miércoles, 5 de mayo de 2010

Exclusión y espectáculo: Los reality shows como espejos de la telerrealidad

Jorge Liporace (Desde Leeds, Reino Unido. REDACCION ROSARIO)

Hace algunos años atrás mientras vivía plácidamente y sin mayores sobresaltos en una casa de campo en Mallorca recibí la visita de un amigo rosarino. En esos días nacieron bajo la sombra de unos almendros mediterráneos charlas jugosas e interminables, bien argentinas, de esas que resuelven todos los problemas del mundo.

Una tarde, lo recuerdo muy bien, en medio de los vapores de vinos generosos y el humo de la risa, mis pensamientos tropezaron con los reality shows que por entonces venían de aparecer en las cadenas europeas y no dejaban de expandir su triste y pantomímica propuesta de emulación por las televisoras del mundo. Eran los tiempos de los primeros Gran Hermano y los televidentes de estos programas sensacionalistas comenzaban a contarse por millones en Europa.

Charlando con mi amigo, en medio de esa suerte de análisis del discurso “a la turca” caí en la cuenta de que el mecanismo sobre el que se asentaban y asientan la mayoría de estos programas es el de la eliminación, exclusión, expulsión del menos apto. Ante una premisa propuesta por el programa los concursantes compiten entre ellos y en medio de unos reprochables mecanismos de selección se genera una suerte de “depuración” hasta dar con “el mejor” de todos los concursantes.

Fue fascinante por entonces y todavía lo sigue siendo observar como estas propuestas televisivas, generadas en Holanda con el primer Big Brother (Productora Endemol, 1996) pero proyectadas al mundo desde una visión anglosajona, reproducían y reproducen los mecanismos de exclusión social que se generan en la sociedad real.

De esta forma, se difunde un patrón social de comportamiento consecuente con la idea neo-liberal del mundo. No son más, vamos, que un instrumento poderoso en la aniquilación de la conciencia crítica y un aval mediático al latente concepto darwiniano del “progreso” de los más fuertes, base ideológica de muchas de las crueldades e injusticias sobre la que se asienta el mundo occidental y sus ramificaciones.

Gran Hermano

Coincidiendo con los primeros “Gran Hermano” cientos de pateras cargadas de miles de inmigrantes buscando su pedazo de pastel llegaban por entonces a las costas españolas, los barcos de refugiados albaneses comenzaban a buscar las costas italianas y millones de personas eran cacheadas, humilladas y vilipendiadas en los aeropuertos europeos y americanos.

Las razzias de inmigrantes comenzaron hacerse cada vez más violentas y precisas, los mecanismos represivos de la “caza al hombre” se fueron perfeccionado en todas las ciudades de Europa cuyos ciudadanos de primera categoría se deleitaban con las expulsiones “virtuales” de la realidad televisiva. Por esta paradojal sincronía un expulsado en la patética isla de los Robinson corresponde a miles de inmigrantes expulsados reales por los mecanismos de represión.

En ese sentido los realities shows, siempre funcionales al sistema de explotación humana, preparan y adoban con brillante chimichurri ideológico las conciencias de la gente para la discriminación de la que será objeto o la que ejercerá sobre sus congéneres. Los reality shows se ocupan de la inoculación de nuevos paradigmas de la exclusión a través de una realidad ficcional en un juego de espejos.

Por decirlo en otros términos, si alguien delata, reprime, acusa y expulsa a un compañero a través de la realidad televisiva, si alguien es capaz de votar para que alguien sea eliminado de un programa de televisión, porque no habrá de hacerlo en el trabajo, con su vecino o con su prójimo. Es ese el mensaje que los realities desperdigan por la masa de consumidores, ex ciudadanos. Una lógica que también encaja perfectamente en la dinámica laboral de las modernas empresas que exigen a sus empleados cada vez más fidelidad, sumisión y compromiso a riesgo de ser eliminados.

Por el lógico desgaste de las propuestas, El Gran Hermano va por su edición onceava en España, y por la perversa voracidad de las productoras, los realities se han reproducido y han adoptado formas diversas, a cual más perversa y vomitiva.

Como lógica consecuencia de esta deriva los programas se adentran en territorios en donde todo es posible. Cualquier aspecto de la vida humana por efecto de la telerrealidad puede convertirse en un entretenimiento público, en un espectáculo.

Sentados frente al televisor podemos asistir a la “fabricación” de un ídolo pop, a terribles peleas de pareja en vivo, a la lucha de unos obesos intentado bajar de peso, a la vida familiar de un decadente cantante heavy metal, a los viajes más insólitos, la persecución de un fantasma cojo o la creación de un coro de “castratti” con prisioneros de una cárcel. Todo indica que la lista de realities sigue en aumento. ¿Logrará finalmente este género televisivo abarcar a todas las actividades humanas y sustituirá así a un mundo lleno de mediocres pobrezas irremediables? La construcción de una realidad paralela está en marcha amigos.

Más realities

En el capítulo de los realities “policíacos represivos” un consumidor que vive en Reino Unido, por ejemplo, puede elegir entre tres tipos de espectáculos bien definidos. Los de cachiporra, esposa y persecución que son los “Reality TV police shows” en los que se refleja la acción de los policías tanto en el país como en casa de su aliado cultural los Estados Unidos.

