viernes, 14 de mayo de 2010

Costa Rica: El camino correcto

Alvaro Montero Mejía (especial para ARGENPRESS.info)

Este domingo 8 mayo, asumió el mando del Poder Ejecutivo en su calidad de Presidenta de la República, la señora Laura Chinchilla. Entre ella y su antecesor, Oscar Arias, existen distancias y diferencias enormes. No los separa únicamente el hecho de que doña Laura sea la primera mujer Presidenta de la República. Oscar Arias asciende al poder en virtud de una interpretación antojadiza, abusiva y fraudulenta de la Sala IV, que cambia el artículo de la Constitución Política que expresamente prohibía la reelección presidencial. Inmediatamente después Óscar Arias aparece, con una minúscula diferencia, como el ganador de las elecciones, a pesar de las graves e inexplicables irregularidades que a duras penas subsanó un tribunal electoral complaciente y permisivo.

Doña Laura, en cambio, cumple los requisitos de su postulación y gana sobradamente y con una cantidad de votos que Arias no habría soñado, la justa electoral de febrero pasado. Es ella la que triunfa en el evento y del resultado, a los Arias les debe poco. Es cierto que ella cabalga sobre un sistema electoral donde dineros de oscura procedencia, gigantescos intereses y un uso mediático descomunal, deciden en gran medida. Pero cambiar estos métodos, es parte de nuestro combate democrático.

Oscar Arias se va del gobierno después de provocar las más profundas heridas y divisiones sociales, que recuerda la historia moderna del pueblo de Costa Rica. Se va, después de realizar un acto de monumental demolición de toda la obra social construida por el pueblo y por los grandes reformadores del siglo XX, Monseñor Sanabria, el Dr. Calderón Guardia, Manuel Mora Valverde y José Figueres Ferrer. Arias los sepulta, los borra de la historia viva, arrebatándoles su contenido vital.

Ya habrá tiempo, en las próximas semanas y meses, de profundizar sobre el carácter del nuevo gobierno y examinar las consecuencias de un eventual continuismo y la consolidación en el Poder Ejecutivo, de un bloque de extrema derecha que será el encargado, aparentemente, de ponerle el sello final del “ejecútese”, al Estado neoliberal y entreguista heredado de Oscar Arias.

Pero como hemos dicho, Laura Chinchilla no es Oscar Arias y probablemente, hará un importante esfuerzo por tomar distancia de su antecesor en algunos aspectos fundamentales de la conducción del Estado. Nos parece un error partir del criterio de que su gobierno es pura y simplemente “un arismo bis” y que la Presidenta carece por completo de la autoestima, la capacidad y la dignidad personal que la conduzcan a ejercer un gobierno atento al clamor de sus conciudadanos y a las más urgentes necesidades del pueblo costarricense.

Escuchar con atención la pluralidad de los criterios ciudadanos e incluso expresar la voluntad de atender a los sectores que carecen de medios institucionales o de grupos de poder para hacerse oír, tal como lo afirmara Doña Laura en su discurso de toma de posesión, al menos como planteamiento, constituye un giro radical en relación con un gobierno caracterizado por la prepotencia y el narcisismo, inescrupuloso y arrogante, incapaz de aceptar cualquier forma de disenso y oposición inteligente.

Debemos ser conscientes de que Doña Laura hereda un país con una deuda económica escandalosa, enfrentada a la tarea primordial de llevar adelante una reforma tributaria que obligue a los ricos a pagar impuestos, que frene la catastrófica e infame brecha creciente entre ricos y pobres, que le de un respiro a la clase media a punto de desaparecer, que se atreva a frenar definitivamente el malévolo proyecto de Crucitas, que recupere el Estado de servicio público de ese José Figueres cuya obra dice admirar y defender, que restañe las enormes heridas infligidas al tejido social por Oscar Arias y en fin, que el giro de sus intenciones no se quede únicamente en la retórica o en las palabras de un discurso, sino que se atreva a recuperar los grandes valores del pensamiento social costarricense.

Es muy temprano todavía para lanzar condenas y admoniciones inapelables. Ni debemos hacer concesiones gratuitas ni debemos hacernos falsas ilusiones. Pero las fuerzas patrióticas y progresistas de Costa Rica no debemos dejarnos llevar por la frustración, la desesperación o por un justificado sentido de impotencia y enojo, heredados del arismo y que nos conduzcan a extremar los juicios y las posiciones, sin una reflexión de fondo que las anteceda. El puro radicalismo verbal o el activismo desenfrenado, son respuestas explicables pero incompletas.

El pueblo debe retomar su capacidad de movilización, articular sus demandas y hacerle frente a un proyecto de apropiación integral del país, que va mucho más allá de un proceso electoral y sus resultados. Su presencia ordenada, pacífica pero firme en las calles y otros foros, debe ser la muestra de que no estamos dormidos. La historia demuestra que los gobiernos difícilmente conceden algo, o respetan algo, si los pueblos no lo exigen. Y tenemos que ver como un signo positivo, el llamado que la Presidenta hace, insistentemente, al diálogo con todas las fuerzas vivas. Es una puerta abierta y todos estamos obligados a contribuir para que se mantenga así ¡Que la cierren otros; no el pueblo!

Las fuerzas enemigas de Costa Rica son enormes y poderosas. Su cuota de decisión y mando en el actual gobierno, es también considerable. A estas fuerzas les importa un bledo el Gobierno de la Sra. Chinchilla, al que solo ven como un interregno mientras reasumen el poder absoluto. La imprudente urgencia del hermano menor por asumir tempranamente el relevo y colocarse como una figura política de primer orden, es la mejor muestra de un profundo menosprecio personal por la Sra. Presidenta, a quien con esos actos le dicen: “No olvide que Usted está allí para guardarnos la silla y cumplir a cabalidad con una agenda y un guión preparados de antemano”.

Tenemos, por nuestra parte, dentro del movimiento patriótico y progresista, obligaciones ineludibles que no dependen de lo que haga o deje de hacer la Presidenta electa, aunque sus actos puedan influir nuestras decisiones. Tenemos deberes, obligaciones y cuentas pendientes con los reiterados fracasos en la construcción de la unidad de todas nuestras fuerzas, que aún no hemos terminado de dilucidar.

Nosotros insistimos ahora, por enésima vez, en la celebración de una discusión de fondo, honrada y sin prejuicios y en la realización de acuerdos de principios entre todos aquellos genuinamente interesados en vencer la maquinaria anexionista y desintegradora de los valores y los haberes nacionales. No será una tarea fácil derrotar políticamente a los banqueros, las corporaciones imperiales, los capitales mafiosos, los grupos de financieros e inversionistas centroamericanos, que vienen desde atrás con una historia de sangre. No será fácil.

Hoy más que nunca debemos sumar fuerzas, acercarnos, discutir, dialogar, reflexionar. Que cada quien exprese lo suyo, pero que a la vez escuche lo que piensan los demás. Y claro, que seamos capaces de tomar las decisiones que la Patria exige.

Creemos que éste es el camino correcto.

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