jueves, 27 de mayo de 2010

¡Basta de lenguaje capitalista!

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Cualquiera que me siga un poco verá que nunca me enredo en análisis pormenorizados de las medidas económicas adoptadas o abrazadas por los dirigentes del mercado; que no hablo de mercados financieros analizando lo dicho y lo advertido por el presidente del Banco Europeo, por los ministros de aquí o de allá en relación al mismo tema, etc. Y es que estamos o no estamos… La Economía capitalista es un embrollo deliberado y punto. Un embrollo que está en línea con todos los tejemanejes corporativistas y con las técnicas del dominio que se revisten con el manto de la solemnidad y de la imposible coherencia. Es algo así como lo que dice Manzoni a propósito de los leguleyos: “es de absoluta necesidad decir al abogado toda la verdad, no ocultarle las cosas, para que él las enrede y embrolle sin pérdida de tiempo”.

Por eso me resulta un tanto extraño e ingenuo que en estas páginas, al igual que en los medios oficialistas, se intenten sacar los colores a las determinaciones que vienen de Europa o que toman los gobiernos, dedicando los escritos, los comentarios y los artículos a detectar las contradicciones, las imperfecciones o los aspectos ultranegativos que tienen las “medidas” anunciadas aparatosamente en materia económica o social. Lo mismo que es una ingenuidad o una estupidez dedicarse a buscarle las vueltas a los “mercados financieros” o a los recortes sociales con el lenguaje propio del capitalismo. Si usted se fija un poco, lo que mantiene en buena medida al sistema es ese afán de todos los inteligentes antisistema por refutar los argumentos de los “sistema” a favor del “sistema”. Nosotros, los marxistas, una vez que Marx puso patas arriba las mentiras y las tretas del capitalismo, una vez que las desenmascaró, no debiéramos seguir la senda de la dialéctica capitalista. Ni siquiera, ya, la marxista. Dejémosla estar y agreguémosla a nuestro espíritu convencido. Esa tarea didáctica no sirve si no para retroalimentar nuestra indignación, nuestra amargura, nuestra impotencia. Es como impugnar la religión con la Biblia en la mano. Rechazamos de plano la premisa mayor: la antiglobalización y el veneno capitalista. Dejénnos de contarnos cada dos por tres cómo van a intoxicarnos mejor... No les vamos a dar el gusto de refutarles con las intrincadas herramientas que conducen, todas, a la desigualdad absoluta.

Ni siquiera debemos emplearla para intentar sacarles las vergüenzas a los que de un modo u otro las marcan o las siguen más o menos a regañadientes. Nosotros hemos de emplear otro lenguaje, el lenguaje abiertamente despectivo contra los ardides permanentes que se sacan de la manga los magos capitalistas. Sean políticos, banqueros, empresarios, líderes sindicales, todos juegan al mismo juego aunque en privado critiquen el juego. Pero juegan, jugamos, con las cartas marcadas por nuestros enemigos, pero jugamos.

Yo creo que lo que habría que hacer es desdeñar a los capitalistas y sus triquiñuelas. Si aceptamos una parte de su discurso, una parte de sus propósitos, y no los ridiculizamos; si los tomamos en serio y los rebatimos con sus mismas palabras, con su mismo lenguaje, con el metalenguaje que se aplica a toda disciplina de la “especialidad”, se sigue rindiendo honor al sistema y al capitalismo por mucho que el análisis que hagamos sea impecable: nadie lo va a tener en cuenta. Al menos no lo van a tener en cuenta los que “debieran”, los que manejan el engranaje político y económico. De modo que todo quedará en una especie de logomaquia, una manera de someternos, una manera de reconocernos vasallos del sistema, unos buenos chicos que le dan al magín para poner al descubierto las miserias del capitalismo sobre las que el capitalismo medra, pero que al capitalismo le trae sin cuidado y aun le interesa para que todos nos refolicemos de la libertad de expresión que –dicen- atempera las desigualdades. En cuanto empleemos su mismo lenguaje para contradecirles, estamos perdidos. Tienen respuesta para todo…

Unas veces se analizan los “mercados financieros”, otras la “economía sostenible”, otras los recortes sociales, la suspensión de los créditos, etc. etc. ¿Creéis que respondiendo con inteligencia y habilidad a esas cuestiones se van a resentir los chamanes del capitalismo, cuando estos saben muy bien que la macroeconomía y la economía política son una filfa sobre las que descansan siglos de bandidaje consentido y atizado?

No. Yo propongo dejarnos de entrar en el juego de los fulleros, de los marrulleros, de los trileros, de los tramposos que inundan la sociedad capitalista, que la manejan, que la trastean… y que nos tienen todo el santo día pendientes de ellos. Hay que encontrar, mejor dicho, reencontrar, el lenguaje revolucionario adecuado al siglo XXI, desmarcarnos de su palabrería y amenazarles con acciones y reacciones mucho más peligrosas que todas estas pataletas panfletarias que nos gastamos en los foros de Internet.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.