lunes, 15 de marzo de 2010

La Cumbre de Cancún y el acoso gachupín

Mario Rivera Ortiz (especial para ARGENPRESS.info)

Durante los días 22-23 de febrero de 2010 se reunieron representaciones de 32 Estados y gobiernos de América Latina y el Caribe en la Cumbre de Cancún, Quintana Roo. En las deliberaciones de este conjunto multinacional, se acordó por unanimidad, la próxima formación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELC), grupo que deberá impulsar la integración regional con miras al desarrollo sustentable. Sus estatutos y personalidad jurídica serán discutidos hasta el mes de julio de 2011, en la próxima reunión Cumbre, a celebrarse en la ciudad de Caracas y, en tanto no culmine este proceso se mantendrá un foro en el que se preservará el Grupo de Río y la Cumbre con sus respectivos métodos de trabajo, prácticas y procedimientos.

La Cumbre de la Unidad Latinoamericana y el Caribe aprobó ocho documentos todavía secretos, a saber: Declaración de solidaridad con Haití. Comunicado especial sobre cooperación en materia migratoria. Apoyo a la Iniciativa ecuatoriana Yasuni-ITT. Declaración de solidaridad con Ecuador y su combate al lavado de dinero y al terrorismo. Declaración especial sobre Guatemala para reconocer el trabajo del Presidente Álvaro Colón, en las investigaciones del caso Rosemberg. Comunicado especial sobre la Explotación de Hidrocarburos en la Plataforma Continental. Apoyo a Argentina respecto a la cuestión de Las Malvinas, y, una Declaración sobre la necesidad de frenar el bloqueo económico y comercial de Estados Unidos contra Cuba (Reforma, 24 de febrero de 2010).

Al margen de dichos títulos y después del choque escenificado por Álvaro Uribe y Hugo Chávez, el presidente de México, Felipe Calderón, anunció la conformación del “Grupo de Amigos de Venezuela y Colombia” con los gobiernos de Cuba, México, Brasil y República Dominicana (Público, 24 de febrero de 2010). El famoso altercado Chávez-Uribe, en sí mismo, fue algo irrelevante y quizá preparado cuidadosamente con antelación, para distraer la opinión pública de los significados de fondo que encierra la reunión de Cancún y otros objetivos.

Entrando en materia, hay que preguntar ¿De qué tipo de unidad se habló en la Cumbre?

La historia de los esfuerzos para lograr la unidad regional latinoamericana es muy larga y desalentadora, se extiende desde el año de 1826 cuando se celebró el Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar, continuado luego, en el siglo XIX, cuando menos por tres reuniones mas, la última de las cuales realizada en 1864, a raíz de la invasión francesa a México. En el siglo XX, hubo nuevos esfuerzos en el mismo sentido por ejemplo la Unión Panamericana auspiciada por los Estados Unidos, fundada en Buenos Aires en el año de 1910 y continuada por la OEA en 1948; paralelamente se consumaron otras experiencias como el Parlatino en 1964; luego se constituyen en el grupo mediador de Contadora que en 1988 se convierte en un grupo permanente en la Ciudad de Río de Janeiro. Paralelamente existieron CONASUR y ALBA, ya lo sabemos.

En cuanto al resultado de estos esfuerzos “bolivarianos” celebrados a lo largo de casi dos siglos, podemos afirmar que fue miserable para los pueblos, no así para la burguesía criolla y sobre todo para la gran burguesía norteamericana. América Latina no se unificó ni logró su emancipación económica y perdió inmensos territorios y mares que le pertenecían: en 1833 las Islas Malvinas fueron ocupadas por Inglaterra, sin que EU invocara la Doctrina Monroe; en 1847 México perdió la mitad de su territorio frente a EU: en 1898 Borinquen fue invadido y luego asimilado al Estado yanqui, y, actualmente todo el territorio del subcontinente, se halla sembrado de centenares de extrañas metástasis. Entonces es sumamente difícil que resulte nada diferente de la reunión de Cancún, luego añadiremos razones adicionales.

Y en cuanto a la sospechosa inclusión del concepto “terrorismo” en el Documento número cuatro de la Cumbre y la amplia colaboración en materia de “seguridad” que Venezuela ha establecido con España después del acoso gachupín, creemos que requiere una aclaración del gobierno venezolano, porque si se trata de todo lo que los gobiernos de los Estados Unidos y de la Unión Europea criminalizan con la palabra maldita, la naciente Comunidad es ya un aborto fétido de las buenas intenciones bolivarianas, pues ello equivaldría al resometimiento estratégico de América Latina a los EU. Este es pues, un asunto definitorio para los promotores de la Cumbre. Y hay que decirlo con toda franqueza: en las aclaraciones que el presidente Hugo Chávez hizo a los medios, en relación con las recientes acusaciones del juez español Eloy Velasco, implicando al gobierno venezolano con las FARC-EP-ETA se pronunciaron palabras que dejaron más dudas que las que ya había antes: “Este es un Gobierno que no apoya ni apoyará a grupos terroristas, afirmó Chávez cuando se le inquirió sobre la posición de su gobierno frente a la insurgencia colombiana y ETA: “Somos un gobierno de paz, de amistad”, reiteró Chávez (El País com. España 04/03/2010), (Público, 07.03.2010.). Si no se produce esa aclaración tendríamos todo el derecho de preguntar al presidente de Venezuela, ¿Entonces hay que sumarse irreflexivamente a la ola de criminalización de todo lo que el imperio y sus cónsules llamen “terrorismo? ¿Se incluye a las FARC-EP-ETA dentro de los grupos terroristas? ¿Por qué? Nosotros creemos que la única respuesta válida ante el hostigamiento gachupín hubiera sido: “váyanse ustedes mucho al carajo”, como el propio Chávez replicó a Uribe en Cancún. (La Jornada 23.02.2010)

Se requiere, pues, acerca de este punto total claridad, ya que existen opiniones precedentes del mismo jefe de Estado y de algunos de sus colegas del ALBA, que en el pasado inmediato han preocupado a la izquierda revolucionaria de América Latina.

