miércoles, 5 de mayo de 2010

Cuba - Estados Unidos: ¿Habrá otros caminos? (II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El conflicto entre Cuba y los Estados Unidos no es circunstancial ni bilateral, tampoco insoluble; ninguno lo es. Lo que nadie conoce es cómo y cuándo se dará el primer paso en una dirección positiva, conducente a entendimientos mínimos. Por lo pronto parece ser que esa acción no procederá de la Secretaria de Estado Hillary Clinton.

Es evidente que la reacción inicial de los Estados Unidos frente a la Revolución Cubana fue tan desproporcionada e injustificada que, entre otras cosas, conspiró contra los intereses norteamericanos en Cuba. Además el gobierno estadounidense de turno escogió mal los instrumentos para lidiar con una revolución auténticamente nacional, autóctona y renovadora que llegó al poder sin vínculos internacionales ni compromisos doctrinarios.

Con frecuencia tirios y troyanos omiten el hecho de que en 1959 Fidel Castro fue a los Estados Unidos donde no ahorró esfuerzos para exponer su pensamiento y sus planes y donde, de las esferas gubernamentales, recibió sólo desaires, en particular de Eisenhower y de Nixon.

El hecho de que en 1959, momento en que triunfó la revolución liderada por Fidel Castro, gobernara en los Estados Unidos una administración formada por los generales y políticos vencedores en la II Guerra Mundial, encabezada por Dwight Eisenhower, laureado Comandante Supremo Aliado en Europa, artífice del desembarco de Normandía y de la campaña por la liberación de Europa occidental y fundador de la OTAN, influyó poderosamente en el rumbo de los acontecimientos.

La misma formación que permitió a Eisenhower y sus colaboradores comprender que la Guerra de Corea había llegado a un punto muerto y que continuar las acciones era tomar demasiados riesgos, aceptando un armisticio sin victoria, parece haberlo inclinado a buscar una solución militar en Cuba. Se equivocó y cincuenta años después, once presidentes que han encabezado 14 administraciones no han logrado reparar el error. En honor a la verdad, excepto algunas movidas de Carter, ninguno lo ha intentado seriamente.

De la administración Eisenhower, como Director de la CIA formaba parte Allen Dulles, un halcón en traje de civil que había dirigido la Oficina de Asuntos Estratégicos en Europa durante la II Guerra Mundial, cargo desde el cual condujo el trabajo de inteligencia y espionaje y se involucró en las intrigas asociadas a los contubernios con los jerarcas hitlerianos, entre otras cosas para atraer hacía Estados Unidos a los más brillantes científicos alemanes y de la Europa ocupada que habían servido a Hitler y apoderarse de los secretos militares del III Reich.

Nombrado director de la director de la CIA en 1953, año en que Fidel Castro inició a la lucha contra la dictadura en Cuba, desde su cargo, Allen Dulles, director de la CIA hasta 1961, fue un observador privilegiado de la guerra de liberación librada en la Sierra Maestra y fue quien aconsejó a Eisenhower y a su hermano John Foster Dulles, entonces Secretario de Estado, para apoyar hasta el final al dictador Batista, sembró los primeros agentes en Cuba para trabajar en contra de Fidel Castro cuando este todavía no había triunfado y ante la Revolución Cubana hizo lo único que sabía hacer, conspirar.

Dulles condujo la recepción en territorio norteamericano de las figuras políticas y militares del régimen de Batista, incluidos esbirros y torturadores, realizó las primeras acciones encubiertas, levantó tempranas acusaciones de comunista contra Fidel Castro, monitoreo las primeras campañas de descredito contra la Revolución, convirtió a Miami en un enclave y fraguó los primeros planes para asesinar al líder cubano.

