lunes, 22 de marzo de 2010

Ser anticastrista sin perecer en el empeño

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
No queda otra alternativa que acatar la evidencia: los círculos más virulentamente anticubanos tienen lo que desde hace largo tiempo buscaban: un muerto útil y publicitariamente explotable: Orlando Zapata ha cumplido el requisito y sin ser uno de ellos ni haberse beneficiado con lucros de la actividad contrarrevolucionaria, se ha inmolado por una causa que no existe o, en cualquier caso no es la suya.

No se trata ahora de la contrarrevolución de los años sesenta movilizada en defensa de intereses económicos o políticos personales de algún modo perjudicados por la Revolución, tampoco de la reacción derivada de incompatibilidades ideológicas ni de la disidencia pura del que decide apartarse de aquello en lo que en un día creyó. Hoy todo es más sórdido.

La campaña puesta en marcha contra la Revolución es visceral, aunque hay quienes se suman gratuitamente, y emana del rechazo elitista a la alternativa, es la condena a los herejes que se han levantado contra el dogma y resistido al veredicto del tiempo y el enseñamiento del imperio.

Al retar a la intolerancia que impone la idea de que las mayorías son razas minusválidas que han de resignarse a ser conducidas como rebaños por los poderosos que, además de la riqueza y la fuerza, quieren poseer también la razón, la Revolución Cubana echó sobre sí una maldición contra la cual es preciso luchar todos los días.

Esa contienda de una extensión que cubre décadas y de desgastante intensidad, ocurre en el interior de una plaza sitiada cuyos moradores por generaciones nacen y envejecen afrontando inenarrables riesgos y privaciones y realizando sacrificios que, equivocados o no, asumen con ejemplar desinterés en nombre de generosos proyectos para el mejoramiento humano.

El tsunami reaccionario que se precipita contra la Revolución Cubana y contra quienes la apoyan o creen en sus posibilidades, se levanta esta vez desde los más oscuros y sórdidos cenáculos donde se elaboran cursos de acción, basados en procedimientos de guerra psicológica, medidas activas y conflictos de diferente intensidad que asombran por su nivel de coordinación y por el grado de concertación con que los diferentes elementos se reparten las tareas, de lo que por cierto, para no enlodar la “causa” se ha excluido a los más desacreditados.

Esos círculos amancebados en una entente reaccionaria universal disfrutan de generosos financiamientos, una fabulosa cobertura mediática que no han tenido jamás las causas justas e incluso del aporte de personas talentosas, aunque políticamente despistadas que prestan su nombre y sus firmas a propósitos ajenos al perfil de su arte y a su ejecutoria personal.

Con repugnante oportunismo, quienes diseñan y ponen en marcha ese tipo de campaña y conducen la embestida contra Cuba, aprovecharon las posibilidades de explotar a un hombre que confundido y sin exponer razones por las que valiera la pena sacrificar la vida, con extraña determinación se dejó instrumentalizar para hacer lo que en cincuenta años no ha hecho ninguno de los jefecillos o voceros contrarrevolucionarios que han vivido e incluso amasado fortunas en la lucrativa industria del anticastrismo.

El oportunismo se expresa también porque la campaña aprovecha un instante en que tras más una década de penurias, derivadas de la derrota del socialismo eurosoviético, la economía cubana mostraba discretos signos de recuperación, vuelve a ser socavada, esta vez por los efectos de una crisis económica, aun de mayores proporciones por su carácter mundial. En un trance difícil, el pueblo y la dirección revolucionaria son sustraídos de sus prioridades y tareas principales.

La feroz campaña anticubana llega también en momentos en que hay en Estados Unidos una administración cuyo presidente, que inconsecuencias aparte, por no formar parte de ninguna de las capillas de la política tradicional norteamericana ni agradecer su elección al voto de Miami, asume ante Cuba una posición que aunque remota, a los ojos de algunos, yo incluido, ofrece ciertas opciones para introducir cambios en la política norteamericana que el tiempo y los magros resultados ha convertido en obsoleta y anacrónica.

No juzgaré a Zapata por los delitos que cometió y por los cuales fue a la cárcel porque tal cosa, en su momento lo hicieron tribunales y jueces habilitados y porque la muerte es una frontera y un misterio insondable; puedo no obstante suscribir la idea de que si en la percepción que tuvo de sí mismo y de su destino creyó que el sacrificio lo convertiría en una bandera de la contrarrevolución y que, en una hipotética restauración en Cuba, su nombre trascendería, se equivoco. Los negros, los albañiles y los pobres, menos aun los desafortunados convictos, no contienen el material con que las élites reaccionarias y privilegiadas fabrican sus íconos.

En la historia de esta lucha, salvo contadas excepciones de personas, básicamente incautas, que asumieron riesgos y se dejaron manipular por “combatientes verticales” que vociferan en las calles de Miami, alardean en emisoras de radio por lo que perciben magníficos salarios y lanzan proclamas en libelos de amplia circulación donde se les paga, los mártires y los héroes los pusieron siempre los revolucionarios y los patriotas que nunca necesitaron de enormes campañas publicitarias para concitar el respeto del pueblo.

Orlando Zapata no fue condenado a muerte por los tribunales cubanos y consta que mientras trataba de ser disuadido por autoridades, incluso por su familia, su obstinada posición era estimulada por elementos que a la larga se han beneficiado con su inútil sacrificio.

Los responsables de su trágico desenlace tratan ahora de explotar la coyuntura, manipulan mujeres e irresponsablemente promueven confrontaciones y situaciones extremas, que pueden arrojar penosas consecuencias. Morir por una idea tiene sentido, hacerlo como instrumento de mezquinos intereses, no. Ojalá no ocurran nunca más.

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