Todo ello junto con las significativas declaraciones del secretario de Estado adjunto para América Latina, Mr. Valenzuela acerca de la CELC: “No es un problema para Estados Unidos”. (Reforma, 23. O2, 2010.); las de Frank Mora, subsecretario estadounidense adjunto de Defensa para América Latina: “Venezuela debe combatir a las FARC”; las del Embajador Brownfield: las FARC son un “blanco” de EU en Colombia” (La Jornada, 20 de agosto de 2009.), y las que hizo a posteriori el general Douglas Fraser, jefe del Comando Sur, reconociendo que no existen vínculos de Venezuela con las FARC-ETA (ABP, 11.03. 2010.)

Tampoco es casual que personalidades de la socialdemocracia internacional, como es el caso del político mexicano Porfirio Muñoz Ledo, hayan aplaudido el proyecto de unificación latinoamericana como una “experiencia multinacional y multicultural”. (La Jornada, 07.03.2010)

Ahora bien, ¿cuáles son las razones que hay que añadir a los antecedentes históricos ya referidos para dudar del éxito del proyecto unitario de Cancún? Veamos: a mediados del siglo XIX la burguesía de los países de Europa Occidental y de los Estados Unidos inventó el imperialismo como un instrumento para desarrollar el capitalismo después del susto que les dio la Comuna de París, creó un arma de dos filos: uno de ellos para enriquecerse a lo bestia a costillas del resto del mundo y el otro para sobornar a sus propias clases trabajadoras y posponer su insurrección final. Con esta política Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Japón, Italia y otros países saquearon y detuvieron el desarrollo de África, Asia y América Latina. En efecto el imperialismo se constituyó en un gran poder explotador universal, continuador del colonialismo; sin embargo, el obstáculo más importante que mantuvo débil y humillada a Latinoamérica, fue su propia burguesía que desde que nació en el seno de la colonia española y portuguesa, nunca dejó de ser una clase social minusválida sin grandes ambiciones, dependiente de las metrópolis. En Europa la historia de la burguesía fue otra. Pero nuestras burguesías criollas, liberales y conservadoras, no pudieron completar sus propias revoluciones. Hubo hombres como Simón Bolívar que tuvieron la idea, pero su clase social no respondió. No hay que echarle toda la culpa a Santander o al imperialismo yanqui. Sencillamente la pequeña burguesía criolla nunca pudo desempeñar las tareas históricas que le correspondían. Ahora es tarde para un proyecto burgués-capitalista, aunque se disfrace de plural, multicultural, democrático participativo y socialista.

La idea patriótica se origina en México a partir de la Guerra de Independencia en 1810 y se refuerza en la Revolución Mexicana antiimperialista, hasta los años de 1938. Esta idea se apoderó del corazón de las masas primero y después del cerebro de los anarquistas y socialistas, como Ricardo Flores Magón, Felipe Ángeles, Valentín Campa, Lombardo Toledano, y de las generaciones demo-socialista que parasitaron la izquierda parlamentaria después de la perestroika.

En tiempos de Simón Bolívar, sin duda existían condiciones para la unidad de todas las clases sociales del subcontinente en torno a la burguesía naciente en la lucha contra la reacción clerical-terrateniente y la corona española, pero desde la anexiones imperialistas ocurridas en el siglo XIX, dejaron de existir razones válidas para una alianza continental de todas las clases sociales de América Latina por objetivos nacionales. La burguesía criolla, salvo la fracción juarista, demostró que no era capaz de asumir la defensa de los intereses nacionales frente al extranjero y en cuanto a su labor social sólo destacó por sus excepcionales cualidades de agente explotador y represor de sus pueblos. Es por esa historia de la burguesía criolla que el proletariado latinoamericano, en la hora actual, ya no puede fundir sus intereses con los intereses de esa clase, ni luchar junto con ella a favor de ningún “nuevo” modelo de nación capitalista, por humano que se maquille. La tarea actual del nuevo proletariado latinoamericano no puede ser otra que luchar por la emancipación socialista del trabajo frente al yugo del capital y por un socialismo internacionalista. El proletariado ya está cansado y poco a poco entiende más el fracaso de sus ilusiones patrióticas antiimperialistas, concebidas a la sombra de jefes y caudillos burgueses liberales que enarbolaron la bandera nacional y prometieron pan y libertad.

A manera de conclusión hay que decir que, en aquellos tiempos de Simón Bolívar quizá era posible la Gran Patria de América Latina, pero ya no en 2010, cuando las clases sociales gobernantes en su mayoría se han identificado con los intereses del capital global, y, cuando los discursos supernacionalistas de los gobernantes pequeñoburgueses progresistas son peroratas extemporáneas totalmente irreales. La Comunidad proyectada en Cancún quizá pueda constituirse a pesar de todo, como una nueva versión del Parlatino y tal vez algunos quieran trabajar bajo el mando yanqui en torno a planes de “seguridad antiterrorista”, pero eso sí, sin el proletariado latinoamericano, sin los pueblos de la región, pues nada de ello tendrá que ver con su liberación nacional, de clase y el socialismo. En el futuro, la dirección del cumplimiento de las tareas nacionales y de clase corresponde por entero al nuevo proletariado ya liberado de sus tendencias reformistas ancestrales. A ninguna otra clase social.

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