lunes, 1 de marzo de 2010

Organizaciones internacionales (III): La ONU

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

A pesar del triunfalismo de algunos analistas que parecen convencidos de que: “Al fin se ha realizado el sueño de Bolívar”, la decisión recientemente adoptada por los jefes de Estado de la región de crear una organización política de países latinoamericanos y caribeños ha sido resultado de un consenso difícil y precario, alcanzado en medio de una intensa polémica. De hecho el primer acuerdo fue diferirlo todo para dentro de un año. Nunca antes había ocurrido así.

La ONU, como tampoco la OEA, más tarde la OUA y la UE, nacieron sin adversarios. Tal vez se trata de que la unidad orgánica, allí donde se le necesita, aparece como un resultado de circunstancias objetivas que dan lugar a compromisos cuya entidad rebasa los límites de postulados y declaraciones políticas.

Aprovechando la capacidad de convocatoria del discurso antifascista y el liderazgo que le otorgó el encabezar la coalición aliada, sin mayores dificultades, Franklin D. Roosevelt condujo los trabajos fundacionales de la Organización de Naciones Unidas, esfuerzo respaldado por Winston Churchill y Iósif Stalin, principales líderes mundiales de entonces, cuyas decisiones fueron endosadas por los 50 estados independientes que existían entonces.

Además del legado de los 14 Puntos del presidente Woodrow Wilson y de los esclarecimientos alcanzados durante los debates políticos en torno a la constitución de la Sociedad de Naciones en los años veinte, la imagen de Roosevelt, que asumió la presidencia en 1933, el mismo año en que Hitler fue nombrado canciller de Alemania, fue favorecida, por administrar eficazmente la crisis de los años treinta y por conjurar a la Gran Depresión.

Aunque contenido por las leyes de neutralidad con que, después de la experiencia en la Primera Guerra Mundial, el Congreso norteamericano trató de impedir que Estados Unidos se involucrara en guerras que no le concernían, Roosevelt alcanzó un gran relieve internacional por su intenso discurso en defensa de la democracia, frente a la embestida nazi que después de doblegar a Polonia ocupó toda Europa Occidental, excepto Inglaterra.

Con aquel capital político, a pesar de que en el interior de Estados Unidos existían poderosas fuerzas contrarias a que el país se mezclara en la guerra, no sólo por razones de seguridad y apego al pacifismo, sino porque el rearme alemán y la guerra representaba buenos negocios, en agosto de 1941 a bordo del acorazado británico “Príncipe de Gales”, frente a las costas de Terranova, Roosevelt y Churchill suscribieron la Carta del Atlántico, a la cual poco después se sumó Stalin.

La Carta del Atlántico, documento sin precedentes mediante el cual tres grandes potencias se comprometían a no buscar conquistas territoriales, no repartirse a los países vencidos como un botín y favorecer el restablecimiento de la democracia en los territorios ocupados, fue el eje del consenso para forjar la coalición aliada y el fundamento para la creación de un sistema de seguridad colectiva y el borrador de la Carta de la ONU, hasta hoy el más importante documento de derecho internacional que haya existido.

Con aquella premisa, las bases del contenido y estructura de la ONU y sus aspectos técnicos y políticos fue negociada por los líderes mundiales en las conferencias de Teherán, Yalta, Potsdam y San Francisco en un ambiente de avenencia que nunca más se ha alcanzado.

El resto de los asuntos fue la obra de orfebrería de expertos que en representación de 50 países en Moscú, Dumbarton Oaks y San Francisco, trabajaron durante meses para el 25 de junio de 1945 redactar y adoptar por unanimidad la Carta de la ONU que al día siguiente fue firmada por todos los países independientes de entonces.

Los dos asuntos que provocaron los mayores debates y no pudieron ser resuelto por los expertos sino por los jefes de Estado en Yalta fueron los relativos a si debía considerarse el uso de la fuerza para aplicar las resoluciones vinculantes de la organización, a quien correspondía tomar tales decisiones y con qué fuerzas se contaría para ello.

Finalmente se adoptó el Capítulo VII de la Carta que prevé el uso de la fuerza en situaciones que en las que peligra la paz, se facultó al Consejo de Seguridad para adoptar tales decisiones y se ideó la clausula de “unanimidad” según la cual semejante decisión sólo podía ser tomada con el voto positivo de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Así nació el veto.

La fundación de la ONU, fue resultado de una coyuntura especial y de circunstancias históricas irrepetibles en medio de las cuales prevaleció la idea de que era preciso evitar a toda costa que experiencias como las guerras mundiales se repitieran y si bien se consagró el predomino de las grandes potencias en la política mundial, no resultó un esfuerzo fallido.

Lo que no parece tener lógica es que, sesenta años después, no exista una mentalidad y una determinación como la de entonces para actualizar la organización y hacerla contemporánea con los tiempos que corren.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.