lunes, 22 de marzo de 2010

Francia: Las elecciones regionales, dura derrota del gobierno de Sarkozy

Hugo Moreno (SIN PERMISO)
En el primer turno de las elecciones regionales, el 14 de marzo, la derecha francesa del presidente Nicolás Sarkozy y su partido, la Unión por una Mayoría Popular (UMP), sufrió una estrepitosa derrota. Las fuerzas de izquierda, en particular el Partido Socialista, se afirmaron como ganadores incuestionables. Los resultados son elocuentes. La lista PS obtuvo 29,5 % de los votos, contra 26,3 % de la UMP, convirtiéndose así en el principal partido de Francia. Sumando los Verdes de Europa Ecología (12,5 %) y del Frente de Izquierda (6,1 %), y teniendo en cuenta además a la extrema izquierda (3,4 % del NPA y 1,1 % de Lutte Ouvrière), la izquierda con todos sus componentes logra alrededor de un 53 % de los votos expresados.

La derrota de la derecha –que incluyó la de 20 candidatos ministros o secretarios de Estado— es innegable. Lo mismo vale para el Modem de François Bayrou, centrista, que no logró superar la barrera del 5 %, con apenas un 4,3 %. No obstante, los resultados pueden atenuarse, si se considera, por un lado, el récord del abstencionismo (53,6 % contra 42 % en las regionales de 1998 y 39 % en las de 2004); por otro, la recuperación del Frente Nacional (FN) con un 11,6 %. Tanto uno como otro, hechos de considerable significación. El rechazo generalizado a la política del gobierno es una primera conclusión, con un gobierno cada vez más aislado y, además, con el rey desnudo. Pero también la crisis profunda de la representación política, ese vacío que puede llenarse con cualquier cosa.

En todo caso, una Francia “rosa-verde-roja” se convirtió en una pesadilla para los que ostentan el poder. Sarkozy y sus secuaces trataron, lo primero, de negar la derrota; luego la minimizaron, repitiendo que no tenía ninguna relevancia nacional. Sin embargo, este “concierto” del sarkozysmo se parece más bien a la orquesta del Titanic. En realidad, lo que se percibe en las altas esferas de la UMP --que algunos rebautizan ya guasonamente como la “Unión por una Mayoría Perdidiza” – es un viento de pánico. Tratando de salir del paso, y reasegurarse una pérdida menos vergonzosa, el gobierno de Sarkozy se lanza alegremente a agitar el tema del “miedo”, de la inseguridad, a fin de movilizar a un electorado que se abstuvo, con ánimo, además, de recoger votos que fueron al Frente Nacional sin recatarse de especular con el racismo y la xenofobia de una parte de la población.

La pasada semana el discurso oficial anduvo saturado de todo eso. Aprovechando, por ejemplo, la muerte de un policía en un enfrentamiento con un presunto comando de ETA, cerca de París, así como otros hechos diversos, se atizan todos los temores que subyacen en el transfondo social. La fórmula “con Jospin : + 14 % de criminalidad, con Sarkozy : – 14 %”, es significativa: una mentira desmentida por las estadísticas que dicen exactamente lo contrario. Lo mismo la vergonzosa campaña sobre la “identidad nacional” orquestada por el ex-socialista Eric Besson a la cabeza del Ministerio de la Inmigración y de la Identidad Nacional. Estas piruetas pueden volverse contra sus autores, que colaboraron en el renacimiento del Frente Nacional como fuerza política. Los malabarismos discursivos de Nicolás Sarkozy, el Primer ministro François Fillon y Xavier Bertrand, secretario general de la UMP, sólo provocan la indiferencia o la hilaridad de una mayoría de los electores, profundizado la ruptura entre los ciudadanos y las instituciones políticas. En el propio seno de la derecha ya no son pocas las voces que osan manifestar su descontento con los métodos y el estilo autoritario impuesto por el presidente.

