martes, 18 de mayo de 2010

En Cuba: Un congreso campesino diferente

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Con interés seguí los trabajos del Congreso de la Asociación de Agricultores Pequeños (ANAP), también llamado “Congreso Campesino”. El esfuerzo valió la pena porque escuché ideas novedosas y audaces, se ratificaron cosas que sabía y se perfilaron otras que intuía.

Un directivo campesino enfatizó: “…Los campesinos no fueron al Congreso a pedir tierras ni escuelas, no reclamaron médicos ni maestros, no demandaron carreteras ni caminos porque de todo eso tienen. Por su parte, una delegada reflexionó acerca de que: “Una CSC (Cooperativa de Créditos y Servicios) puede tener 15 fincas y cada finca es una empresa.” ¡Al fin alguien lo dijo! El Congreso campesino fue también una reunión de empresarios agrícolas.

Campesino es una categoría sociológica, parte de la estructura social y de clases existente en el campo cubano que, hasta la Revolución, estuvo formada, entre otros estratos por: hacendados, latifundistas, terratenientes, ganaderos, colonos, dueños de centrales azucareros (absentistas) y sus empleados de alto nivel que operaban y administraban las fábricas, trabajadores agrícolas, y en el último peldaño: los campesinos.

Los campesinos que en el pasado conocieron Fidel y Raúl Castro, padres y abuelos de los reunidos en el recién finalizado Congreso, y en beneficio de los cuales se dictó la Reforma Agraria de 1959, eran la última carta de la baraja, una condición miserable más cercana a la indigencia que a la gestión productiva. De ellos, según la encuesta realizada en 1957 por la Asociación Católica Universitaria (ACU) “…Sólo el 11,22% tomaba leche, el 4% comía carne, el 3,36%, consumía pan; el 2,2%, huevos y menos del 1%, pescados y apenas un 8 por ciento tenía acceso a la atención medica proporcionada por el Estado…”

Por un efecto que ha tardado 50 años en revelarse y que se abre paso debido a los reiterados reveces de la gestión agrícola estatal, al podar por arriba la estructura social en el campo, el campesino cooperativista, ascendió consistentemente, ocupando espacios económicos hasta desplazar al Estado del primer lugar por el volumen de la producción, los rendimientos de la tierra y por su capacidad para encajar las adversidades climáticas.

Con el cuarenta por ciento de la tierra, los propietarios cooperativistas crean el 70 por ciento de los valores. No conozco los datos acerca de con qué porcentaje de la maquinaria, el combustible, los fertilizantes y pesticidas, agua, transportes e ingenieros agrónomos y veterinarios lo hacen, aunque se puede suponer que son considerablemente menores de los que emplea el sector estatal.

Por los efectos combinados de las fallidas políticas agrarias de los ministerios de la Agricultura y del Azúcar, las adversidades climáticas, la crisis derivada de la caída del campo socialista, que resultó devastadora para la agricultura estatal cubana, no así para los campesinos, ha tenido lugar una mutación de la estructura social del campo que se matiza con la introducción de los llamados “usufructuarios”, muchos de ellos citadinos a los cuales se ha previsto entregar varios millones de hectáreas de tierras estatales ociosas, y que reforzaran el perfil empresarial en la campiña cubana.

Según las actuales tendencias, en poco tiempo, el Estado puede ser desplazado no sólo como primer productor en el campo sino como tenedor de tierras mayoritario y es difícil adelantar el impacto de un fenómeno así, de cara al llamado “Proceso de actualización del modelo económico cubano”.

De los trabajos del Congreso formaron parte temas relacionados con la comercialización de la producción de los campesinos, cosa que ellos saben hacer muy bien pero que monopoliza el Estado que es quien por poseer los transportes, el combustible y los centros de beneficio es quien contrata, compra y vende en la red minorista, gestión que, según se afirma realiza deficientemente.

Junto con la gestión comercial, los campesinos privilegiaron asuntos relacionados con las contrataciones, los precios, la disponibilidad de insumos, semillas, fertilizantes, pesticidas, agua, pies de cría y otros asuntos propios de una actividad definidamente empresarial que, por su perfil técnico lo mismo que en La Habana pudo haberse efectuado en cualquier otro lugar.

Por su parte el Ministro de Economía, sin asumir un tono crítico, reveló que estos “campesinos” emplean mano de obra asalariada en una cifra que llega a unos 100 000 trabajadores, a los cuales, según se comenta remuneran mejor que el Estado y por cuyo empleo los empresarios rurales de nuevo tipo, no pagan impuestos ni contraen obligaciones en materia de seguridad social.

Por sus temas y por sus resultados el Congreso de la Asociación de Agricultores Pequeños parece un magnifico ejercicio y una demostración de que el hecho de que la Revolución haya contado con una institución como la ANAP, sólidamente establecida y comprometida con su proyecto, ha permitido a la dirección política, monitorear y conducir eficazmente esos procesos.

El hecho de que estos “campesinos” trabajen directamente la tierra y suden la camisa, no desmiente su condición; eso mismo hace en todo el mundo millones de micro, pequeños y medianos empresarios. No obstante se puede asegurar que esas faenas serán menores en la medida en que se eleven sus lucros y dediquen más tiempo a la administración y el planeamiento y, junto a sus familias, disfruten más de su prosperidad.

Tal vez el Congreso de los campesinos (empresarios agrícolas cubanos) pueda ser asumido como una especie de ensayo general para, por vía del perfeccionamiento de la sociedad y de sus estructuras básicas, avanzar hacia una versión mejorada del socialismo en la cual la gestión mercantil y la iniciativa económica ciudadana, una variante optima de la participación, conviva con las grandes metas de justicia social y el colectivismo que entraña el ideal socialista.

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