lunes, 26 de abril de 2010

La revolución no puede pactar su historia de lucha de clases con la historiografía oligarca

Martín Guédez (especial para ARGENPRESS.info)

Estos días de profunda emoción patria no han sido pocos los momentos en los cuales hemos perdido la Batalla de las Ideas. En una especie de insípido huevo sin sal, no pocos historiadores “nuestros” han permitido que la lucha de clases, verdadero motor de la historia, termine invisibilizada, de modo que pareciera que “todos eran buenos y luchaban por la Patria”, “la Patria encontrará la victoria cuando todos (depredadores y víctimas) nos pongamos de acuerdo”, o "Aquí cabemos todos" Poco ha faltado para reivindicar abiertamente la consigna de “reconciliación” de la Conferencia Episcopal y Fedecámaras. ¡Nada más y nada menos que la negación de las contradicciones insolubles en el marco de la explotación del hombre por el hombre!, ¡anda pa’la auyama!.

Las palabras poseen una carga de contenidos y conceptos tal, que igual sirven para expresar la realidad que para servir a la ficción. Cuando se lucha sin esa claridad y contundencia el enemigo –que no el adversario- obtiene ventaja, y cuando el enemigo saca ventaja la victoria está en peligro. La palabra tiene que servir para llevar conciencia al pueblo o terminará siendo una droga, un opio, algo pernicioso. La batalla de las ideas no puede darse esterilizando la fuerza de la palabra o llenándola de ficciones, banalidades o deformaciones.

El capitalismo ha desarrollado a lo largo del tiempo una portentosa habilidad para apoderarse de los signos y convertirlos en símbolos a su servicio. Así, la contundencia del “amaos los unos a los otros”, o “más difícil es que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos”, la convirtieron en la más formidable herramienta de dominación y atontamiento de los pueblos. Jesús y la fuerza de su palabra reducida a estampitas, imágenes o actos cultuales. El reto contundente del amor convertido en rito a ratos para el amansamiento.

Simón Bolívar, aceptado en los cuadros en cada salón de clases o estatuas de bronce mudas y distantes en las plazas. Incluso, el Che, enmudecido y convertido en cómodas y vistosas franelas, gorritas y afiches para mimetizar cómodamente el oportunismo en ellos. Tener el privilegio de disponer de una tribuna (radio, televisión, prensa) para llegarle a nuestro pueblo y no ser radical y abiertamente contundentes en las ideas es un crimen. Los revolucionarios deben enfrentar las contradicciones sin vacilaciones pequeño burguesas.

El análisis de lo que significan las palabras es cosa de lingüistas y académicos, hablamos de otra cosa, hablamos de la lucha política para obtener la victoria revolucionaria, hablamos del contenido político de las palabras. La palabra no puede confundir al pueblo sino servirle como instrumento de comprensión en la lucha de clases. La experiencia de nuestra propia historia es contundente. La moderación y el temor a las exigencias del pueblo esclavizado y excluido perdieron la Primera y Segunda Repúblicas. Bolívar comprendió que no bastaba luchar contra el imperio agresor, que había que luchar por cambiar las estructuras de esclavitud y resolver el problema que planteaba la tenencia de la tierra derivada de las encomiendas o los repartimientos. Tan pronto tomó estas decisiones, la oligarquía mantuana decretó su sentencia a muerte. Haber tolerado cierto grado de coexistencia con esta oligarquía lo condujo a Santa Marta. Santander y muchos otros debieron haber sido fusilados inmediatamente después de los acontecimientos del 25 de septiembre de 1828. Abundante correspondencia del Libertador demuestra que él estaba consciente de la traición que se cernía sobre la Revolución Independentista.

Hoy estamos ante una situación semejante: avanzamos en el establecimiento del socialismo y la destrucción –sin ambigüedades- de los modos de producción, distribución y consumo de bienes capitalista, o el capitalismo devorará una Revolución vacilante. No se puede construir el Socialismo sin erradicar el capitalismo. No se puede instalar en el pueblo la conciencia del deber social en tanto exista entre nosotros mismos tanto “dirigente” encantado y entregado a los modos de vida burgueses y los bloques condicionadores de la conciencia sigan respondiendo al veneno individualista del capitalismo. El Socialismo es la ciencia del ejemplo, nos decía el Che, y alertaba sobre el peligro de estos desfachatados (así los llamaba). El socialismo es amor, y amar en Revolución, es una incontenible pasión por la igualdad, la justicia y el servicio generoso y desinteresado a los proletarios y campesinos víctimas del capitalismo. No se derrota a la burguesía para sustituirla por otra, se le derrota para hacer desaparecer de la faz de la tierra su modo de vivir, su egoísmo, su ambición, su arrogancia y su culto al individualismo. La Revolución está obligada a vencer o morir. Todo brote –dentro de las propias filas- de veleidades burguesas debe ser erradicado con dureza. Aquí cabe la frase de Shakespeare: “Ser o no ser, he ahí el dilema”.

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