Tal vez impresionado por las combinaciones logradas por Dulles en Europa y sus exitosas operaciones para derrocar a los presidentes Mossadeg de Irán en 1953 y Arbenz en Guatemala en 1954, Eisenhower le otorgó un exagerado protagonismo en el diseño de la estrategia que condujo a la invasión de bahía de Cochinos, por cuyo fracaso, con toda razón, John F Kennedy le paso la cuenta destituyéndolo. En una decisión de mal gusto, en 1963, Lyndon Johnson, presidente sustituto lo designó para formar parte de la “Comisión Warren” que investigó el magnicidio de Dallas y ofreció un informe poco convincente del asesinado de JFK.

El hecho de que Eisenhower pusiera en manos de la CIA el diseño de la política anticubana y la tarea de derrocar a Fidel Castro, llevaron a una retorcida estrategia basada en una combinación de intensas acciones de sabotaje, terrorismo, auspicio a la contrarrevolución armada interna, bloqueo económico, aislamiento internacional, todo ello bajo la cobertura de la lucha contra el comunismo y la protección del “mundo libre” del expansionismo soviético, doctrina en boga en los años cincuenta del siglo XX.

El hecho de que la Revolución Cubana triunfara en medio de la Guerra Fría (1959), uno de los momentos en que debido a la muerte de Stalin en 1953, la denuncia de sus excesos efectuada en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956 y la intervención en Hungría ese propio año, el prestigio del comunismo estuviera en sus nivele más bajos, debe haberle parecido propicio a Dulles para direccionar las campañas de propaganda contra Cuba y preparar a la opinión pública mundial para la agresión militar.

El punto de partida de aquella temprana, agresiva, multilateral y excepcionalmente voluminosa empresa, destinada no sólo a derrotar a la Revolución Cubana, sino a borrar o reducir a cero su influencia en el entorno latinoamericano, fue endosarle a Fidel el calificativo de comunista y con ello movilizar contra Cuba los estereotipos del anticomunismo, visceral y cavernario. Lo cierto es que para justificar sus acusaciones y “probar” las mentiras que ellos mismo habían fabricado, los Estados Unidos, hicieron todo lo posible para dejar a Cuba sin opciones, empujándola a una alianza con la Unión Soviética.

La acusación original, nunca probada ni sustanciada por hecho alguno de que Cuba actuaba como un satélite de la Unión Soviética y un aliado militar en las inmediaciones de Estados Unidos, mezcló a la Isla con las maniobras más profundas y perversas de la Guerra Fría, convirtiéndola en blanco de la agresividad norteamericana.

Desde entonces e increíblemente hasta hoy, la Revolución Cubana es confrontada, no sólo por su política interna y por su sistema social, sino también por su proyección internacional y por sus alianzas. A pesar de que la Unión Soviética no existe, el comunismo es una página vuelta, las revoluciones en América latina caminan por sus propios pies y Cuba carece de intenciones y por añadidura de medios para preocupar a los Estados Unidos, el viejo esquema apenas si ha cambiado. Parecería como si el fantasma de los hermanos Dulles paseara todavía por Washington y Lagnley.

El resto de la historia es antológico. En 50 años 11 presidentes que han encabezado 14 administraciones, asistidos por casi 20 directores de la CIA, más de una docena de secretarios de estados, otros tantos asesores de seguridad nacional, todos estrategas de alto estándar, incluyendo a los más brillantes tanques pensantes, no han producido ni una sola idea para lidiar con el diferendo cubano. El hecho de que ningún funcionario de alto rango, ningún enviado especial y ningún diplomático norteamericano hayan intercambiado nunca dos palabras con Fidel Castro, explica muchas cosas. De ese modo nadie se entiende y de esa manera es imposible hacer política.

Aunque puesto a prueba y zarandeado por reiteradas inconsecuencias de la actual administración, el optimismo despertado por Barack Obama que no es Eisenhower, Nixon, Reagan ni Bush y puede todavía ser considerado como un fenómeno político diferente, permite esperar que de alguna manera se concreten las únicas oportunidades surgidas en cincuenta años, para intentar avanzar en la solución de un diferendo que estorba no sólo a Cuba sino también a Estados Unidos.

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