lunes, 3 de mayo de 2010

Cuba - Estados Unidos: ¿Habrá otro camino?

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En reciente entrevista para la revista Palabra Nueva, el cardenal cubano, Jaime Ortega puede haber puesto el dedo en la llaga al comentar que respecto a Cuba la administración del presidente Obama comenzó por donde debía terminar.

“…En su campaña política presidencial -precisó el prelado- Barack Obama indicó que cambiaría el estilo al uso y buscaría ante todo hablar directamente con Cuba…Sin embargo, después de llegar al poder, el nuevo presidente norteamericano ha repetido el viejo esquema de gobiernos anteriores: si Cuba hace cambios con respecto a derechos humanos, entonces los Estados Unidos levantarían el bloqueo y se abrirían espacios para un diálogo ulterior…”

No recuerdo ningún conflicto internacional contemporáneo en los cuales las posiciones originales y la incomunicación se hayan mantenido inalterables durante mayor tiempo como el que enfrenta a los Estados Unidos con Cuba. No hubo un clima de rencor ni revancha entre los estados ganadores y perdedores en la II Guerra Mundial al final de la cual Alemania, Japón e Italia fueron tratadas con razonables consideraciones por los ocupantes norteamericanos, británico y soviéticos.

No se registró una zaga funesta en el conflicto por el canal de Suez, no la hubo después del bloqueo de Berlín ni con posterioridad a la Guerra de Corea e incluso no se observan, en el grado que aluden a Cuba, en el conflicto entre palestinos e israelitas, situación extrema y de violencia inaudita que no ha impedido decenas de encuentros y elaboradas maniobras diplomáticas entre Arafat y Abbas y varios primeros ministros del Estado Judío, promovidos por cuatro presidentes norteamericanos.

No hubo heridas mayores ni tratadas con mayor discreción que las de la guerra en Vietnam y, en medio de la Guerra Fría, con miles de armas atómicas apuntándose unos a otros y la destrucción mutua como doctrina oficial, Estados Unidos y la Unión Soviética se encontraron en la cumbre, conversaron y avanzaron; hoy mismo, en los conflictos nucleares de Corea e Irán, una y otra vez se dan oportunidades a la diplomacia y para colmo, talibanes y ocupantes están a punto de entenderse sin que en Estados Unidos y Cuba den pasos al encuentro ni avancen un milímetro.

En los últimos cincuenta años, mientras Arafat y Abbas, por ejemplo, se han reunido con varios presidentes norteamericanos y otros tantos primeros ministros de Israel, elaborando complicadas y a veces imaginativas opciones, el IRA irlandés se entendió con Gran Bretaña y la India y Pakistán fumaron la pipa de la paz, ningún alto funcionario norteamericano se ha encontrado con un ejecutivo cubano y ninguna idea renovadora respecto al diferendo entre ambos países ha sido elaborada por alguna de las partes ni por terceros.

Si bien cincuenta años atrás la actitud de la administración Eisenhower, que sin argumentos ni razones confrontó a la Revolución Cubana de un modo visceral, agrediéndola mediante prácticas terroristas, bloqueo económico, comercial y financiero, aislamiento internacional, invasión militar y el perenne cerco mediático, armas que en ningún otro escenario se han utilizado juntas, resultó insólita, el comportamiento del gobierno de Obama va de lo febril a lo infantil.

El imposible tomar en serio a la Secretaria de Estado Hillary Clinton cuando afirma que el bloqueo económico conviene al gobierno cubano, ni conceder la más mínima atención al profesor Jaime Suchlicki de la universidad de Miami quien estima que “la comida no es parte del embargo” y que “…Desde el punto de vista de los hermanos Castro, Estados Unidos no tiene nada que ofrecer…”

En ambos casos: la funcionaria de alto rango y el ideólogo, en lugar de auspiciar contactos entre las partes y escuchar de ellos, de modo oficial y en un circuito de toma de decisiones, sus puntos de vista, prefieren especular y tratar de adivinarlos.

Tanto las declaraciones de la Clinton como las de cualquier otro funcionario de alto rango, a pesar de no ser nuevas ni originales, nunca caen en saco roto sino que son atendidas y suelen dar lugar a respuestas equivalentes las cuales, por su contenido y entidad, lo mismo que las propuestas, van al record como opiniones aisladas o personales que, aunque alimentan la retorica propagandística, carecen de significado práctico.

Al no formar parte de un proceso más o menos orgánico, ni de un proyecto político de mayor aliento, cualquiera que sea la intención de una u otra parte, tales ejercicios, en lugar de acreditar la necesitad de un diálogo y aproximarlo, le restan pertinencia y lo alejan.

En lugar de alusiones informales, especulaciones acerca de lo que piensa la otra parte y de profesiones de fe, que anticipan aquello que es inaceptable o no procedente y pontifican respecto a lo que no debe ocurrir, lo que se requiere son propuestas sustantivas, y respuestas equivalentes, a las cuales pueda dárseles continuidad e inscribirlas como parte de un proceso mayor.

Tal vez porque lo he visto demasiado y porque yo mismo lo he hecho, no formo parte de los que prejuzgan el saldo final de una hipotética y seguramente complicada negociación ni participo de condicionamientos anticipados. Más bien creo que hacerlo es cometer un error equivalente al de quienes creen saber la respuesta y por ello no adelantan ninguna iniciativa.

Lo que los gobiernos cubanos y norteamericano pudieran lograr o aquello que juzgarán conveniente conceder, será un resultado que, con toda probabilidad, se convertirá en otro punto de partida. El problema no es preocuparse excesivamente por adivinar a dónde se llega, sino averiguar cuándo se comienza. Quizás un día se descubra que existía otro camino que nadie había explorado.

Tal vez la idea del cardenal Ortega, no por ser nueva sino por venir de un sector que como la Iglesia puede sin desmentirse asumir la avenencia como opción, merecería mayor divulgación y consideración.

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