jueves, 13 de mayo de 2010

El Salvador: Vivir en la pobreza urbana

Roberto Flores (COLATINO)

Hacer un recorrido por las calles del centro de San Salvador es enfrentar, directamente, el quehacer diario de aquellos y aquellas que forman parte de los números y estadísticas del Mapa de Pobreza Urbana y Exclusión Social de El Salvador, que recientemente dio a conocer el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en nuestro país.

Basta con andar un poco por los caminos de la capital y, de inmediato, los datos y porcentajes que hablan de la falta de oportunidades, de empleos y de vivienda digna, se materializan frente a los ojos de cualquier observador que sepa la diferencia entre lo que es vivir en condiciones precarias y vivir dignamente.

Y es que, por ejemplo, es común caminar por el Parque Bolívar y ser recibido por la mano de alguna persona que, para subsistir, se ha visto obligada a mendigar; o, aún más común, ser abordado por la habilidosa estrategia de negocios de algún vendedor ambulante en la rebusca diaria. Lo cierto es que la mayoría de estas historias tienen un denominador común, mismo que ha sido expuesto por el PNUD en su estudio, como una de las principales razones del fenómeno de la pobreza urbana: son personas cuyos orígenes están en el campo. En las zonas rurales desde donde en algún momento decidieron emigrar hacia la urbe, con la esperanza de verse beneficiados por el desarrollo económico experimentado en las ciudades.

Esa esperanza resonaba en la mente de Ana Lucía, hace 35 años, cuando decidió dejar su hogar en el municipio de San Dionisio, departamento de Usulután, en donde se dedicó desde muy pequeña a cultivar el campo con su familia. Al llegar a los 27 años, la realidad de Ana Lucía se hizo evidente: o emigraba en busca de mejores oportunidades que las que le ofrecía el campo, o ella y su hija se morían de hambre. Han pasado 35 años desde entonces, y las oportunidades no llegaron.

Ahora, con 62 años encima, Ana Lucía vende atol en el Parque Bolívar, negocio con el cual a duras penas saca lo suficiente como para pagar el alquiler de la pequeña casa en donde vive en el centro de San Marcos.

Según el estudio del PNUD, el cual tomó como base los datos arrojados por el VI Censo de Población y V de Vivienda llevado a cabo en 2007, el creciente flujo de personas que, como Ana Lucía, emigraron del campo a la ciudad, dio lugar a que se abriera una brecha entre la población migrante y aquellos que desde un principio gozaron de los beneficios del desarrollo en las ciudades. Las oportunidades solo eran para aquellos que tuvieron acceso a una educación más o menos integral, un sistema de salud adecuado y condiciones socio-económicas estables.

Ana Lucía es de las pocas personas que migraron a la ciudad, que tienen la suerte de vivir en una casa de ladrillo y lamina. Según el Mapa de Pobreza Urbana, uno de los principales problemas que se generó a raíz de este flujo de migrantes fue la falta de espacios para una vivienda digna, con acceso a servicios sanitarios básicos. Solo en el Área Metropolitana de San Salvador, el PNUD estima que hay más de 622 mil personas viviendo en estas condiciones. De hecho, a pesar de que Ana Lucía no se ha visto en la necesidad de vivir en una casa de plástico y de lámina, se ve obligada a pagar $2.25 para que le lleven un barril de agua hasta su hogar.

José Guadalupe Recinos, barrendero empleado por la alcaldía capitalina, es otro ejemplo de la materialización de estos datos. Al igual que Ana Lucía, él decidió hace mucho tiempo emigrar desde el interior del país a la capital, en busca de oportunidades. En Jiquilisco, lugar en donde nació, Recinos trabajaba la tierra. Emigró ante la posibilidad de mejorar su situación en la ciudad.

La exclusión es lo único que encontró.

Desde el principio, Recinos asegura que uno de los principales retos, a los que se enfrentó al momento de conseguir oportunidades de trabajo, fue la falta de educación que recibiera en su lugar de origen. El trabajo en el campo y la carencia de recursos para pagarse los estudios fueron los obstáculos que impidieron que Recinos tuviera una formación académica, que le permitiera competir en el exigente mercado laboral de la ciudad.

El acceso a la educación es uno de los puntos que el PNUD señala como una de las principales brechas que separa a aquellos dentro de los índices de pobreza en la ciudad, y uno de los impedimentos para que éstos salgan de ella. Según el Mapa de Pobreza Urbana, la población económicamente activa de los Asentamientos Urbanos Precarios (AUP, que son aquellos asentamientos donde se concentra la población urbana en altas condiciones de pobreza), que nunca ha estudiado, están en un rango de exclusión laboral alta: alrededor de 37 mil personas, de casi 126 mil.

Esta situación da lugar a que la única oferta laboral, a la que este segmento de la población puede acceder, sea la de sub empleos o empleos regulares. Previo a ser barrendero de San Salvador, José Guadalupe Recinos laboró como vigilante privado en una empresa de la capital. Ese trabajo, según Recinos, aparte de poner en riesgo su vida, implicaba obtener un salario que no alcanzaba para satisfacer sus necesidades.

A pesar de ello, asegura que el salario que recibe actualmente no marca una gran diferencia, con respecto a lo que recibía en su anterior trabajo.

Al igual que Ana Lucía, Recinos tiene que pagar alquiler en el lugar en donde vive en el centro de San Salvador. No tiene acceso a las oportunidades que la metrópoli prometía. Sin embargo, hay muchas otras personas que están quizá en peores condiciones, lo cual genera un desmoronamiento social dentro de las ciudades. No es raro, pues, ver que para algunos la mejor manera de esperar a que llegue un trabajo sea recuperarse de una resaca en alguno de los parques de la capital.

Estas personas también forman parte de esa espiral de exclusión que ha obligado a ir más allá, en la formulación de políticas para superar este fenómeno. Las cifras están dadas. Ahora a Ana Lucía y a José Guadalupe solo les queda esperar que las políticas surgidas a raíz de este estudio pongan esos números a su favor.

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