En una capa de la juventud, la cólera y los deseos de revuelta se atizan. La situación en que se encuentran los barrios marginalizados, en los grandes centros urbanos, así como las capas populares de obreros y empleados, es suficientemente elocuente. Si, oficialmente, la desocupación es del 10 % de la población activa, en estos sectores se duplica, con preferencia entre los jóvenes entre 18 y 30 años. No es casual entonces que el mayor nivel de abstención, o de votos al Frente Nacional, como forma alienada de contestación, se encuentre en las regiones más afectadas por la crisis económica y social. Peligrosa deriva, por cierto, pero por ahora nadie ha logrado canalizarla ofreciendo una alternativa real y creíble.

De hecho, grandes sectores populares no se sienten representados políticamente por nadie. Han perdido, en resumen, toda esperanza. Solo les queda la rabia acumulada, esa que puede explotar en cualquier momento y con las más variadas expresiones. Las nuevas “clases peligrosas” parecen eclipsarse del panorama político; no votan; pero allí están, nutriendo el caldo de la revuelta. Sarkozy y la derecha reaccionaria, por su parte, no proponen otra cosa que aumentar la represión. Fracasaron, pero siguen, impertérritos, hilvanando su monolemático discurso. El dilema entre República social o Estado policial planea así en el horizonte, incluso a través de las confrontaciones electorales, como éstas en curso. El discurso “duro” de la derecha no sirve sino como cortina de humo para camuflar los reales problemas; pues se calla por sabido que sin justicia social, sin redistribución de la riqueza, sin mayor democracia, no hay solución posible. Esa alternativa podría ofrecerla una izquierda que se reconstruya con un proyecto de cambio social. ¿Logrará hacerlo? Esa sigue siendo la gran cuestión.

Constatar la derrota electoral de Sarkozy y su gobierno no basta. En primer lugar, porque el resultado de la izquierda –importante: hay que decirlo – no quita para que ésta cargue con buena parte de la responsabilidad. No todos los que no votaron –más de la mitad del cuerpo electoral— lo hicieron por repudio al sarkozysmo, el descrédito de “la política” o la dureza de una crisis agravada ahora por una coyuntura internacional extremamente difícil. Una mayoría no se movilizó electoralmente, conviene tenerlo claro, por la falta de credibilidad de las alternativas ofrecidas. El PS no escapa a esta consideración, huelga decirlo: contribuyó como ninguno, desde las experiencias de la “izquierda plural” hasta el gobierno de Lionel Jospin, a aumentar la desesperanza. A pesar de algunos puntos positivos que no se pueden soslayar, entre ellos las 35 horas semanales, el resto, las promesas incumplidas, el curso enterquecidamente neoliberal de su política económica, miope y puerilmente sometida al imperio del mercado, la adhesión sin tapujos a la Europa de Maastricht y del Tratado de Lisboa no se olvida. Ni deja de tener sus consecuencias. Tampoco se echa a humo de pajas el que buena parte de la dirección socialista actual siga embanderada, de una u otra forma, con el social-liberalismo, habiendo enterrado hace tiempo la “ruptura con el capitalismo” como una quimera. Esta degradación de la relación entre el “pueblo de izquierda” y los partidos que pretenden representarlo, así como del sistema político en general, es otro dato insoslayable de la realidad.

La ausencia de un proyecto socialista claramente definido tuvo sin embargo un contrapeso con el voto relativamente importante a favor del Frente de Izquierda (PCF, Partido de Izquierda, Izquierda Unitaria y otras organizaciones) que recogieron el 7 % si se tiene en cuenta que solo se presentó en 17 regiones. Tampoco hay que desdeñar los votos por el NPA, a pesar del fracaso anunciado de sus ilusorias expectativas, que siempre se pagan caras. A pesar de su aislamiento sectario, perdiendo una oportunidad política probablemente única, logró un 3,4 %, ínfimo pero no despreciable. Cuando siguió una política unitaria, como en el caso de Limousin, el NPA y el Frente de Izquierda, obtuvieron un 13 %. Si después, por el sectarismo también del PS, no logró concretarse una lista única para la segunda vuelta, eso no invalida un resultado ejemplar. ¿No era acaso posible llegar a un acuerdo a nivel nacional? Muchos fueron los obstáculos, sin duda, pero esa posibilidad se perdió. Una política unitaria de la “izquierda de la izquierda” habría obtenido un éxito mayor que el aritmético, estimulando una dinámica política y social. Esa dinámica habría permitido crear, seguramente, otra relación de fuerzas en el campo de las izquierdas.

