martes, 11 de mayo de 2010

Chile pos catástrofe: Las crisis que se aproximan

Juan Francisco Coloane (especial para ARGENPRESS.info)

Si existen dos estructuras que se han visto desmembradas y desmejoradas en su accionar después del terremoto han sido el Estado y los partidos políticos, lo que nos conduce a pensar en los temas del gobierno representativo y el Estado moderno.

Por más que se genere una impresión de que en la política y en el Estado, “aquí no ha pasado nada o muy poco”, el doble efecto de un terremoto y un cambio de filosofía política con un intervalo tan breve, ejerce de por sí una gravitación política inmensa, cuya dimensión más exacta no es posible aquilatarla de inmediato con profundidad.

Esa impresión es transmitida por los partidos políticos y la coalición que asumió el gobierno para salvaguardar la preciada gobernabilidad, y más aún para enfrentar los efectos del terremoto. Hay indicios de un debate fragmentado e incompleto, en los libros de análisis de la derrota de la Concertación (Eugenio Tironi) y el triunfo de la alianza de derecha (Andrés Allamand), que lo confirman.

Elaborados con una imagen de Chile pre terremoto, estos análisis claramente exhiben problemas en las conclusiones y la proyección política, por la simple razón del impacto del terremoto en dos estructuras esenciales que le dan vida al país político: el Estado y los partidos políticos.

Crisis es un término controvertido, especialmente en dos áreas tan centrales al poder y la gobernabilidad de una nación como son el Estado y el sistema de representatividad. Extrañamente, crisis es más “digerible” para la economía, siendo que en las últimas décadas o quizás siempre, la determinante económica ha costado la vida de gobiernos y regímenes.

Aún así, crisis de Estado y crisis política exuda caos en la gobernabilidad y suena a desintegración de naciones. No es el caso en muchas situaciones, sin embargo hay una marcada renuencia (en la cúspide del poder) a no aceptar que los estados y sus sistemas políticos entraron en un latido de crisis intermitente aunque permanente, desde los ajustes fiscales a que se someten las naciones cuando crecen económicamente sin sustentación y no cumplen obligaciones económicas internas e internacionales. Grecia es el caso más actual y descarnado, y estamos hablando en el contexto de una preciada integración como es la comunidad europea.
En Chile desde el terremoto del 27 de febrero, los acuerdos políticos han sido mínimos y superfluos –el más importante, el alza de impuestos, es un debate antiguo- y el Estado se ha visto rudimentario frente a la magnitud de la emergencia.

Como que el “antes y un después del terremoto”, se adapta de acuerdo a la conveniencia para justificar un determinado objetivo. Es decir, la radiografía del país que produjo el terremoto opera apenas como un comodín político, y por la urgencia de la tragedia humana, se evita discurrir en los asuntos más profundos que están pendientes desde hace muchas décadas.

Aquí se observa una complicidad generalizada, porque de lo que se trata en definitiva para los que han estado en el poder, es mantenerlo a toda costa.
La pronta diligencia parlamentaria para investigar el manejo gubernamental del corto período clave pos terremoto, confirma que estamos en presencia de un país con un aparato político proclive a los diagnósticos y los análisis y renuente a pronunciarse con profundidad en políticas públicas que languidecen en la espesura política, y que podrían haber contribuido a prevenir efectos importantes de la catástrofe. En una entrevista radial del día lunes 10, el ex director de la oficina de emergencia del gobierno, Alberto Maturana, enfatizaba este punto.
No siempre un buen análisis es una condición suficiente para una eficiente o correcta política pública. El análisis puede ser más “puro”, y no depende de compromisos. En cambio la política pública se hace y se prueba en el campo árido de las transacciones.

En todo este panorama, el terremoto ha revelado situaciones críticas tanto en el aparato del Estado como en el componente más vital del aparato político como son los partidos.
Es así que la grandilocuente frase “reconstrucción nacional”, se ha visto aquietada por cuestiones más básicas de supervivencia y de enfrentar el frío de todo tipo. En lo esencial se observa un Estado mermado y pobre en ideas. Digámoslo claro también. Los partidos políticos sin excepción, se han visto desprogramados e inconsistentes, sea por un exceso de cautela, sea por una efectiva carencia de programas.

Así como el terremoto golpeó las bases del modelo de desarrollo chileno, igualmente golpeó la batería de propuestas y convicciones de los partidos políticos. Al centro del fenómeno anotado, reside el problema del poder y la democracia, y del gobierno representativo y el Estado moderno

El Estado en los orígenes de su modernidad, surge como constitucional y liberal antes que democrático, operando bajo los dos principios de la tradición republicana: la primacía de la ley, la fragmentación y el reparto del poder.

Bajo esa aspiración de representatividad, se demuestra una realidad incuestionable: el mundo se divide entre los que gobiernan (a cualquier nivel de representación) y los gobernados. Curiosamente, los gobernados, que en el momento crucial del sufragio constituyen el porcentaje más alto de la población, son los que pueden incidir en la forma y los contenidos de ese gobierno.

El funcionalismo político de los sistemas de representatividad sobrevive sin modificaciones sustanciales porque significaría desarmar el sistema y no hay cabida para un sistema sin partidos políticos. Bajo este sistema corporativo de poder, el factor de representatividad comprende una cuota insignificante en las decisiones de Gobierno que afectan a los representados. C Schmitt, afirma que “una de las manifestaciones más importantes de la vida legal y espiritual de la humanidad, es el hecho de que, quién detenta el poder real, es capaz de determinar el contenido de los conceptos y las palabras. El César también es el señor de la gramática”.

Al centro se sitúa la desnaturalización de la política en su rasgo más esencial. Mientras más se desnaturaliza la política en cuanto a distorsionar aquellas virtudes del Estado orientadas al bien común, es el Estado el que se desnaturaliza.

Hay una frase de Barack Obama que ha fustigado a los republicanos en los debates de la regulación del sistema financiero y la reforma a la salud: “Hay tareas que solo el Estado puede hacer”. Son palabras que respiran a Thomas Hobbes, pero que también reflejan el actual salvajismo no solo del capitalismo, sino también del sistema del poder.

Hace décadas que el liberalismo republicano provoca más de una inquietud. Existe una rigidez conceptual que lo sustenta, y al analizar sus formas de gobierno emergen el autoritarismo, la pérdida de libertad, y el tema subyacente como son las desigualdades especialmente de poder. El terremoto dejó claro esa parte del análisis que no se aborda.

Foto: Chile, Terremoto, Represión - El ministro chileno del Interior, Rodrigo Hinzpeter, prometió que los militares mantendrán el orden en la región con todo rigor. / Autora: Olesya Aldushenko - RIA NOVOSTI

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