lunes, 15 de marzo de 2010

Perú: El nuevo rol de los clubes

Jorge Zavaleta Alegre (CAMBIO16, especial para ARGENPRESS.info)

Una historia reciente. A un alcalde de Lima se le ocurrió pintar de blanco todos las piedras y muros de la Plaza San Martín, para agradar a los miembros del Club Nacional, que creían que ese espacio público era la viva representación de una Casa Hacienda. La aguda crítica de un notable pintor evitó que continúe tal despropósito. Tardaron muchos días para poder borrar la pintura sobre las piedras.

Los clubes sociales en general, que antes trataban o presumían tener la representatividad de una comunidad determinada, pasan o deben pasar por un drástico cambio si quieren mantener alguna vigencia. En Lima el Club Nacional, que agrupaba a la oligarquía peruana, hoy es una institución anodina, sin referentes para los amplios sectores populares.

El Rotary Club celebra 105º Aniversario de su creación, con el lema institucional “Dar de Sí antes de Sí”. Su protocolo fundacional señala que no tiene fines de lucro, que depende de las contribuciones voluntarias de sus socios y está orientada al desarrollo de programas y oportunidades de servicio y de asistencia a la gente más necesitada del mundo.

No obstante esta “atractiva” Filosofía, creo que una de las grandes limitaciones para su mayor desarrollo e inserción en la comunidad ha sido presentarse alejada de la política, como si la Ciencia Política, no fuera parte imprescindible de la vida humana. Rotary no está afiliado a ningún partido político ni tiene religión oficial, remarca su profusa promoción.

Quizá allí radica su error más grande y de otras instituciones menos conocidas, al haber convocado, presuntamente, solo a personas que quieren hacer y hacen servicio por la paz en el mundo. Sin embargo, sus más conocidos dirigentes alentaron desde las Naciones Unidas y otros también violaron esenciales derechos humanos como Augusto Pinochet Ugarte, para citar uno.

Un conocido logro del Rotary es haber contribuido a la eliminación de la poliomielitis con su activa participación en programas mundiales de vacunación. Pero las secuelas de esa grave enfermedad, después de la vacuna Sabin, no han sido atendidas con la debida urgencia. Son pocos los Estados de América Latina que han incorporado orgánicamente planes y presupuestos para aliviar y atacar desde los cimientos las causas de estos males y otros. La labor asistencialista puede ser y de hecho es una colaboración, pero si no va articulada a los planes nacionales, todo esfuerzo se esfuma en el camino.

El condenar la política ha sido y sigue siendo una forma equivocada de cumplir objetivos como los que promueve el Rotary: comprensión mundial, paz y buena voluntad a través del mejoramiento de la salud, apoyo a la educación y la mitigación de la pobreza. Su configuración internacional en distritos le debería otorgar la ventaja de incorporarse a la sociedad civil, para fiscalizar la acción gubernamental y ayudar mejor en el desarrollo de más servicios para sus comunidades vecinas.

Es cierto que el primer Club Rotario de Chicago, Illinois, se fundó con la dirección de Paul P. Harris, abogado que deseaba recrear en una asociación profesional el ambiente amistoso, que por lo general caracterizaba a los pequeños pueblos en los que pasó su juventud. Esa idea romántica y que prevalece en algunas localidades, donde las condiciones de vida son relativamente óptimas para unos pocos, los movimientos migratorios campo ciudad, las migraciones interurbanas, y ahora mucho más con una economía abierta y con perfiles democráticos han arrasado el concepto de club social.

El paradigma de los fundadores de Rotary de afiliar a una representación de cada rama comercial, profesional e institucional radicada en una comunidad determinada, ha cambiado en esencia en un siglo, y sobre todo en las dos o tres décadas.

El comienzo del Tercer Milenio demuestra que la actividad productiva, comercial o servicio profesional está en manos de nuevos sectores sociales que no tienen confianza ni en la política tradicional, ni tampoco en los clubes sociales, porque estas instituciones se han sustentando en la directa o indirecta defensa del statu quo, distante de los problemas estructurales, tratando de mantener diferencias entre habitante de ciudad y de sector rural. Así se explica porqué la prensa no se ocupa mucho de los rotarios.

Los tradicionales Clubes Departamentales, han dado paso a clubes provinciales y distritales, y son desbordados por los nuevos moradores de las urbes. Todas estas instituciones son cada vez menos representativas y sus asambleas se realizan en los Estadios Deportivos como es el caso de la Federación Nacional de Pueblos del Perú, así como las agrupaciones religiosas cristianas que ocupan ex locales de cines limeños, para cumplir con su fe, en silenciosa discrepancia con el catolicismo, considerada aún religión oficial del Perú.

Las Cámaras de Comercio de ciudades andinas como Juliaca, Huancayo, Madre de Dios o Chachapoyas, para mencionar unas cuantas, eran hasta hace dos o tres décadas entidades de los “notables” de la ciudad. Sus ambientes monacales, exclusivos y excluyentes, ahora con la dinámica empresarial, con el milagro de la educación, el ahorro familiar y los sistemas financieros comunales, son concurridos por sectores populares. Miremos, por ejemplo, la Cámara de Comercio de Lima, con modernos módulos al servicio de sus afiliados.

En este nuevo marco, el Rotary, no puede aislarse de la dinámica social. El desborde popular de los años sesenta a la fecha ha variado sustantivamente. Los nuevos migrantes ya no vienen a poblar desiertos insalubres, sino constituyen la nueva expresión de un país que produce y que invierte en educación. Y espera de los clubes una apuesta fiscalizadora por la excelencia educativa, con una incursión orgánica en la vida política del Estado. Igual responsabilidad, frente a problemas de seguridad, lucha contra la corrupción, administración judicial, armamentismo.

Después de estas afirmaciones, por cierto sujetas al debate o análisis más severos, creo que el Rotary de La Molina Vieja, presidido por el abogado, músico y poeta David Flores, natural de Huaylas, una pequeñísima comarca entre las Cordilleras Negra y Blanca de los Andes Centrales, busca caminos diferentes, como empezó hace cinco años en el Club Unión de Lima, junto con el parlamentario (ganador de la Lampa de Oro) de Acción Popular, Fidel Villegas.

Ese Club está abierto a los provincianos. Los salones de la antigua burguesía peruana que hicieron de la política una actividad al servicio de grupos privilegiados, es una ventana del nuevo Perú que ofrece, a los turistas, una visión cultural renovadora.

David Flores, desde La Molina, un distrito mesocrático de una Lima poblada por 8 millones de personas, trata de emprender, ojalá con el apoyo de todos sus miembros, reformas de fondo y forma para una institución que inicia su segundo siglo de vida. Tarea difícil, porque el racismo, el rechazo al provinciano, el centralismo y la falsa regionalización, la ausencia de identidad nacional, el desprecio por los marginados, son obstáculos a flor de piel, que deben ser analizados y superados con sinceridad y con participación pública e intensa en la Política.

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