodoxos que durante décadas demonizaron el reformismo, considerándolo incompatible con la revolución social.

Aunque estas corrientes tropiezan con la enconada resistencia de la oligarquía y de sectores conservadores de la burguesía nativa, disfrutan de amplio respaldo popular, son consecuentes con las aspiraciones de la intelectualidad y de amplios círculos empresariales que encuentran importantes espacios en el desarrollo nacional.

Sin embargo, el mayor obstáculo no proviene del interior de los distintos países, sino de la incomprensión y en muchos casos abierta hostilidad de los Estados Unidos, que en franca contradicción con su discurso filosófico que dice favorecer los procesos democráticos, encabeza una oposición de oficio, se alía con sectores reaccionarios y asume como un mal lo que en realidad es parte del progreso político en la región.

Con excepción del derrocamiento del presidente haitiano Jean-Bertrand Arístides en 2004, el cuestionamiento a las elecciones en México donde en 2006 resultó electo Felipe Calderón y lo ocurrido recientemente en Honduras, en América Latina se celebran comicios ordenados, limpios y verificados internacionalmente, en los cuales se eligen o reeligen mandatarios que disfrutan del favor popular, algunos de ellos, como los casos de Bachelet o Lula dejan el poder con más popularidad que cuando lo alcanzaron.

En esos procesos han resultado electos tanto políticos tradicionales, como militares patriotas, representantes de los pueblos originarios, ex guerrilleros, académicos, obreros e incluso millonarios, sin que ello haya significado un peligro para el funcionamiento de las instituciones civiles, por medio de las cuales las mayorías expresan sus preferencias políticas y ejercen sus derechos, incluyendo el de equivocarse.

Es cierto que la democracia electoral en América Latina no es una panacea pero también lo es, que es el mejor de los recursos al alcance de las mayorías, que disfrutan de oportunidades que no existían en el pasado cuando las dictaduras, los militares y la partidocracia tradicional cerraban el paso a la izquierda, a los movimientos sociales y a los líderes populares.

En esos ambientes en los cuales la democracia defendida por la izquierda ha sobrevivido e incluso se ha reforzado en la confrontación con las actitudes golpistas y francamente antinacionales de la oligarquía y la derecha conservadora, se han destacado líderes que más allá de conflictos circunstanciales, en apenas unos años han hecho avanzar extraordinariamente a sus países y a los respectivos sistema políticos vigentes en ellos.

Las circunstancias políticas, económicas y sociales creadas en las últimas décadas en Brasil, Argentina, Venezuela, Bolivia, en Centroamérica y en el Caribe percibidas en conjunto, en unos países más que en otros, han actuado como una especie de blindaje, que si bien no logran impedir los efectos de la crisis económica, atenúan sus nefastas consecuencias sociales. El hecho de ser menos dependiente de Estados Unidos ha evitado que América Latina sea arrastrada a una situación aun más calamitosa.

Es cierto que en esta corriente general tienen lugar reveces y se experimentan retrocesos, que pueden anular conquistas populares insuficientemente consolidadas; aunque no revertir los resultados alcanzados por el proceso en su conjunto, el principal de ellos, el respeto de todas las fuerzas políticas por la voluntad popular expresada en las urnas.

La movilización de las fuerzas políticas latinoamericanas que de modo prácticamente unánime condenaron el golpe de estado en Honduras, aunque debido a la actitud de Estados Unidos no pudieron impedir el triunfo de la reacción, logró hacer prevalecer la idea de que era imprescindible celebrar elecciones y, al menos dar un barniz de legitimidad al gobierno establecido.

El florecimiento de la democracia promovido por la izquierda, ha hecho posible el perfeccionamiento de los sistemas políticos, la consolidación de instituciones y normas jurídicas, incluso la adopción de constituciones de tercera generación, que además de los derechos económicos, sociales y ambientales, el reconocimiento de los pueblos originarios, de los movimientos sociales y de la sociedad civil, han introducido figuras tan avanzadas como la revocación de los gobernantes mediante referéndum popular.

Aunque la experiencia hondureña indica que es preciso estar alerta, atrás quedaron los tiempos cuando impunemente, bajo la mirada cómplice de Estados Unidos, Pinochet pudo asaltar la Moneda, los militares deponían a los presidentes y en Centro y Sudamérica los ejércitos actuabas como principal partido político.

En aproximadamente una década la izquierda latinoamericana ha hecho más por la democracia que los políticos tradicionales en doscientos años. Los hechos están a la vista.

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