El formato es simple, una mezcla de tomas de cámaras de seguridad, persecuciones y arrestos (los favoritos del público) de supuestos delincuentes en vivo, con edición posterior (of course) para borrar cualquier brutalidad policial. Los títulos: Sky Cops, Police Stop!, Traffic Cops, Police Camera Action! Y una lista que aumenta de este tipo de programas en los que se muestran las persecuciones de borrachines, imbéciles, pequeños productores de marihuana, delincuentes menores e inmigrantes que sufren “el rigor” de la ley sajona. Asistimos por ello a estigmatización racial y social, blancos pobres o extranjeros son los protagonistas casi exclusivos de estos raides televisivos.

Estos programas además de justificar los excesos de la represión y de generar una sensación creciente de inseguridad, presentan en su estructura ideológica maniquea una realidad delincuencial desprovista de matices o análisis de causas y orígenes. Media hora de basura ideológica para los amantes de la ley y el orden.

El reality show de la gorra

Un dato para no perderse: el reality show “Steven Seagal, Lawman” en el que el astro cinematográfico Steven Seagal, el mejor rompehuesos del cine clase B, encarna a un ayudante de Sheriff en un pueblo del estado de Luisiana en Estados Unidos. El señor Seagal acaba de ser acusado, en el mundo real, de acoso sexual y tráfico de mujeres.

El segundo grupo en esta categoría son los shows de la policía de frontera en donde se muestra el accionar de los policías encargados de proteger la virginidad de las “sagradas” fronteras del Reino Unido y otros países del mundo anglosajón como Australia y Nueva Zelanda. De entre estos programas se destaca el “UK Border Patrol” que emite la cadena SKY 1.

Este reality cuenta el abnegado trabajo de los agentes de fronteras en contra del contrabando y la inmigración ilegal. Asistimos perplejos al intento de contrabando de lagartijas de Sumatra, a la detección de drogas varias y sobre todo a la persecución, humillación, y arresto en vivo de inmigrantes que intentan por todo medio entrar a Inglaterra por el Aeropuerto de Heathrow en Londres o el puerto de Dover que se encarga de recibir con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes que llegan desde Calais, en la costa francesa.

TV comando paramilitar

Ya cercanos a la coprofagia, los realities de grupos para- policiales que llegan desde Estados Unidos. Estos programas están protagonizados por unos energúmenos cazarecompensas o alguaciles que se ocupan de confiscar coches o bienes a cuentas de deudas o hacer detenciones en nombre de la justicia. Una suerte de sub-contratas de la policía americana, unos caza recompensas al mejor estilo Oeste americano. El programa estrella de esta rama es el repugnante “Dog The Bounty Hunter” una realización que protagoniza “Douane “Dog” Chapman”, un gorila de largos cabellos rubios y especialista en la detención de linyeras, negros e hispanos en general. No se lo pierdan, una delicia de la TV por cable.

Del chiste a la realidad: sangre, sudor y lujos

Volviendo al origen de este artículo, a las placenteras tardes mallorquinas, recuerdo que entonces imaginé a un ridículo reality show en el que jóvenes burgueses clase media eran dejados a su suerte en medio de una villa miseria sudamericana. Por imposible, insensata y su final sangriento, deseché la idea de semejante reality imaginario en el que la lucha de clases se haría carne en la pantalla del domingo.

Pues bien, ese reality ya existe de alguna forma y va por su tercera edición, la última de la saga se titula “Blood, Sweat and Luxuries” (Sangre, sudor y lujos), una producción de la de la cadena pública BBC3 británica. Esta realización con formato de documental pretende sumergir a seis jóvenes ingleses de vida acomodada y amantes del lujo, en las penurias y explotación que la producción de esos mismos lujos genera en el Tercer Mundo. La idea es interesante pero su realización apesta a correctismo político y a placebo para malas conciencias europeas.

Los pibes viven en “carne propia” por una horas la explotación en las minas de zafiro en Madagascar, “comparten” la vida miserable de los mineros y sus familias en las villas que circundan las minas. Luego van a Etiopía y “sufren” la vida de un trabajador de la industria del calzado en la ciudad de Adís Abeba y luego “se hacen “los cosecheros en unas plantaciones de café. Ven con sus propios ojos la vida en zonas de pobreza extrema, los muy sensibles.

Como imaginarán cada uno de los terribles descubrimientos que hacen los muchachos vienen acompañados de unos diálogos reflexivos (moralina para los amigos) entre ellos sobre los males del consumo, perfectamente guionados por los redactores BBC y por una cuidada “misse-en-scéne” tendiente a convertir a la pobreza y explotación en un espectáculo. Es gracioso ver en la página oficial de este reality a las fotos de los participantes con niños africanos en sus brazos y sonriendo con miles de mineros trabajando con sus espaldas reventadas de fondo.

Este programa fue precedido por otros dos de estructura similar “Blood, Sweat and Takeaways” del año 2009 que pretendía denunciar los excesos y atrocidades de la industria alimenticia y “Blood, Sweat and T-Shirts” del 2008 sobre la explotación de la industria textil en Asia. Otros sendos productos de la maquinaria cultural autojustificante de los países centrales.

Ya lo saben, si quieren vivir en sus cueros y sin moverse de su sillón el sufrimiento de un pobre joven inglés frente a las injusticias del mundo pueden seguir la serie “Blood, Sweat and Luxuries” por Internet a través de la página oficial del programa dentro de la website de la BBC. Otra maravilla en el creciente universo de la telerrealidad en donde todos y cada uno de nosotros estamos nominados.

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