lunes, 17 de mayo de 2010

Últimas noticias de la patria clic

Oscar Taffetani (APE)

Leemos en el diario La Nación la nota titulada “Combatir el hambre con un clic”. “El objetivo -dice en el encabezado- es juntar 875.000 mensajes en una página para hacer crecer una torre virtual (…) Cada ‘ladrillo’ se transformará en un paquete de fideos, de arroz o de polenta donado por un sponsor y será distribuido en uno de los 1.052 comedores comunitarios del país”.

A lo largo del texto aparecen expresiones sorprendentes, generadas desde una visión (que para nada compartimos) sobre los problemas del país, sobre la gran deuda que mantiene el Estado con los pobres y excluidos, sobre el papel que juega la comunidad y sobre la responsabilidad que le cabe a la dirigencia.

Se habla en la nota de “una caravana virtual solidaria para ganar clics”; se habla de una “movilización on line para terminar en un recital”; se habla de “hacer crecer la torre virtual del site”. O sea que en el traslado al mundo real, a este mundo concreto, todo terminará en una fiesta, en el derroche de los que siempre pueden ir a las fiestas, y en unos miserables paquetes de arroz, de polenta o fideos, repartidos de manera humillante entre los pobres.

Y qué harán el día después del día sin hambre, nos preguntamos. ¿Otra caravana virtual? ¿Otro recital en el parque? ¿Una nueva torre de arroz, polenta y fideos?

¿Es que no tienen derecho, los chicos y los viejos de los comedores comunitarios, a la belleza, al libro, a los abrazos? ¿No tienen derecho a vivir en una Argentina que los incluya de verdad, que los siente a su propia mesa, que los ponga en su propio banco de escuela, que los deje dormir en la propia cama y bajo el propio techo?

Sabemos del Estado ausente (por favor, digan algo nuevo). Sabemos del Estado en mal estado. Pero cualquier diagnóstico, el peor, no legitima esta farsa ni este remedo de la justicia y la igualdad.

Un antecedente olvidado

El uso de los “clics” y de los “SMS” para acciones “solidarias” tiene un antecedente poco feliz en los ’90. Fue cuando el programa de televisión Hola Susana inició una campaña de apoyos telefónicos (mediante las líneas de tipo 0-600) a la fundación Felices los Niños, que conducía el cura Julio Grassi.

Había una extraña sociedad llamada Hard Communication, que integraban el empresario (alguna vez secuestrado por los Montoneros) Jorge Born, el ex montonero (devenido empresario) Rodolfo Galimberti y otro joven emprendedor apodado Corcho Rodríguez, a la sazón pareja de la diva Susana Giménez.

Los asuntos de Hard Communication terminaron de un modo muy duro y muy comunicado cuando empezaron a ventilarse, en los tribunales y en las mismas pantallas de la TV, las extraordinarias ganancias que le dejaban cada día, a la empresa, aquellas llamadas solidarias de decenas de miles de concursantes del programa de Susana.

Galimberti murió (eso le pasa a la gente); el cura Grassi fue procesado y condenado (por otra causa y otros motivos) y el novio de Susana Giménez dejó de ser el novio de Susana Giménez. De Born, hace rato que los diarios no traen noticias. El expediente fue archivado.

Un clic o un bip del teléfono, son algo muy rápido. El tintineo de las monedas cayendo en una caja, también es algo rápìdo. La fama de las figuras y figurillas de la tele viene y se va rápido (Ingens, monstrum horrendum, escribió el clásico). Lo que queda es el hambre. Lo que queda es el olvido y el desamor.

También queda -y está en cada uno de nosotros que no se caiga- el sueño de una Argentina verdaderamente solidaria, que se acuerde de cada uno de sus hijos y que los respete en sus derechos y su dignidad.

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