jueves, 29 de abril de 2010

Las relaciones entre Moscú y Kiev mejoran, ¿y con Minsk?

Nikolai Troitsky (RIA NOVOSTI)

Los parlamentos de Rusia y Ucrania ratificaron el pasado 27 de abril un documento de suma importancia.

Se trata del acuerdo que prorroga por 25 años la permanencia de la Flota rusa del Mar Negro en el puerto ucraniano de Sebastópol. Se trata de una señal inequívoca de un acercamiento entre los dos Estados. Al mismo tiempo, en las relaciones entre Moscú y Minsk se viene observando una tendencia bien distinta.

Las relaciones entre los tres países eslavos (Rusia, Bielorrusia y Ucrania) han tenido rachas cambiantes. Hasta hace poco, los vínculos entre Rusia y Ucrania estaban cargados de tensión y frialdad, que rayaba en abierta enemistad, mientras que la alianza con Bielorrusia parecía relativamente sólida. Se llegó incluso a constituir formalmente una unión que ya goza de una estructura institucional y organismos de poder.

Y, de repente, los papeles han cambiado: las relaciones con Ucrania van mejorando de día en día y el socio de la unión, esto es, más que un simple aliado, cada vez con mayor frecuencia hace declaraciones nada leales. El pasado febrero, en una entrevista a la agencia Reuters, el Presidente de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko, declaró, para sorpresa general, lo siguiente: "La política aplicada por Rusia se está asemejando más y más a la estadounidense; se notan ciertas ambiciones imperialistas".

En realidad, la expresión "ambiciones imperialistas" era muy socorrida en el discurso del antiguo Presidente de Ucrania, Víctor Yúschenko, a la hora de hablar sobre Rusia. Durante su gobierno, las relaciones ruso-ucranianas distaban de ser buenas. No obstante, tras la elección de Víctor Yanukóvich como Presidente, la relación se ha hecho más fluida. En Bielorrusia, sin embargo, no ha habido cambios en la cúpula del Estado desde hace mucho, exactamente, desde 1994. Y a lo largo de estos 16 años el Presidente Lukashenko no ha visto en las actuaciones de Moscú ninguna "ambición imperialista". ¿Qué habrá pasado? ¿Por qué nuestro fiel socio y aliado - en más de una ocasión se ha caracterizado así - ha decidido cambiar de discurso?

Un discurso que, por otra parte, destila cada vez mayor hostilidad. El pasado 25 de abril, el líder bielorruso dijo lo siguiente: "Al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Rusia parece habérsele olvidado que, en el territorio de Bielorrusia, hay dos bases militares operativas rusas, cerca de los poblados de Baranovichi y Vileika. Y le recordaría que, a diferencia de Sebastópol, Rusia nos paga por su arrendamiento cero rublos con cero kópeks". Si no se tratara de una cooperación de tanto tiempo, se podría llegar a la conclusión de que ese "recordatorio" parece un chantaje. Y más lo pareció, cuando Lukashenko siguió profundizando en el tema de la colaboración militar: "Al Oeste la Federación Rusa, no tiene otros aliados aparte de la Fuerzas Armadas bielorrusas".

Estas declaraciones fueron hechas tras la firma del recién ratificado acuerdo sobre la permanencia de Flota rusa del Mar Negro en Ucrania. En Sebastópol se mantendrá la base de la Marina rusa, lo que le supondrá al presupuesto de Rusia un gasto de varios miles de millones de euros. Cierto es que, en caso de que el acuerdo no se prorrogara y hubiera que retirar la flota, el acondicionamiento de la base naval en Novorossiisk acarrearía un gasto significativamente mayor. Pero este es un riesgo que hay que correr.

Puede que el presidente bielorruso se sienta menospreciado por no recibir nada por el emplazamiento de bases militares rusas en su territorio, ya que no es la primera vez que se le oye hablar de dinero. En febrero, por ejemplo, ya se descolgó con esta declaración: "Rusia tendrá que empezar a pagarnos en divisas lo que está acostumbrada a usar gratis". Además, el Presidente estima en 5.000 millones de dólares los daños ocasionados por la establecimiento de aranceles para las exportaciones a Bielorrusia de derivados de petróleo y de materias primas para la industria petroquímica. Se trata de una cuestión que está siendo motivo de estudio en el Tribunal Económico de la CEI. En cualquier caso no dejan de parecen extraños semejantes ajustes de cuentas o, con perdón, rencillas, entre dos miembros de una unión.

Es muy difícil que sea producto de la casualidad el que Bielorrusia haya enconado las diferencias precisamente en el momento de la sorprendente mejora de las relaciones ruso-ucranianas. Alexander Lukashenko es un político experimentado y astuto, que nunca ha dejado de sacarle partido a su posición de único aliado y amigo de Rusia frente a un entorno hostil, ni de ofrecer el territorio de su país como una provechosa y cómoda "ventana a Europa". Mientras Moscú y Kiev estaban sumergidos en sus interminables "guerras del gas", Minsk se sentía a salvo y podía regatearle al Kremlin diferentes ventajas y subvenciones.

En la actualidad, los problemas con el gas entre Rusia y Ucrania están solucionados. Con el presidente Yanukóvich se ha firmado un acuerdo no sólo sobre la Flota, sino también sobre el gas, habiendo accedido Moscú a hacer una significativa rebaja del 30%. De esta forma, Lukashenko pierde el trato de favor único del que disfrutaba. Es más que probable que ésta sea la razón que se oculta en su embestida contra Rusia que tiene un pretexto más que inesperado, el de Kirguizistán.

El primer mandatario de Bielorrusia parece haberse erigido en el más fervoroso valedor de los intereses de la CEI. Ya declaraba en febrero: "Rusia nos ningunea, a todas las antiguas repúblicas soviéticas; piensa que, total, allí seguiremos, "pegados" a su falda". En abril decidió conceder en Minsk asilo al derrocado presidente kirguiz Kurmanbek Bakíev, y aprovechó para criticar a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) por no intervenir en el golpe de Estado perpetrado en Kirguizistán: "Si la OTSC sigue actuando de semejante manera, su actividad carece de perspectivas".

No se entiende muy bien por qué debería dicha organización haber intervenido en los asuntos internos de Kirguizistán; al fin y al cabo, no es la primera vez que se derroca allí a un presidente. Cuando, hace cinco años, Askar Akaev se vio obligado a abandonar el país, Alexander Lukashenko no sintió la más mínima preocupación por su destino ni por la situación en aquella república del Asia Central, recién advenida a la soberanía. Ahora, curiosamente, sí que se muestra inquieto y le importa el destino de su exiliado de alto rango, al que, además de concederle asilo, Lukashenko ha declarado que lo sigue considerando como presidente legítimo. En este movimiento se ha quedado sólo, pues los demás miembros de la CEI han optado por establecer relaciones con el gobierno provisional.

Dicha postura dista mucho de servir para reforzar la CEI y amenaza con minar desde dentro su débil estructura. Puede ser que, en la figura de Bakíev, Lukashenko haya visto su posible futuro y se haya dado cuenta de que, llegado el caso, la OTSC no hará nada para ayudarle. Además, no se puede descartar que su objetivo sea usar a Bakíev como una carta, aunque no demasiado fuerte, en su partida contra Moscú.

En cualquier caso, después del acercamiento entre Moscú y Kiev, la situación del Presidente bielorruso ha empeorado. Todo ello confirma la consabida verdad de que, en política, no hay amigos, sino intereses, lo cual muy bien se puede aplicar al trío eslavo.

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