lunes, 19 de abril de 2010

Perú: Genaro Carnero Checa

Gustavo Espinoza

A la memoria de Maruja Roqué de Carnero Checa
Al recuerdo de sus hijos: Germán, Genaro y Nury,
a quienes conocí hace más de cincuenta años.

Hablar de Genaro Carnero Checa -el político-, es hablar del Perú hace 80 años, es decir de 1930, año crucial, cuando cayó como un rayo fulminante sobre la economía nacional el duro embate de la gran crisis de 1929.

1930 fue también el año de la muerte de Mariátegui, del derrocamiento de Leguía y de la quiebra de la República Aristocrática, del ascenso de Sánchez Cerro y su férula fascista, de la insurgencia del Tercer Militarismo; pero fue el año, además, de grandes convulsiones sociales y políticas maceradas en la sangre obrera de Malpaso y en las acciones de la naciente CGTP en la lucha contra el costo de vida y la conquista de los derechos fundamentales de los trabajadores. .

Evocando ese periodo, Daniel Masterson diría después: “la inestabilidad política fue el lugar común de estos días de desolación mientras se derrumbaban los gobiernos en todo el continente”. Y fue verdad. La crujiente conmoción de la estructura de dominación capitalista pareció alumbrar un viento nuevo en más de un país de la región, considerada entonces como el patio trasero de la granja estadounidense.

Ese año, complejo y difícil, marcó la incorporación de Genaro al escenario nacional. Tenía 20 años. Había llegado de Piura para estudiar en la Escuela Nacional de Ingeniería, pero fue devorado prontamente por el convulso palpitar de una crisis que catapultó a una generación, la abrió al mundo político, y la hizo asumir con asombrosa rapidez, responsabilidades mayores.

Por lo pronto, Genaro, como muchos otros, dejó la carrera a medio hacer y dedicó todo su esfuerzo a cumplir con el llamado de su tiempo, con la imperativa demanda de la historia, que lo ubicó muy poco tiempo después en la Comisión Ilegal del PC, con Isaías Contreras, el camarada “Mantaro”, Isidoro Gamarra y mi padre. Ellos compartían un edredón raído y dormían en el suelo en una vetusta habitación que colindaba -curiosamente- con las aristocráticas instalaciones del Club Nacional. Hubiese bastado hacer un forado en una humedecida pared, para que los opresores y los oprimidos de la época se hubiesen encontrado cara a cara. Pero ese, era apenas el comienzo de una historia.

Fue Erasmo de Rotterdam el que dijo que cuando aspiraba el olor de una rosa, evocaba los recuerdos de la infancia. Para nosotros no es indispensable la rosa, porque el recuerdo está demasiado vivo, y muy cercano, lacerante. Basta una palabra, entonces para que se junten hechos, y reaparezca, como en la intimidad de una canción, la melodía que entonaban los clandestinos dirigentes del PC de entonces antes de cerrar los ojos cada noche: “arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan….”

Para entender mejor los problemas de vida, Basadre nos recomienda penetrar en la historia de las mentalidades. Ella - nos dice- “investiga sistemas de valores, comportamientos, actitudes, creencias y prácticas colectivas”. Es eso lo que nos permite establecer un enlace fluido entre el individuo y el colectivo, como un modo de resaltar el papel de la personalidad y su relación con las masas en el devenir de la historia. Si así lo hacemos, comprenderemos mejor la vida y la obra de los luchadores de antaño, que vivieron y soñaron como legítimos revolucionarios porque fueron conscientes que su tarea no era entender el mundo, sino transformarlo.

Y bien puede decirse que ese fue el empeño cardinal en la vida de Genaro durante cincuenta años. Combatió exactamente desde 1930 hasta 1980, cuando en al tierra de Emiliano Zapata y el cura Hidalgo, dejó de latir su corazón, apremiado como estaba por la impotencia y la desazón luego de tantas frustraciones. Ese fue el Genaro –Piurano, Peruano y Periodista- que dirigió en su momento “Hoz y Martillo”, que lideró el Movimiento Estudiantil Pro Reforma Universitaria, que integró el Grupo Rojo Vanguardia; que le propinó, una severa bofetada -años más tarde- a Eudocio Ravines, en las pantalla de su televisor.

