lunes, 3 de mayo de 2010

El Salvador: Los rostros del trabajo diario reflejados en el Parque Bolívar

Roberto Flores (COLATINO)

Viven en un mundo de consecuencias, buscando dentro del límite de sus posibilidades salir adelante recordándonos la vigencia de «los hacelotodo» de Roque Dalton. Son pruebas vivientes de la resistencia de la clase trabajadora a darse por vencidos, tres historias conocidas en un mismo lugar que muestran de forma ejemplar que las y los trabajadores son dignos de ser reconocidos dentro del sueño de una sociedad justa.

Doña Lucía

Es común escuchar a modo de metáfora que el trabajo debe ser empujado hacia adelante. Ana Lucía Cortez literalmente empuja su trabajo. A sus 62 años sigue las huellas que trazan su carretón mientras lo dirige por los caminos que atraviesan el Parque Bolívar en San Salvador. Vende bebidas calientes, las cuales guarda en grandes contenedores de metal cuyo peso es bastante considerable cuando están totalmente llenos. Asegura que el carretón no es suyo y que la dueña le paga ocho dólares el día si vende treinta y tres dólares. El vaso con café, atol o chocolate cuesta 0.25 centavos, el arroz en leche 0.35, por lo que debe de empezar desde muy temprano para lograr alcanzar la meta establecida o llegar al menos a la cantidad suficiente como para ganar seis dólares, lo cual no sucede frecuentemente.

Ana Lucía es originaria de San Dionisio en Usulután en donde trabajó el campo hasta que se trasladó a la capital cuando cumplió los 27 años, impulsada por su situación económica, dejando atrás a su única hija la cual hace dos meses tomó también la decisión de emigrar pero hacia los Estados Unidos. Actualmente vive sola en San Marcos, en una casita que alquila por 25 dólares mensuales, cantidad a la que hay que sumarle los $5 por el servicio de la energía eléctrica y los $2.25 por la barrilada de agua que le llevan hasta su casa. Sale todos los días a las cinco de la mañana para pasar a las seis por su carretón e iniciar su largo recorrido a través de las calles de San Salvador.

Antes de dedicarse a vender atoles, chocolate y café vendía comida, pero siempre le tocó empujar para llevar su trabajo adonde encontrara a algún hambriento. Los tiempos cambian pero la situación empeora, asegura. La vida en la ciudad se ha vuelto más difícil para ella, pero, a pesar de ello, no le entusiasma la idea de regresar a San Dionisio pues afirma que «hoy ya ni se haya trabajo en el campo».

A pesar de su edad su imaginación sigue intacta y lúcida. Afirma que si ella tuviera una carretilla de las del supermercado inventaría cualquier cosa para salir a trabajar y obtener así más ganancias, pues ya no sería necesario cumplir con las exigencias de su patrona.

La incertidumbre se apodera de ella cuando se le interroga qué es lo que hará cuando ya no venda chocolate, atol o café. Pedir en las calles ha sido una opción que en más de alguna ocasión se ha atravesado por su cabeza, pero prefiere pensar en sacar la meta del día.

Sabe que el 1o. de Mayo es el día del trabajador y trabajadora, pero se ríe cuando afirma que a ella nunca le han regalado nada ese día. A pesar de no formar parte de algún sindicato reconoce que la subsistencia se resume en una sola frase: «Si no se vende, no se gana».

Don Eduardo

Don Eduardo es cliente frecuente de Ana Lucía, a quien le compra café cuando tiene un momento libre en su trabajo en el Parque Bolívar. A diferencia de ella, don Eduardo no empuja su trabajo, más bien le toca sentarse frente a él: lustra zapatos desde que tenía diecinueve años. Su experiencia es la que habla por él cuando un cliente lo busca. Basta con que uno vea su propio rostro reflejado en los zapatos que lustra para reconocer su gran habilidad precedida por 37 de su 56 años haciendo el mimo trabajo.

Cuando don Eduardo habla de lo que hace se expresa con la satisfacción reflejada en su rostro, pues, según él, no tiene nada que envidiar a nadie: entra a la hora que quiere, él es su propio jefe, entabla amistad con mucha gente y, lo más importante, su trabajo le alcanza como para sacar su sueldo diario.

Gracias a su trabajo logró comprar una casa en Apopa en donde vive solo con su esposa quien se dedica a la venta de frutas frente a la Corte Suprema de Justicia.

Según don Eduardo, asociarse junto con otros lustradores le ayudo para que se le dejara trabajar en el Parque Bolívar, en donde asegura que seguirá trabajando mientras tenga fuerzas.

Don José

José Guadalupe Recinos no conoce a don Eduardo, pero es el encargado de que él encuentre limpio y aseado el parque cuando inicie su jornada. Recinos tiene cinco años de ser barrendero de la Alcaldía de San Salvador.

Recinos es muy seguro y puntual en lo que dice. Afirma que los 200 dólares que recibe a cambio de su trabajo no son suficientes para subsistir a pesar de que vive solo en un mesón de la capital. Sin dudarlo, expresa su total descontento con la actual administración de la alcaldía, pues asegura que no se les ha cumplido el aumento salarial que se les prometió.

Es originario de Jiquilisco, en donde trabajó la tierra durante su juventud tiempo en el cual también se unió a las filas guerrilleras para «luchar en contra de la represión». Comprende perfectamente la crisis que vive el país y sabe perfectamente sus causas. También reconoce que mucha gente lo ignora por lo que, asegura, la clave es seguir trabajando para poder superar esta situación.

Muchas otras historias se entremezclan con estas en el Parque Bolívar, y en El Salvador en general. Historias que van desde las seis de la mañana hasta las siete de la noche y que marcan tarjeta a diario confiando en que los sueños pronto dejarán de ser sueños.

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