martes, 18 de mayo de 2010

Populistas, o traidores

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

No hay término medio, al menos en los países del área hispana: o son populistas, como -dicen- es Hugo Chávez, o son traidores. Traidores a los postulados ideológicos que llevaron al poder a los únicos tres gobiernos socialistas que quedan en Europa, de los 29 que había hace años en el mundo. Dejemos a un lado como apestados a los gobernantes que bordean el fascismo o se confunden con él en las democracias sumisas al imperio, que son el bloque de prácticamente todas las europeas; dejemos aparte también a los títeres de otros continentes, todos una pálida imitación de lo que debieran ser gobernantes afanados por conseguir el máximo igualitarismo posible en sociedades abominablemente desiguales...

Mientras Chávez trata a brazo partido de abrir paso en su sociedad a un máximo de igualdad (habida cuenta que los latifundistas, los ricos históricos y los prepotentes acostumbrados a doblegar a todo aquel que se les ponga por delante en la política y en la economía hacen épica la tarea), en España, por si no había ya suficiente desigualdad, se presenta de pronto una crisis económica sin precedentes. Una crisis motivada, por un lado, por los especuladores financieros internacionales que alcanza a todos los países, y en este país también por la inflación inmobiliaria provocada por los especuladores domésticos. Pues bien, después de haber inyectado miles de millones a la Banca y de haber suprimido el impuesto sobre el patrimonio (dos medidas antisociales donde las haya), en lugar de rescatar las inyecciones y de restablecer el impuesto sobre la riqueza, al gobierno autodenominado socialista no se le ocurre otra cosa que recortar las prestaciones sociales. Sería demagógico afirmar que este recorte es improcedente. Pero no lo es si un socialismo democrático rectamente entendido manejase más equitativamente las prioridades y empezase a intentar superar la crisis por arriba, por los ricos y por la banca. Pues no lo hace así. Recorta las pensiones, pero apuntala las rentas más altas, en definitiva la riqueza; una riqueza labrada en la gran mentira capitalista del esfuerzo, de la laboriosidad y de la industriosidad, cuando es notorio que fue la manera más fácil de adquirir al haberse amasado en su mayor parte sobre la especulación, no siendo la especulación otra cosa que latrocinio social bajo la protección virtual de las instituciones.
Mientras que las esperanzas en una sociedad más equilibrada cada día se esfuman más y más, los gobiernos que se van sucediendo, sean de la derecha descarada, sean fascistas sin ambages o sean de una izquierda tramposa y ficticia, no hacen más que reforzar la causa y la hacienda de los opulentos, de los empresarios acaudalados, de la Banca, de la Casa Real y de la Iglesia nacional catolicista que sangran las arcas públicas. Y todo esto lo enjuaga de la manera más miserable y más cómoda el gobierno, sin tocar un pelo a los causantes del desaguisado…
En las actuales circunstancias, ¿qué creen los políticos responsables, tanto del gobierno como de la oposición, qué pueda pensar y sentir el pueblo? ¿Creen que no perciben exactamente la realidad como la sentían los jacobinos y los revolucionarios de 1789 en Francia que cortaron cabezas hasta hartarse? Pues si en sus staffs respectivos contaran con verdaderos expertos en politología y en psicología social, y no les engañasen, se enterarían de que esta sociedad nuestra está harta de tanto abuso, de tanta promesa incumplida, de tantos ultrajes a la inteligencia y de tantas violaciones a la sensibilidad de la inmensa mayoría de un pueblo sin trabajo o que trabaja sólo para enriquecer a otros. Harto de asistir a saqueos masivos del dinero público, hartos de perseguir al único juez que trató de restañar de algún modo y con la Ley en la mano, la consternación que arrastran los familiares de los casi dos centenares de miles de víctimas del franquismo desde hace setenta años.
Estos tiempos, a diferencia de los pasados en que la clerigalla estaba con los poderosos y frenaba con indulgencias y penitencias los impulsos de venganza, empiezan a ser cada día más críticos en el capitalismo. Y va a llegar un momento en que ni la televisión ni la Internet ni tantas adormideras que entontecen al pueblo, van a ser suficientes para detener una explosión masiva de indignación y hasta de Terror.
El único que podría detener este proceso imparable de degradación política y económica sería precisamente un bragado populista capaz de poner las cosas en su sitio; un tipo o una tipa valientes que se atreviesen a enfrentarse a los miserables zapadores que socavan continuamente los cimientos de este país. Los cimientos de una España republicana, laica por los cuatro costados, compuesta de Estados federales y sólo preocupada por rescatar la Igualdad sacrificada una Libertad falseada y a duras sólo centrada en la sexualidad desenfrenada.
Y es que todo esto explica muy bien por qué alguien dijo hace mucho tiempo que para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada...

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