En Arequipa se dice que el nevado más alto que protege y, dialécticamente, amenaza a la ciudad, -el Chachani- tiene cuatro picos: El Principal, ubicado a 6,057 metros sobre el nivel del mar, los Angeles, el Monte Trigo y la Horqueta. Todos ellos, por encima de los cinco mil metros de altura constituyen una formidable expresión de la recia fortaleza de los andes peruanos.

Lejos del cálido desierto piurano, nosotros bien podríamos decir que el itinerario político de Genaro, es como el Chachani. Tiene, en efecto, cuatro picos muy definidos, todos los cuales alcanzan, por su magnitud, a tocar los límites más altos.

Nos referiremos, en primer lugar, a la revista que editara con el nombre de 1947, y que siguiera publicándose, aunque con intermitencias, hasta 1959, “con las noticias que hacen la historia”.

Nunca, ni antes ni después, hubo en el país una publicación como esa. A diferencia de Amauta -que fue una revista de ideas y de cultura- la que nos entregó Genaro fue eminentemente política e informativa, cuando asomaba en el mundo la célebre frase de Fulton, pronunciada por Winston Churchill y en la que se aludía al Telón de Acero. En la circunstancia, era una manera práctica de acercar a los pueblos por encima de diferencias subalternas y unirlos en la lucha por la paz y la justicia, como fue el propósito de esa publicación.

La segunda, fueron sus libros. Hoy se entrega la tercera edición de “La Acción Escrita”, pero la obra de Genaro fue aún más vasta: “Arroz y acero”, El Aguila Rampante”, “Lenin periodista”, “Corazón Bandera”, fueron solo algunas de las publicaciones que debieran ser recogidas y editadas en un solo volumen. Contienen no sólo un mismo mensaje, sino también una acerada voluntad.

La tercera, fue su actividad en el mundo periodístico. No la formal, la que lo llevó a crear y fundar organizaciones representativas de su gremio tanto en el plano nacional como en el internacional; sino el mensaje que entregó a través de la prensa ejerciendo la misma función que Mariátegui y consciente que el quehacer periodístico era una herramienta esencial en la formación de la conciencia revolucionaria de hombres y de pueblos.

La cuarta cumbre que debemos evocar fue la formación del Frente de Liberación Nacional, tarea que se impuso con firmeza, y no sin dificultades de uno u otro género, a partir de 1960 al lado del general César Pando. En ese esfuerzo contó, sin duda, con el apoyo del Partido Comunista, pero también con la participación activa de personalidades destacadas que bien vale resaltar: Angel Castro Lavarello y Teodoro Aspilcueta, hombres que honran la historia de cualquier movimiento.

Cuatro cumbres, entonces que perfilan el accionar de Genaro y lo convierten en el símbolo de una lucha que no cesa, y que se nutre de manera cotidiana con el ejemplo y las batallas que libramos los peruanos -día a día- en distintos confines de la patria.

Anibal Ponce, en su trabajo referido a los Deberes de la Inteligencia, nos decía: “La inteligencia de hoy –justo es decirlo- no siente como antes la brutal tutela de quien manda. Pero no ha perdido del todo su vieja servidumbre: Muchas ligaduras le quedan todavía por romper, y mientras el intelectual aguarde una dádiva, aspire a un favor, cuide una prebenda, seguirá revelando todavía en la marcha insegura y en la voz cortesana el rastro profundo de la antigua humillación. La sociedad tiene hoy otras maneras, menos duras, pero no menos eficaces, de constreñirlo a su servicio, y bien lo saben por cierto los que tuvieron el coraje de decir la verdad, si antes haber asegurado el pan de toda su vida”.

