martes, 15 de junio de 2010

Argentina, La Pampa: Una demorada reforma policial

LA ARENA

El oficio de policía no es fácil para quien sienta que es la profesión que eligió. Pude serlo, desde luego, para quien cayó allí por descarte, por acomodo político o porque ante la posibilidad de tener que "agarrar la pala", creyó que la policía sería un buen lugar por donde entrar al selecto mundo de los empleados públicos con todos los privilegios que eso implica. Quien entra a la policía de esta forma hará la "plancha" o, peor, utilizará el poder que el uniforme le confiere para canalizar frustraciones y abusar de ese poder. No hablamos de estos casos, aunque, como en toda repartición pública, hay allí quienes no asumen la responsabilidad de tener que trabajar como empleados el servicio de la sociedad.

Pero, como decimos, para quienes se suman a las filas de la policía convencidos que una parte de su personalidad y potencial laboral se pueden desarrollar en ese ámbito, la entrada a la fuerza es un duro golpe a su vocación.

En primer lugar porque, pese a tratarse de un cuerpo civil, tienen una organización militar con una formación y disciplina que son sacadas del ámbito castrese. Esa estructura donde el superior tiene un poder discrecional sobre el subordinado es un ámbito que quiebra cualquier intento de cambio positivo por parte de las nuevas generaciones de policías.

En segundo lugar porque este esquema militarista con que se estructura la policía excluye cualquier posibilidad de que haya allí algo parecido a un gremio que defienda los derechos laborales de sus integrantes que, después de todo, son trabajadores asalariados. Esta condena a no poder ser defendidos como empleados los convierte en los más vulnerables de la administración pública. Con sueldos que no están a la altura del riesgo que corren diariamente tienen que soportar, encima, los teje y manejes de los oficiales superiores sobre los adicionales, o cobrar sin chistar unas monedas como viáticos para ir a tomar servicio a un pueblo alejado de su lugar de residencia.

Esta degradación del personal policía tiene consecuencias devastadoras sobre el recurso humano que se mantiene en la fuerza y el que ingresa en ella. Degradada hasta límites insospechados, quienes permanecen allí lo hacen desmotivados, sin incentivo o, directamente, sin ningún interés en cumplir la alta función que tiene el cuerpo de seguridad provincial. Episodios gravísimos como el que se ha conocido esta semana donde un chico levantado a la salida de un boliche por un pequeño incidente -un delito del todo menor-, y fue dejado morir quemado dentro de una celda en la comisaría de General Acha, eximen de mayores comentarios. Golpizas innecesarias, incidentes donde queda claro la falta de preparación y vocación de integrantes que no están a la altura de la función que cumplen, obliga a la clase política a prestarle urgente atención a una reforma integral de la fuerza.

La reforma, -ha sido dicho muchas veces por quienes se presentan como los sectores más lúcidos dentro y fuera de la policía- debe terminar con su organización militar, condicionar los ascensos al perfeccionamiento en áreas como la metodología de la investigación de delitos -simples y complejos, esto es, incluyendo también los que cometen los "peces gordos" dentro del propio Estado- y las leyes -contando con una facultad de leyes, el título de abogado o una licenciatura similar en otras áreas pertinentes a la tarea policial- debería ser imprescindible para ascender en el escalafón.

Estas reformas deberían incluir además, -porque ya es insostenible que se prive de ese derecho a los trabajadores policiales- de la posibilidad de creación de un gremio que defienda de los abusos a los que son sometidos diariamente los subordinados. Un gremio que, desde luego, se adapte a la tarea policial y a su función como servicio esencial, pero que termine con la discriminación laboral de sus integrantes y avance hacia una efectiva democratización de la policía.

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