Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)
Fidel Castro, que a lo largo de cuarenta años administró el conflicto entre la Revolución y la Iglesia católica, con moderación necesaria como para impedir que se creara un punto de no retorno y que en los años setenta y ochenta aprovechó las oportunidades creadas durante sus viajes a Chile (1971) y Jamaica(1977) para tomar contacto con segmentos de la jerarquía eclesiástica y que con el libro Fidel y la Religión (1985) del dominico brasileño Fray Betto contribuyó a crear un clima que ha desembocado en el encuentro entre el actual presidente y el purpurado cubano.
Por otra parte las reformas políticas adoptadas en la Constitución de la República en los años noventa que reintrodujeron la condición laica del Estado y abrieron anchos causes a la tolerancia, suprimiendo cualquier discriminación por motivos religiosos y el hecho de que el Partido Comunista, organización dirigente de la sociedad y del Estado, admitiera en sus filas a las personas con creencias religiosas, fueron pasos de enorme trascendencia. A ello se sumó el enorme significado de la visita del Papa Juan Pablo II a la isla en 1998.
Como suele ocurrir cuando se actúa con sentido de la responsabilidad histórica y buena fe, la Iglesia y el Estado cubano que estuvieron demasiado tiempo en ruta de colisión, encontraron en la crisis iniciada en los años noventa el terreno común y las motivaciones que dieron lugar a la aproximación de posiciones que ha culminado en un hecho de significación histórica: el encuentro del presidente Raúl Castro con el cardenal Jaime Ortega.
Que recuerde, descontando compromisos protocolares que han cumplido como acompañante de algún enviado o invitado del Vaticano, nunca antes en el período revolucionario, un presidente cubano había recibido en su despacho al Cardenal ni a ningún otro alto dignatario de la Iglesia Católica para dialogar sobre: “Temas de interés común, en particular sobre el favorable desarrollo de las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado Cubano, así como de la actual situación nacional e internacional…”
Debido a la habitual parquedad de la prensa cubana, a la discreción que caracteriza al cardenal Ortega y al perfil conservador de la Iglesia, puede transcurrir algún tiempo antes de que sepamos exactamente de qué hablaron el presidente cubano y el dignatario eclesiástico en la tarde del 19 de mayo. En lo que a mí respecta, por esta vez, el contenido carece de significado. Como es habitual en Cuba, ante un suceso celebrado y auspicioso, se asume que: “Lo importante es el gesto.”
No obstante, como para evitar especulaciones, por su cuenta el prelado llamó a conferencia de prensa y sin faltar a la discreción que estas aproximaciones demandan, esclareció los contenidos y dio fe del clima reinante en el encuentro del que no estuvieron ausentes los complejos temas asociados a personas detenidas y manifestaciones antigubernamentales que en las últimas semanas han servido de excusa y soporte para una feroz campaña mediática contra Cuba.
Por primera vez, en un asunto de alta sensibilidad política, la Iglesia y la Revolución encuentran un terreno y un lenguaje común y trabajan juntas para buscar una solución. El hecho debiera bastar para desactivar los excesos propagandísticos y retóricos que, de ahora en lo adelante sólo pueden estorbar y para inhibir totalmente a elementos foráneos cuya beligerancia ha sido relevada por la aparición de un camino completamente autóctono.
Habrá tiempo y ojalá se aporten nuevas razones para celebrar la madurez y la coherencia de la iglesia y el Estado que, en un período caracterizado por las enormes tensiones derivadas de las repercusiones que en la isla tuvieron el fin del socialismo real, la desaparición de la Unión Soviética y el recrudecimiento del bloqueo norteamericano, a lo que se suma la actual crisis mundial, ambas fuerzas sociales depongan objeciones menores para dialogar y buscar soluciones.
Tal vez, la trascendencia del evento que acaban de protagonizar el líder revolucionario y el jerarca católico, sirva para que otras fuerzas, sobre todo la actual administración norteamericana, verbalmente comprometida con un cambio de actitud incluso, según las palabras del presidente Barack Obama, con “…Un nuevo comienzo…”, así como los cubanos radicados en Norteamérica, realicen una lectura desprejuiciada, objetiva y profunda de la realidad cubana y sintonicen sus posiciones para una etapa que puede estar caracterizada por el diálogo y los entendimientos.
La iglesia Católica y el Estado cubano, acaban de poner en evidencia que, entre fuerzas sociales responsables y realmente comprometidas con los intereses mayores del pueblo y la Nación, no hacen falta alianzas formales ni reclamos a priori de gestos u acciones, sino hechos, buena fe y pasos al encuentro para arribar a espacios y definir objetivos comunes en los cuales la cooperación es posible.
Por lo pronto habría que reconocer la fineza de los interlocutores que sin alardes, retorica ni aspiraciones de protagonismo sin reclamos menores y sin intenciones de prevalecer uno sobre el otro, avanzaron no por la periferia de la realidad, sino que se adentraron en los grandes temas nacionales, sin excluir los más incómodos, complejos y difíciles.
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