lunes, 24 de mayo de 2010

Errar es de sabios…rectificar lo es más

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En la Iglesia Católica sólo el Papa es infalible, cualidad limitada a las cuestiones de doctrina; entre los seglares nadie reclama semejante propiedad.

El hecho de que la Iglesia posea dos mil años de experiencia, no hace sabios a todos los curas y obispos que, intelectual y políticamente son hombres comunes y están sometidos a los condicionamientos culturales y circunstanciales de su tiempo. Lo mismo que otras instituciones y fuerzas sociales, nacionales y extranjeras, la Iglesia cubana de 1959 se vio ante un fenómeno enteramente nuevo con el cual le resultó difícil lidiar: la Revolución.

A los efectos de su preparación con vistas a alternar con la Revolución, para la Iglesia Católica cubana el Concilio Vaticano II (1959) fue prematuro, mientras y la encíclica “Populorum progressio” y la reunión del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) resultaron tardíos. En el primer caso la confrontación no había mostrado sus potencialidades y cuando tuvo lugar el evento del Episcopado, ya se había cruzado el Rubicón.

La jerarquía y el sacerdocio cubano de entonces, formada por un cardenal, siete obispos y alrededor de 600 sacerdotes, (de ellos más de 450 extranjeros), reaccionó no sólo a partir de sus compromisos con la burguesía y la oligarquía criolla, sino condicionada por la orientación general de la iglesia que también era parte de la Guerra Fría y de la histeria anticomunista. Baste recordar que en 1949 el papa Pío XII emitió una proclama mediante la cual ordenaba que los católicos que apoyaran el comunismo, fueran excomulgados.

Entonces Juan XXIII, estaba recién electo, no se había desarrollado la Teología de la Liberación, la Iglesia latinoamericana tenía pendiente definir su actitud ante los cambios sociales y comenzaban su andadura hombres de fe de la talla de Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, Helder Cámara, de Recife, Paulo Evaristo Arns de Sao Paulo, Arnulfo Romero, de San Salvador, Samuel Ruiz García, de San Cristobal de las Casas, Miguel D′ Escoto, Ernesto Cardenal y otros muchos que, de alguna manera sintonizaron a una parte de la Iglesia con las corrientes políticas y los cambios sociales, en gran medida, derivados precisamente de la Revolución Cubana que despertó simpatías entre el clero de base latinoamericano que no logró en Cuba.

Lo mismo que le ocurrió a figuras de la izquierda y el liberalismo criollo, la jerarquía eclesiástica debe haberse desconcertado, no sólo por el dinamismo y la proyección original de la Revolución, sino también por la desmesurada reacción norteamericana y la feroz campaña que acusando de comunista a la Revolución condujo prematuramente a la burguesía, a sectores de la clase media y la intelectualidad criolla a posiciones extremas, empujó a la Revolución a una temprana alianza con la ex Unión Soviética y a la división de sus feligreses devenidos unos en contrarrevolucionarios y otros en comunistas.

Tal vez Fidel Castro, un talento fuera de serie, en parte cultivado durante su época de alumno jesuita, estaba preparado para comprender mejor tensiones y en medio de una lucha feroz, mostró moderación hacía la Iglesia, logrando que la ruptura no llegara nunca a un punto de no retorno, no involucrara al Vaticano ni a otros factores que no estuvieran directamente implicados. La cubana es la única revolución que no encarceló ni ejecutó a ningún cura.

En 1954 una encuesta de la Asociación Católica Universitaria (ACU) acerca de la religiosidad en Cuba, reveló que el 96,5 por ciento de la población cubana creía en Dios y que el 72,5 de los creyentes eran católicos. De esa extracción eran los líderes revolucionarios, los combatientes rebeldes y el pueblo que abrumadoramente respaldó y se integró a la Revolución. En los primeros años no se trató, como enseña la teoría de una alianza entre compañeros de viaje o socios estratégicos, sino del hecho simple de que, excepciones aparte, los revolucionarios y los católicos eran las mismas personas. Tardó algún tiempo antes de que el desencuentro de las cúpulas tocara las bases.

En noviembre de 1959, once meses después del triunfo revolucionario, y seis después de la aprobación de la Reforma Agraria que fue con un parte aguas, cuando la campaña contra la Revolución alcanzaba sus cotas más altas, organizado por los movimientos laicos y la jerarquía, con el apoyo de las autoridades, se efectuó el Congreso Nacional Católico que abarcó a toda la Isla y reunió a un millón de personas en la Plaza de la Revolución.

Si bien la intención de la curia era mostrar la capacidad de convocatoria de la Iglesia Católica, la masiva expresión de fe no devino acto contrarrevolucionario, entre otras cosas por la actitud de las autoridades revolucionarias que lejos de poner dificultades para el evento, con participación del propio Fidel Castro, lo apoyaron e incluso se sumaron.

Cruzando el Rubicón

El 8 de agosto de 1960, los obispos cubanos emitieron una pastoral que, categóricamente, definía la posición ideológica de la Iglesia: "Condenamos, en efecto, el comunismo…” y tomaba posesión respecto, no sólo a las transformaciones que tenían lugar al interior del país sino respecto a la política exterior de la Revolución: “…En los últimos meses el Gobierno de Cuba ha establecido estrechas relaciones comerciales, culturales y diplomáticas con los gobiernos de los principales países comunistas, y en especial con la Unión Soviética…” Al limitarse al comunismo aquella pastoral nada dijo respecto a la agresiva actitud de los Estados Unidos ni profundizó en las razones por las que Cuba se acercaba a la Unión Soviética.

En noviembre de 1960 comenzó a desarrollarse la Operación “Peter Pan”, un engendro montado entre la iglesia católica de Cuba, el clero estadounidense y el gobierno norteamericano mediante la cual alrededor de 15 000 niños cubanos fueron enviados los Estados Unidos sin sus padres y en 1961 un cura acompañó a las tropas mercenarias que desembarcaron por bahía de Cochinos.

El resto de la historia es conocido y durante mucho tiempo, después de superada la etapa inicial de grandes tensiones y que abarcó varios años, el clima ha estado caracterizado más por una fría cortesía mutua, distanciamiento e incomunicación que por la hostilidad que, en honor a la verdad desde hace tiempo no existe.

En todo el periodo revolucionario ha sido notoria la paradoja expresada en el hecho de que el Estado y la Revolución Cubana, mantenga relaciones con frecuencia calificadas de excelentes con el Vaticano, exista comunicación fluida con personalidades de la Curia Romana y con representativos de la Iglesia Católica latinoamericana y caribeña, sin que ello se haya reflejado en una avenencia con la Iglesia cubana.

Actualmente, excepto las posiciones filosóficas que en sí mismas no representan un obstáculo y algunas reivindicaciones de la Iglesia asociadas con el acceso a los medios de difusión y otras cuestiones, no hay en la realidad cubana elementos que impidan pasos al encuentro entre la Iglesia y el gobierno y sume esfuerzos en la solución de las grandes tareas nacionales.

El encuentro entre el presidente Raúl Castro y el cardenal Ortega es un aporte extraordinario en ese empeño que naturalmente no estará exento de obstáculos y que incluso, desde ambas orillas, pudiera recibir fuego amigo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.