lunes, 3 de mayo de 2010

Hoy, como un 30 de abril

Antonio Peredo Leigue

Inti, mi hermano, debió cumplir 72 años el pasado 30 de abril. Quedó, eternamente joven, con su rostro de 31 años. Para entonces, había pasado por todos los cargos de dirección en el Partido Comunista de Bolivia, excepto los de dirección nacional. Quiero decir, tenía el temple de un dirigente, de un organizador, de un activista con muchos méritos. Había estado allí, donde sus dirigentes no se atrevieron a estar. Estuvo junto al Che en el principio de los tiempos y estuvo con el Che, más allá de la muerte, viviendo como él decía, un tiempo prestado después de la Quebrada del Churo.

Ese mismo día, 30 de abril, hace 35 años, los patriotas vietnamitas, que lucharon por su independencia no cientos sino más de mil años, entraron a Saigón, mientras el embajador de Washington y los últimos soldados norteamericanos escapaban en helicópteros. Desde ese día, aquella hermosa ciudad indochina fue bautizada con un hermoso nombre: Ho Chi Minh.

El recuerdo se agolpa, porque el extraordinario líder vietnamita murió un 5 de septiembre, en el año 1969. Inti Peredo, jefe del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, tuvo tiempo de escribir una nota de dolor por la pérdida del gran camarada. Cuatro días después, el 9 de septiembre, Inti fue muerto en un ataque de un comando militar-policial contra la vivienda donde aquella noche pernoctó en la calle Santa Cruz de esta ciudad de La Paz, o talvez de allí lo sacaron gravemente herido y luego lo mataron a culatazos, práctica corriente en aquellos años.

Inti nació en 1938 cuando Europa se encaminaba a la Segunda Guerra Mundial, a la hecatombe que segó la vida de millones de personas, al holocausto que terminó con la imagen de dos gigantescos hongos nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Esa guerra a cuyo término se declaró la paz; una paz que, en 1967, el Comandante Che Guevara resumía así: “Veintiún años sin guerra mundial, en estos tiempos de confrontaciones máximas, de choques violentos y cambios repentinos, parecen una cifra muy alta. Pero, sin analizar los resultados prácticos de esa paz por la que todos nos manifestamos dispuestos a luchar (la miseria, la degradación, la explotación cada vez mayor de enormes sectores del mundo) cabe preguntarse si ella es real”.

Sesenta y cinco años después, con los ejércitos norteamericanos asaltando países asiáticos, invadiendo países americanos, armando a bandas tribales y soldados de fortuna para hacer el infortunio de África, todos sabemos que no es real esa paz. Clamando por ésta, una caravana de mujeres y hombres de buena voluntad y profunda convicción, recorrieron el mundo hace pocas semanas.

Pero entonces, en aquel 1945, todos celebramos el fin de la guerra, todos celebramos la paz. Celebramos que el criminal que había iniciado ese holocausto, Adolf Hitler, se hubiese suicidado, incapaz de tener el valor de pagar las consecuencias de su crimen. Se suicidó el 30 de abril de 1945.

No siento, ese día, como una celebración. Tengo una sensación de inmensidad que sobrepasa el sentimiento, la intimidad del hermano eternamente joven, pero también está más allá de la rotundidad de la victoria de nuestro Vietnam y, por supuesto, de la pequeñez de ese acto de cobardía del Fuehrer que, escondido en un profundo sótano, se envenenó con cianuro y se disparó en la sien para no sentir los retortijones del veneno corroyéndole las entrañas.

Pero es 30 de abril. Es el día de los recuerdos.

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