jueves, 27 de mayo de 2010

Cheonan: Dar un chance a la paz

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Además de para exponer a los pueblos de la península coreana a los enormes peligros de una guerra fratricida que pudiera ser la más cruenta y devastadora que ha conocido la humanidad, el hundimiento de la corbeta Cheonan el pasado 26 de marzo, sirve para recordarnos la fragilidad de una precaria paz que, en esa y otras regiones, es rehén de la Guerra Fría.

Como resultado de la II Guerra Mundial quedaron divididos tres países: Alemania, Vietnam y Corea. Dos de ellos Alemania y Vietnam, por sus propios caminos se reunificaron, recuperaron su identidad nacional y son comunidades que viven en razonable armonía. No ocurre así con Corea donde en los años cincuenta, la geopolítica enfrentó a hermanos con hermanos y amenaza ahora con un conflicto de mayores proporciones.

Entre 1950 y 1953 se libro la Guerra de Corea, el primer conflicto armado de la Guerra Fría y el único que, por persona interpuesta involucró a Estados Unidos, la Unión Soviética y la República Popular China. Versiones aparte, lo cierto es que una vez iniciadas las acciones, las tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38, literalmente arrollaron a los efectivos sudcoreanos y en dos jornadas, se situaron en las inmediaciones de Seúl, situada a menos de 100 kilómetros de la línea de demarcación formada por el paralelo 38°.

Ante el colapso de las tropas sudcoreanas, el presidente Truman ordenó a las fuerzas norteamericanas apoyar a Corea del Sur y apeló al Consejo de Seguridad de la ONU que, con la ausencia del delegado soviético que podía vetar el acuerdo y la abstención de Yugoslavia, condenó a Corea del Norte y aprobó la formación de una fuerza multinacional, que en realidad fueron tropas norteamericanas al mando del general Douglas MacArthur. En la guerra participaron además “voluntarios” chinos en número que puede haber llegado hasta un millón de efectivos y pilotos soviéticos que estrenaron allí al legendario MIG 15.

Al margen del heroísmo de los combatientes de todos los bandos, nunca se ha librado una guerra tan costosa y absurda. En tres años, en los cruentos combates y las ciudades arrasadas perecieron alrededor de tres millones de personas para, al final llegar a una especie de “empate técnico”, que condujo a un armisticio y al restablecimiento del paralelo 38° como frontera, recreando una situación exactamente igual a la de tres años atrás. Ninguno de los adversarios pudo proclamar una victoria y como suele ocurrir en este tipo de conflicto: sembraron vientos.

Atrapados por los esquemas de la Guerra Fría, los dos estados coreanos, alineado uno a Estados Unidos, Japón y todo occidente y el otro próximo a la Unión Soviética, China y los países del socialismo real; las dos coreas soportaron los sacrificios de la reconstrucción de la industria, la infraestructura, la agricultura y toda la economía devastadas por la II Guerra Mundial, la ocupación japonesa y luego por la Guerra de Corea; a la vez que dedicaban enormes recursos materiales, financieros y humanos a la defensa, incluyendo una carrera armamentista que aunque perjudicó a ambos, resultó insostenible para la República Popular Democrática de Corea.

Con un enorme respaldo económico y militar de Estados Unidos y las potencias occidentales, que concedieron préstamos y créditos blandos, ventajas comerciales y transfirieron tecnologías avanzadas en condiciones privilegiadas a Seúl, aunque con enormes costos sociales, Corea del Sur registró un impresionante desarrollo industrial que se reflejó en los avances de su economía y en el bienestar de su pueblo.

Concluida la guerra, con sensatez y visión abarcadora, el líder histórico de La República Democrática Popular de Corea Kim Il. Sung, que había adquirido enorme prestigio y relevancia internacional por haber conducido la lucha anti japonesa, hizo de la reunificación pacífica del país, una filosofía y una agenda política integral a cuya consecución durante largos años se consagró casi por entero.

También en Corea del Sur, importantes líderes y personalidades, organizaciones juveniles y la sociedad civil, así como algunos políticos moderados, acogieron la prédica de la reunificación que trabajosamente ha conducido a avances expresados en esquemas de colaboración e intercambios familiares culturales e incluso económicos y en la creación de un clima de confianza.

Aunque debido a los antecedentes de la Guerra y la difícil convivencia de un pueblo y una nación dividida en dos estados con sistemas sociales diferentes, los avances logrados sobrevivieron a las tensiones generadas por las pruebas nucleares efectuadas por Corea del Norte. A pesar de incidentes de todo tipo, la agenda de la reunificación significaba una contención para los enemigos del socialismo y los halcones que, en lugar de un proceso pacífico, apostaban a la solución mediante la guerra y la violencia.

Las circunstancias creadas por la crisis del socialismo y la desaparición de la Unión Soviética, el perfil adoptado por Rusia y la proyección internacional de la República Popular China, crearon una situación sumamente crítica para Corea, agravada con la muerte de Kim Il. Sung en 1994.

Los costos de la determinación de resistir, sin apenas apoyo económico ni político, los enormes gastos que implica sostener una capacidad militar disuasiva que incluye a más de un millón de hombres sobre las armas y el desarrollo de la cohetería y de las armas nucleares, han requerido sacrificios que han llevado al pueblo coreano a situaciones de penuria extremas.

Sobre ese fondo tiene lugar el incidente de la corbeta Cheonan, que da lugar a una peligrosa escalada y abre una etapa de tensiones que implicará nuevos y mayores sacrificios para el pueblo de las dos coreas necesitado de paz para, según sus prioridades y disposición respectiva, resolver sus problemas internos y avanzar en consecución de la meta histórica de los hombres y mujeres honrados a ambos lados del paralelo 38: la reunificación pacífica del país.

Lamentar la muerte inútil de 46 marinos sudcoreanos, sacar presión a la caldera, no echar leña al fuego de ese conflicto y procurar un clima de avenencia que permita retomar el camino de las negociaciones, es el mejor servicio que puede prestarse hoy a dos comunidades humanas que forman una sola Nación y un pueblo que nunca debió dividirse.

Tiempo y modos razonables habrá para determinar quien tuvo la razón y quien obró irresponsablemente en torno al incidente del Cheonan y quien mostró la entereza necesaria para no ceder a las provocaciones. Ninguna filosofía hay más sabia que aquella que alienta la idea de que: “El único modo de ganar una guerra es evitándola”.

Foto: Coreas - Línea de demarcación intercoreana desde el lado de Corea del Sur. / Autor: Johannes Barre - WIKIPEDIA

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