En todo caso, cualquiera sea el análisis crítico que puede y debe hacerse respecto al PS, confundirlo como un bloque con la derecha –el ofuscado estrabismo daltónico del “son todos iguales”— ha resultado un grave error político. Es de esperar que los militantes del NPA logren imponer, en este sentido, una resuelta ruptura con política sectarias que más parecen dimanar de la autosatisfacción del narcisismo onanista que de una preocupada estimación madura y realista de las terribles circunstancias históricas en que nos ha tocado vivir. En caso contrario, correrá los mismos riesgos que quienes fueron condenados a “cien años de soledad” por no haber sabido “descifrar los pergaminos”... Sin ir muy lejos, aquí tenemos el ejemplo de Lutte Ouvrière.

Para hoy, domingo 21 de marzo, en la segunda vuelta de las elecciones, pude augurarse una una amplia victoria de la izquierda. Puede, incluso, que no solo confirme, sino que amplíe su éxito del 14 de marzo. Si 22 sobre las 24 regiones metropolitanas (26, considerando los llamados Territorios de Ultramar) fueron perdidas por la derecha en 2004, es posible que este tablero pueda completarse. Más allá de los cálculos electorales, y de las especulaciones de unos y otros, de cualquier manera una dura derrota de la derecha será un factor de aliento para las luchas sociales, ésas que no cesan en su resistencia a la política impuesta por Sarkozy y el sarkozysmo. Y que son, en definitiva, las que pueden decidir el curso de los acontecimientos.

En esas luchas, en el combate cotidiano por defender las más que amenazadas conquistas económicas, sociales y democráticas de varias generaciones de trabajadores, se está jugando el porvenir de Francia. Y no solamente, sino el de buena parte de Europa y de sus clases populares. “Grecia no está lejos”, podríamos decir. La oportunidad para infligir una derrota al peligro que representan Sarkozy y su gobierno –la derecha más reaccionaria en el poder desde 1945— es una ocasión de ésas que los antiguos pintaban calva, porque pasa deprisa y una sola vez.. Sería irresponsable desaprovecharla. Saber distinguir claramente quién es el verdadero enemigo, y buscar acuerdos y alianzas que permitan derrotarlo, ha sido siempre el ABC de la política, en Francia y por doquiera y cuandoquiera. Eso se llamaba, en otros tiempos, la política del frente único. No es una receta mágica, pero sigue siendo un buen principio.

La segunda vuelta de las elecciones regionales puede ser un paso adelante en la resistencia contra la ofensiva reaccionaria del gobierno. Y poner un dique al proyecto de remodelar la economía y la sociedad como una diz-que-república, autoritaria y neoliberal, en una Europa bajo el mismo signo, asociada a la estrategia de dominación imperial de Estados Unidos. Esto merece una nueva respuesta contundente, un nuevo No, como aquel del referéndum francés de 2005. Un poco de oxígeno que permita al menos respirar mejor; que la rabia trueque en esperanza. Avanzar en la reconstrucción de la sociabilidad y la solidaridad política y de clase, condición previa para recuperar mínimamente la ofensiva y poner coto a la derecha reaccionaria.

Después, veremos lo que se verá, como decía un viejo sabio.- París, 21 de marzo 2008.

Hugo Moreno, miembro de la redacción de SIN PERMISO, es docente/investigador en Ciencias Políticas de la Universidad de París 8.

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