Entre los hombres de la inteligencia que tuvieron el coraje de decir su verdad y enfrentar los avatares del odio más primitivo y la represión más desenfrenada, estuvo sin duda Genaro, encarcelado en más de veinte ocasiones, deportado en cuatro, y perseguido más allá de las fronteras nacionales.

Su vida compleja y difícil no podría entenderse sino se supiera que, precisamente por su neta vocación revolucionaria, fue también un internacionalista a carta cabal. Pudo tener -y de hecho las tuvo- diferencias y distancias con el Partido Comunista, pero nunca con la Unión Soviética, con Cuba Socialista, con los países de Europa del Este, con el movimiento revolucionario mundial, con la lucha por la paz, el progreso, el desarrollo, la liberación humana y la justicia. Irreductible siempre en la lucha por la bandera del socialismo. Y es que, como José Martí, pudo darse cuenta siempre que su sitio no estaba en la comodidad, sino en el cumplimiento del deber.

Comentando “La Acción escrita” debemos recordar que, en esencia, fue la biografía del Amauta. La tercera, después de las de María Wiesse y Armando Bazán. Y fue escrita en un momento en el que el nombre de Mariátegui –y el contenido de su obra- estaban virtualmente sepultados por la pesada lápida de un anticomunismo visceral que concebía la lucha de clases y el combate social como sinónimos de la anarquía y el caos.

Fue precisamente a partir de la edición de “La Acción Escrita. José Carlos Mariátegui periodista”, la publicación de los 20 tomos de las obras del Amauta, y luego del proceso de Velasco Alvarado; que se abrieron las ventanas por las que ingresó la luz al carcomido y cimbreante edificio nacional. A partir de 1968 los cazadores de brujas tuvieron que replegarse y atenuar sus desatinadas proyecciones, aunque hoy retornan premunidos de escobas nuevas y gritos levantiscos.

La cronología que inserta Genaro en el inicio del libro es, sin duda, la más completa que pudo construirse hasta ese entonces. En sólo 10 páginas, nos perfila la vida del Amauta en datos precisos y expresiones contundentes. Y sabemos, así, desde entonces que “su luz no se extingue, y está presente en las filas del periodismo peruano”

Se dice que para tener una idea del carácter de las personas y de su valía intelectual y social, hay que preguntarse quiénes fueron sus amigos, quiénes -más allá de las estrechas fronteras de nuestro país, donde la envidia y la mezquindad también hacen su juego- abrieron los brazos con afecto para saludar a este hombre: Nos encontraremos así con figuras emblemáticas del proceso mundial: Romehs Chandra, el histórico Presidente del Consejo Mundial de la Paz; los poetas Nicolás Guillén y Pablo Neruda, el líder chino Chou En Lai, el legendario Ho Chi Minh; Lázaro Cárdenas, Luis Carlos Prestes, Salvador Allende Gonssens, Fidel Castro. Es decir, un caleidoscopio de los grandes hombres de nuestro tiempo.

Cuentan los antiguos el mito de Sísifo. Este -hijo de Eolo- acusóa Zeus, el Padre de los Dioses, de haber robado a Egina para tomarla por esposa. Y, en castigo, fue condenado por él a empujar una roca hasta lo más alto de una montaña- Apenas llegada a la cumbre, la roca -vencida por su propio peso- caía hasta retornar a su punto de partida. Y entonces, Sísifo debía comenzar otra vez con su tarea.

Si Genaro hubiese vivido 10 años más y hubiese visto desmembrarse a la Unión Soviética y caer lo que algunos llaman hoy “la utopia socialista”, habría simplemente levantado los hombros, y mirando al horizonte nos habría dicho: “hay que comenzar otra vez.” Y es que ésa, es en efecto, la tarea. El Sísifo de nuestro tiempo deberá vencer al fatuo Zeus del neo liberalismo. El mito, como dice Cesar Miró no representa otra cosa que la fatalidad, y un aspecto sumamente cruel del destino del hombre. Pero es también un reto para todos. Muchas gracias.

* Palabras en homenaje al centenario de GCCH. Municipalidad de Miraflores. Lima. Miércoles 14 de abril del 2010.

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