jueves, 6 de mayo de 2010

La condena

Claudia Rafael (APE)

Demasiado tarde. Hay preguntas que llegan cuando las respuestas están sobre la mesa ante los ojos del mundo entero que mira azorado y no ve. ¿Por qué no se quiso entender lo que estaba a la vista de todos? ¿Por qué los interrogantes, incisivos y hasta tajantes, irrumpen cuando no hay contestación alguna o cuando ya todas las respuestas están dichas? Sólo la muerte como evidencia. Temprana. Evitable. Invisibilizada por opción.

Una mamá de 21 años. Ya madre veterana de un cachorro de 4 y otro de 2. La justicia investiga y puso en marcha todos sus engranajes para saber por qué a esa niña mujer se le murió su crío de apenas cuatro meses y once días por esa espada de Damocles llamada desnutrición que le andaba danzando alrededor como una Moira seductora.

El médico forense dijo que “el niño tenía problemas de peso y escoriaciones en algunos sectores de su cuerpo”. Y si se abrió una causa penal es porque “los facultativos del hospital” avisaron a “la policía y ésta a la fiscalía”.

El diagnóstico: desnutrición grave. “Esta criatura -aseguró el fiscal Marcelo Ramognino- en 4 meses y 11 días no había aumentado ni un kilo. Lo que motivó que ordenara una autopsia con el fin de resolver la situación”.

¿Quién será el imputado en este proceso? ¿Acaso la madre por no nutrir como la ley de la vida manda a sus cachorros? ¿O tal vez por traer al mundo pequeños seres de los que no podrá hacerse cargo? ¿Quizás le corresponderá una condena a reclusión perpetua por el horror de parir desde ese destierro involuntario que suele ser el territorio de la carencia? ¿Por transformarse en mamá que adolesce, que padece, que sufre a diario la exclusión y la fragilidad? ¿A lo mejor por formar parte de ese universo 300 chicas argentinas que día tras día se convierten en madres entre los 14 y los 20 años? ¿Merecerán el cadalso por parir a tres de cada veinte argentinos desde la adolescencia más sufriente? ¿Por ser demasiadas veces analfabetas, vulnerables, abandónicas por eternos abandonos?

¿Hasta dónde llegarán los ojos del fiscal? ¿Cuántas fojas serán necesarias en vanos expedientes para que la mirada de la justicia espeje la realidad con los detalles más nimios que ofrecen los paisajes de la crueldad?

¿Agregarán acaso a los vastos cuerpos que concentrará la causa que tal vez caratularán leguleyamente “muerte por abandono” los cálculos matemáticos certeros e incontrastables para la ciencia de que un bebé debe aumentar entre 600 y 800 gramos por mes? ¿En qué punto exacto de la línea de tiempo de la historia y la geografía ubicarán el abandono? ¿Acaso en los últimos dos o tres meses? ¿En las nueve lunas de gravidez de su madre? ¿Tal vez en aquel día en que la mamá tenía escasos 16 y percibió un atraso en su ciclo que la transformó para siempre? ¿Quizás mucho antes aún, cuando ella, esa mamá ya veterana, era apenas un pececito en movimiento dentro del útero de su propia madre? ¿O a lo mejor un punto de la historia que no sabía de su nombre y ni siquiera de su existencia? ¿Sobre algún escritorio pomposo y profuso en oropeles en donde se escriben números y porcentajes que necesitan fervientemente dividir entre adentros y afueras para subsistir?

El fiscal de Río Tercero definió: “Esta situación debe ser movilizadora. Pensar por qué llegamos a esta situación. La reflexión tiene que ser cómo puede ser que estemos con una problemática de esta naturaleza. Estamos frente a un hecho gravísimo, conmovedor, pero paralelamente subyace la pregunta de por qué una situación llega a este estado”.

¿Qué ocurriría si la mirada del fiscal Ramognino fuera mucho más allá de la figura concreta de la casita en que el bebé llegó a la vida? ¿Qué pasaría si de repente decidiera que no sirve de nada imputar a esa mujercita tenue que fue meramente el continente que cobijó la vida de ese cachorrito porque hubo mucho más? ¿Qué sucedería si determinara que debe llevar al banquillo de los acusados al Estado y a todos sus brazos hacedores? Indagarlo. Acusarlo. Leerle toda su lista de derechos, para salvaguardarle todas las garantías constitucionales que no fue capaz de darle al bebé y a su madre. Pero detallarle, por sobre todo, su largo pergamino de deberes incumplidos. Asegurarle un juicio justo pero también una condena necesaria. Una pena que lo conmine a modificar la inequidad eterna. A repartir los millones de alimentos que se producen año a año entre los desposeídos de esta tierra. Una sentencia ejemplificadora que no deje lugar a dudas. Cumplir a perpetuidad con el inexcusable cargo de repartir la riqueza igualitariamente. Y asegurar el derecho a la vida digna a todos y cada uno de los habitantes de su suelo. Y luego, golpear sobre el escritorio de todos los tribunales con el mazazo seco de la señora que dejó de tener los ojos vendados hace demasiado tiempo y aseverar: Sentencia inapelable.

Fuete imagen: APE

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