lunes, 26 de abril de 2010

Cuba: La tierra, los campesinos y la revolución (II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En el 2007 el presidente Raúl Castro reveló que alrededor del 50 por ciento de las tierras cubanas estaban ociosas mientras el país importa y distribuye bajo subsidio el 80 por ciento de los alimentos. La mala noticia fue que tal esquema es insostenible. Tres años después, pese a la puesta en práctica de algunas ideas, los problemas no se han resuelto.

Tal vez ningún proceso político haya hecho más por sus campesinos que la Revolución Cubana, en ningún área rural del Tercer Mundo se ha realizado una obra social como la llevada a cabo en los campos de Cuba y probablemente nunca haya existido una empresa económica a la que durante más tiempo se hayan dedicado más esfuerzos, recursos y talentos con más pobres resultados que la agricultura cubana, que apenas produce el 20 por ciento de los alimentos que el país consume y realiza cosechas azucareras comparables por su volumen a las de cien años atrás.

No existen empresarios ni líderes que a lo largo de más tiempo y con más consagración se hayan dedicado al fomento de la agricultura como durante 50 años lo hizo Fidel Castro y nadie comprendió mejor que él la necesidad de producir alimentos, mediante la elevación del rendimiento de la tierra y la aplicación de la técnica y la ciencia.

Fundando escuelas y universidades, creando centros de investigación, formando miles de ingenieros agrónomos, veterinarios, inseminadores, fitosanitarios y técnicos agrícolas en todas las especialidades, dotándose de un enorme parque de maquinarias, construyendo obras de infraestructura, sistemas de terrazas, riego, drenaje, mejoramiento de los suelos, electrificación, importando sementales, semillas y variedades, utilizando masivamente piensos y herbicidas, Fidel logró todo eso y muchísimo más, sin poder hacer que la esfera agropecuaria, incluyendo la producción de azúcar fuera una actividad económicamente viable y capaz de auto sustentarse.

Al llegar a este punto, para evitar que se falseen los datos del análisis, es preciso advertir que se trata de imposibilidad para responder a nuevos desafíos y no de retrocesos respecto al pasado. Antes de la Revolución la agricultura cubana no producía ni siquiera el 20 por ciento de los alimentos que entonces el país consumía. De hecho, de aplicarse a los años cuarenta o cincuenta los criterios de distribución introducidos por la Revolución a partir de 1959 y que pueden ser resumidos en la idea de “comer parejo”, la existencia de alimentos en la Isla, tanto importados como vernáculos, apenas hubieran cubierto algunas semanas.

En 1957 la Asociación Católica Universitaria realizó una investigación en la población rural cubana, según la cual los pobladores del campo cubano, unas 600 000 personas se alimentaban básicamente de arroz y frijoles; entre ellos la desnutrición alcanzaba el 91 por ciento. Sólo el 11,22% tomaba alguna cantidad de leche, el 4% comía carne, el 3,36%, consumía pan; el 2,2%, huevos y menos del 1%, pescados. Apenas un 8 por ciento tenía acceso a la atención medica proporcionada por el Estado.

Aquella estratificación del consumo y la situación de los indicadores de salud, educación, vivienda, electrificación y acceso al agua potable entre otros, de alguna manera reflejaban la estructura de clases de la campiña antillana. De hecho tres o cuatro años después, en la década de los sesenta, aquellos porcentajes se dispararon, alcanzando casi todos el ciento por ciento, no sólo para los pobladores del campo, sino para el conjunto de la población cubana tuvo acceso a los alimentos básicos a precios asequibles.

Habría que ver qué gobierno pre revolucionario, incluso cuál de los gobiernos tercermundistas de hoy, con qué agricultura pudiera entregar una canasta básica, que aunque austera, cubre parte de la subsistencia de todos sus habitantes, incluyendo todavía un litro de leche diario a cada niño de hasta siete años y además, asumir los consumos sociales, satisfacer las dietas medicas y abastecer a la industria. Aplíquese esta lógica a todos los productos básicos y se obtendrán cifras inimaginables y gastos públicos realmente insostenibles.

No obstante, medio siglo de sostenido esfuerzo por desarrollar la agricultura en Cuba ha probado que no bastaba con expropiar casi el ciento por ciento de las tierras, repartir alrededor del 15 por ciento de ellas entre unos 200 000 campesinos, cesar la explotación y poner fin a la injusticia y el abandono, avanzar en la solución de los problemas sociales del campo y organizar en los latifundios confiscados granjas y empresas estatales capaces de generar empleos para la población rural, para que floreciera la agricultura socialista.

Parece ser que las deformaciones estructurales originadas cuando los colonizadores españoles introdujeron la plantación azucarera operada con esclavos y el latifundio, constituido por enormes extensiones de tierras en manos de un solo propietario, circunstancias conservadas por la oligarquía terrateniente y las empresas norteamericanas, constituyeron y hasta hoy son una maldición para el campo cubano.

La plantación esclavista primero y asalariada después y el latifundio impidieron el desarrollo de la clase campesina, introduciendo graves deformaciones en las relaciones de producción en el campo y dando lugar a una estructura clasista anómala, sostén de una especie de capitalismo rural subdesarrollado plagado de rezagos feudales.

Aquellas deformaciones estructurales, nunca resueltas y en ocasiones ni siquiera identificadas y comprendidas, se sumaron las derivadas de una vertiginosa estatización de la tierra y de la creación en ellas de otras mega plantaciones y empresas estatales que, aunque con otro formato jurídico, mantuvieron estructuras productivas que obstaculizaban el desarrollo autónomo del campo.

Más del 90 por ciento de los delegados, que en el próximo mes se reunirán en un congreso que pudiera ser significativo, no son aquellos campesinos pobres y excluidos a los que medio siglo atrás la Revolución entregó las tierras, sino sus herederos, mayoritariamente solventes técnicos y profesionales, que no conocieron el pasado del campo, han sido educados con mentalidad urbana y reaccionan más como empresarios en busca de posicionamientos en el mercado que como campesinos a los que si bien es correcto considerarlos parte de la solución, también son parte del problema.

En cualquier caso, la complejidad y ahora también la urgencia del problema agrario exige del gobierno y de las instituciones cubanas enfoques esclarecidos y pasos seguros, con el agravante de que ahora la Revolución no tiene el tiempo a su favor.

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