lunes, 15 de marzo de 2010

La prenda perfecta

Claudia Rafael (APE)

Uno, dos, diez, quince, veinte. Basta contar hasta veinte. Apenas unos chasquidos, un par de pitadas de cigarrillo, dos o tres pasos veloces, seis u ocho aleteos de mariposa, la estrofa de una canción. Ese es el tiempo necesario y no más. Naciones Unidas le puso palabras: cada veinte segundos muere una persona en el mundo por tuberculosis. Escasos veinte segundos que ni siquiera ocupan el tiempo de un hola y un adiós. Ya no es más esa enfermedad del pasado más demoledor que para muchos era historia enterrada. Es una realidad tangible que crece como crecen los mojones de pobreza que se van elevando como murallas inalcanzables.

En Argentina hay hoy alrededor de 13 mil casos nuevos por año y 1000 muertes y la mitad de los enfermos están en la Capital Federal y el conurbano, dice Graciela Carelli, de la Fundación HIV Sida.

En 2004 eran 12.000. En 2005, 11.242 y al año siguiente 11.068. Pero las estadísticas hoy treparon casi en un 20 por ciento respecto de 2006.

Basta comparar: en Estados Unidos, por ejemplo, hay 20.000 enfermos más cada año pero diez veces más de población.

No es casual ese crecimiento en estas tierras devoradas y devoradoras de utopías. Para comprender algunos porqués, basta saber que el 80 por ciento de la carga de morbilidad de la tuberculosis se concentra en países en donde priman condiciones de vida nocivas para la dignidad: hacinamiento, falta de infraestructura sanitaria, elevados índices de pobreza y de desnutrición.

Médicos sin Fronteras denunció que son, además, países donde se suelen usar fármacos que no obtienen un certificado de calidad avalado por la Organización Mundial de la Salud, “debido al bajo margen económico que se destina para llevar a cabo estos procesos de calificación terapéutica”.

El bacilo tuberculoso data de hace unos 15.000 años, creció con el hombre moderno. Fue su atroz compañero inseparable. Y lo vio morirse en su nombre millones de veces.

No está en soledad. Junto a la tuberculosis se multiplican los pacientes con leptospirosis, los casos de fiebre amarilla, los alrededor de dos millones de infectados de Mal de Chagas que dejan diez muertos por semana en Argentina.

Son enfermedades que “atacan principalmente a las personas que no tienen defensas, ya sea por una desnutrición o por una enfermedad”, definió Graciela Carelli.

Hubo un tiempo, en plena Edad Media -decía Georges Duby- en que se buscaban responsables y víctimas propiciatorias a las que culpar por las epidemias que iban devorando vidas irremediablemente. Judíos y leprosos estaban a la mano. “Se dijo que habían envenenado los pozos. Y así se desencadenó la violencia contra unos hombres que parecían los instrumentos de un dios vengador que azotaba a sus criaturas con la enfermedad”, escribió Duby en “La huella de nuestro miedo”.

No hay dioses vengadores que repartan las enfermedades. No los hay para una decisión macabra que arrincona a los inermes y vulnerados como presas propicias para el bacilo asesino. Son la prenda, en definitiva, para el sacrificio humano necesario para la continuidad de un sistema que tiene su basamento perfecto en la exclusión y la pobreza creciente.

Fuente imagen: APE

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